Cuánta más belleza, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.

02 mayo 2021

"...Hoy es siempre todavía..."



Cuando el maestro afirmó que hoy es siempre todavía nos legó la verdad más irrenunciable, la enseñanza que contiene todas las enseñanzas: la vida no está en el ayer ni en el mañana ni siquiera en el hoy, está en el todavía. Porque hoy sólo será para siempre si es todavía; y siempre sin hoy es una cáscara hueca en donde sólo cabe la eternidad. Para llegar a ser vida, hoy y siempre se necesitan todavía.

09 febrero 2021

El club de los solitarios

 

El mundo está lleno de gente solitaria que no da el primer paso

No sé dónde lo he leído o escuchado, pero esta tarde, una tarde de reencuentro, me ha hecho pensar. Pensar que el miedo y la soledad se relacionan de manera íntima. Los días llenos de ausencia engendran fantasmas, temores espectrales que se infiltran en la vida hasta detenerla. Entonces todo se reduce a no salir de ese refugio que has construido sobre las ruinas de ti mismo, en el que nunca te sientes perdido porque no tienes adonde ir. Sí, muchos están solos contra su voluntad porque el miedo les impide dar ese primer paso; sin embargo, a mí los que realmente me conmueven son los que están solos porque les da miedo no estarlo: los que se queman asomándose al infierno que son los otros, los que aún no han podido comprender que lo mejor de uno mismo son las personas que quieres. 










18 enero 2021

UN FRÍO 18 DE ENERO

 


“Cuando vuelvo la vista atrás, veo que todos esos años se han combinado para hacerme una persona capaz de sentir la felicidad, y humildemente creo que hasta de derramarla en un círculo muy íntimo.

(“Nada”. Carmen Laforet)

 





El mundo es un libro, y aquellos que no viajan sólo leen una página, sentenciaba San Agustín. Yo tenía el propósito que hacer varios viajes todos los años (cuantos más mejor) y sobre todo celebrar cada 18 de enero en una hermosa ciudad del mundo. Primero fue Estambul y hace un año, tal día como hoy, fue Milán. Por entonces se pensaba que el Covid era algo exclusivo de la China, que le había tocado la ídem por comer animales exóticos y que solo afectaría a ese inmenso y lejano país. Hoy sabemos que en aquellas precisas fechas el virus había viajado de incógnito desde Bujan y se esparcía sigilosamente por todo el mundo, siendo Milán uno de los primeros lugares en aterrizar. Ajena a todo aquello, aquél 18 de enero, en Milán, yo me sentía feliz al olvidar la progresiva y aplastante sensación de envejecer en la que inevitablemente te sumerges en cada cumpleaños a partir de los cuarenta (¿verdad Lobezno?) o desde el momento en que comprendes que la vida es un tesoro almacenado que no deja de crecer y expandirse inversamente a su fecha de caducidad.

Si la búsqueda de la belleza hace del mundo nuestro hogar, yo encontré ese hogar esa fría mañana en Milán, con los primeros rayos de sol, caminando sobre las piedras milenarias de la azotea del Duomo, absorta en la inmensa belleza del colosal espectáculo del bosque de pináculos erguidos sobre la ciudad, cortando el aire como flechas en el cielo. Acaso Leonardo, inspirado en aquel lugar escribiera la famosa frase: fija tu rumbo a una estrella y podrás navegar a través de cualquier tormenta. Sólo un año después, viajar por placer es poner rumbo a ninguna parte contra las olas de una tormenta que golpea al mundo y se complace en borrar del mapa cualquier destino. ¿Quién nos iba a decir que nuestras indescriptibles vidas darían un vuelco así? ¿Quién nos iba a decir que nuestra inmensa suerte sería esquivar un virus mortal? Esas preguntas y otras que no tienen respuesta son las que trazan las fronteras de nuestra existencia.  

Porque vivir es un acontecimiento maravilloso, hoy he de celebrar un año más, lo celebro con un brillo de orgullo y fragilidad en los ojos, lo celebro con el imprescindible frío del champagne y con el calor de los recuerdos de otros cumpleaños. Lo celebro pensando en la gente que quise, que quiero y que me quiere. 

Y sobre todo lo celebro con un nuevo propósito para el resto de mi vida: vivir más despacio y responder a Luis Cernuda cuando preguntaba. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un día? 


23 diciembre 2020

Gacelas en la isla que siempre tiembla



A ti, que te gustaba mi forma de escribir



Hoy he recordado una historia que sucedió en aquellos tiempos remotos y prepandémicos en los que viajaba y he pensado que quizás merecía la pena contarla, aportando mi granito de arena al saber popular, demostrando que aquel dicho entrañablemente racista “te han engañado como a un chino” es perfectamente equivalente a la expresión “te han engañado como a un turista”.

Las geishas y las maikos (aprendices de geishas) existen. Como especie a extinguir, van quedando pocas, cada vez menos. La mayoría viven en Kioto, sobre todo en una de las calles principales del barrio de Guion, de cuyo nombre no me acuerdo. Los turistas (aleccionados por los guías turísticos) llegan allí al anochecer que es cuando, si hay suerte, se deja ver alguna geisha: siempre de paso, nunca paseando. La persecución fotográfica de la geisha es lo más parecido a una cacería incruenta, un safari implacable que hace de las geishas gacelas que, con la cabeza baja y un caminar apresurado, avivan las ansias depredadoras de los turistas, obsesionados con inmortalizarlas con sus cámaras y móviles. Puedo asegurar que no es una invención. Hablo con la autoridad moral que confiere ser una cazadora cazada: primero fui una guiri a la caza de la geisha y después fui una geisha cazada por unos guiris.

Había ido a Japón en un viaje organizado, para conocer una cultura fascinante por sus contrastes, la única motivación posible para moverme a un país tan lejano en el que nadie habla inglés. El idioma es una barrera infranqueable y con mímica no puedes recorrer la pequeña isla que siempre tiembla. El grupo con el que viajaba estaba conformado mayoritariamente por jóvenes parejas de recién casados, atraídas por la cultura del Manga y de las tecnologías de última generación. Adentrarse en el país del sol naciente supone viajar a un futuro no distante: las televisiones, videojuegos, consolas etc., que allí te encuentras son las que se venden en España como la más moderna tecnología un par de años más tarde. No obstante, siendo inmune a los encantos de las maravillas electrónicas, uno de mis grandes objetivos al ir allí era disfrazarme de geisha. Sé que parece una excentricidad, una impresión que no se verá refutada si admito que lo decidí un día comiendo un arroz negro, pero esa es otra historia que ya he contado (y que muy pocos conocen). Antes de emprender el viaje supe que algunas japonesas instruidas y amantes de las tradiciones de su país celebran el inicio de su vida universitaria disfrazándose de geishas como tributo a sus ancestros, un icono genuino del país nipón. Para llevar a cabo esta noble tarea acuden a unos establecimientos que se dedican exclusivamente a alquilar kimonos antiquísimos y otras prendas confeccionadas con valiosas sedas, que conforman la complicada y prolija vestimenta de una geisha; allí también las maquillan y les hacen las fotografías de rigor para el recuerdo.

La primera tarde que pasé en Kioto fui a Guion a pasear por sus calles y, por qué no decirlo, a acometer la caza de la geisha, apenas conseguí hacer alguna y pronto se puso a jarrear con tanta fuerza que me tuve que marchar. Al día siguiente volví a Guion, pero ahora con otra determinación: sería yo la que me convertiría en una geisha. Tras un largo rato de infructuosa búsqueda, cansada de no encontrar el establecimiento donde obraban la transformación, harta que nadie me diera razón (porque allí nadie hablaba inglés) y a punto de desistir, apareció ante mi vista lo que tanto anhelaba. Entonces comprendí que todo está escrito. Una vez dentro del inmueble, una destartalada casa de varios pisos repleta de habitaciones y roperos, tampoco puede llevar a cabo la metamorfosis porque sólo hablaban japonés y me resultaba imposible hacerme entender con gestos. Quiso la casualidad (o alguna deidad oriental) que en ese momento entrase en la tienda una chica argentina que llevaba varios años viviendo en el país con una beca y se manejaba con el japonés. Ella actuó de intérprete y me hizo saber que el precio del alquiler de un kimono dependía de su antigüedad. Me decidí por un kimono que costaba unos 300 euros e incluía en el precio el resto del atuendo, las getas (vaya nombrecito), el maquillaje, una peluca y un paseo de 15 minutos por la calle, acompañada de una especie de venerable guardiana –cuya presencia trataba de inhibir la tentación de salir corriendo y robar los valiosos ropajes–. Parecía (y era) un precio desorbitado, como suele ser habitual en los caprichos extravagantes, pero ni mucho menos era el más caro, todo dependía, como ya he contado, de la antigüedad y del bordado del kimono; entre su catálogo se podían encontrar auténticas obras de arte.

Al fin pude saber qué siente una geisha al enfundarse en un traje semejante. Sólo puedo decir una cosa: es impresionantemente incómodo. Vestirse es toda una ceremonia que dura entre media hora y cuarenta y cinco minutos, pues todo se hace lentamente y con la imprescindible ayuda de una asistente experimentada. Me sentía como una cebolla bajo capas de diversas prendas, hasta que me apretaron una especie de corsé de un fino cartón que apenas me dejaba respirar y me sentí la señorita Escarlata de “Lo que el viento se llevó”. Al fin, completada la transformación y tras las fotos preceptivas, me lancé a la calle acompañada (a una distancia prudencial) de una venerable anciana que tenía más años que un bosque. No me importaba, yo no tenía necesidad (ni podía) aligerar el paso subida en unas getas con unos calcetines blancos a modo de mitones. Paseando por las estrechas calles bajo los faroles me sentía la protagonista de una película (que debería de titular “La risa nipona”), una actriz caracterizada de geisha (el hábito no hace al monje) que transitaba por un escenario real. Avisté el final de una de las calles cuando, de repente, apareció un grupo de turistas que se acercaron raudos hacía mí. Escuché impasible sus comentarios: “mira, esta no se esconde”, “a esta que va despistada podemos hacerle las fotos que queramos”… Ningún guiri había estado tan cerca de una geisha en su puñetera vida. Me pidieron que posara con ellos para salir todos en la foto. Yo, metida en el papel, guardaba un recatado silencio, no gesticulaba, me mantenía impecablemente hierática, hasta que uno dijo: ¡cuando enseñe las fotos en Sevilla no se lo van a creer! Entonces no pude reprimir un ataque de risa. Se quedaron petrificados, mirándome expectantes y escrutándome para comprender el motivo de mi hilaridad descontrolada. No me quedó más remedio que romper el hechizo: “Lo siento, acaban de hacerse fotos con una geisha de Murcia”. Comenzamos a hablar y aceptaron muy bien la broma. Tenían tanta guasa que se pusieron a hacer cola para hacerse más fotos de cerca, ya que nadie en Andalucía ni en el resto del mundo podría descubrir que no era una auténtica geisha.

Días después, durante un transbordo en un barco a la isla de…. nos juntaron a varios grupos de turistas, seríamos unas 200 personas, aproximadamente; en mitad de la travesía se me acercó un señor al que no había visto jamás y me dijo: “¿Usted es la geisha que estaba el otro día en una calle de Guion haciéndose fotos con unos turistas?” Yo le respondí: “Pues sí, ¿cómo puede saber que era yo? Es imposible que me reconozca”.  

Y él me respondió: “No la he reconocido por su cara: la he reconocido por su risa”.




Las verdaderas (mis fotos)












La impostada, jeje






18 abril 2020

El otro lado del espejo



Mi corazón espera 
también, hacia la luz y hacia la vida, 
que llegue la primavera 









Es un día luminoso y frío de abril, los relojes dan las trece… Me asomo a la ventana a recibir el sol y a respirar, no hay humo ni contaminación, mecido tímidamente en el viento me llega el olor al azahar de esta primavera extraña. Muchas mañanas me despierto tarde, como si hubiera vuelto a mi primera juventud (cuando madrugar era un suplicio) como si las hormonas del tiempo me hubieran regresado a mis mejores años. Nada más abrir los ojos no puedo evitar girar el cuello y fijar la vista en el despertador repitiendo la sensación de estar sumergida en la lenta monotonía de un bucle en el que sé de antemano lo que va a pasar, el mismo tiempo y el mismo lugar, como le pasaba a Bill Murray en el día de la marmota. Nunca había escuchado tan nítido el canto de los pájaros en la ciudad, creo que les damos pena, los hombres tampoco estamos hechos para vivir enjaulados. Por la carretera pasa un camión militar, también pasa una chica joven empujando un carrito de la compra, lleva una mascarilla que tapa su boca y nariz y aun así se ve que es preciosa ¿Cómo se llamará? tiene aspecto de llamarse Ana Karenina, pero quien atrae mi mirada es un hombre a paso rápido y decidido, como si fuera un peregrino por el Camino de Santiago, tiene aspecto de llamarse Ernst Hemingway. Desde una ventana del vecindario sale la voz de Sabina preguntando: “Quién me ha robado el mes de abril” ... la canción no podía venir más a propósito. Recibo un whassap que me saca de mis pensamientos, le contesto: 
no hay mucho que contar 
es (otro) día de malas noticias, de encierro
me duelen los huesos de no moverme 
estoy más indignada que desanimada 
-Me responde animándome a escribir, sabe cómo hacerlo: 
escribe, puedes sacar a la luz tu indignación,
decir basta y disentir en el modo de proceder de unos ineptos es un grito de libertad
y eso también es… un instante de belleza. 

Voy a cometer la temeridad de hacerlo, después de mucho tiempo. Bueno, creo que ya lo estoy haciendo. 

 “Era un día luminoso y frío de abril, los relojes daban las trece…” Así comienza la novela de ciencia ficción de George Orwel “1984” Lo que voy a resumir brevemente supera la ficción orwelliana. Me permitiré las metáforas porque nunca he sabido escribir sin ellas y porque me gustan, pero quiero dejar claro que los hechos narrados son fieles a la realidad como es fácil comprobar. La historia de esta catástrofe humana comienza así: un chino en China una buena mañana se come un murciélago (por simplificar) y al poco tiempo se declara la epidemia del siglo XXI y mueren miles de personas en el mundo. Son exterminados por un trozo de ADN, nombre científico Covid-19 Coronavirus. No es un organismo vivo, como muchos piensan, es una molécula de proteína envuelta por una capa de lípido (grasa) que al ser absorbidas por las células de la mucosa humana mutan su código genético y se convierten en células agresoras y multiplicadoras. Su imparable expansión genera cifras exponenciales; entre contagiados y muertos se supera el millón. Los recursos sanitarios escasean hasta hacerse necesario decidir quién tiene más oportunidades de vivir. Casi siempre son los ancianos los que pierden la partida, muchos aparecen muertos en sus residencias: “La UME halló este sábado once cadáveres en una residencia de ancianos en la localidad de…”. reza uno de tantos luctuosos y tremendos titulares. 

La realidad de esta fábula macabra ha superado tanto lo imaginable que los límites entre la vida y la imaginación son difusos; un estornudo es un proyectil letal, envuelta en un beso puedes recibir una sentencia de muerte… Como Alicia en el país de las Maravillas hemos atravesado el espejo para llegar al país de lo inaudito, donde un palacio de hielo se transforma en una morgue, un hotel en un hospital, un hospital en un campo de batalla, y se lucha contra un enemigo invisible, que en realidad es débil pues se desintegra entre pompas de jabón… Lo que salva es quedarse en casa, sólo podemos recluirnos y esperar… que no es poco. Muchas cosas importantes han dejado de serlo, somos sombras que añoran el final del túnel, mientras que la tenue luz que se cuela por las rendijas, como en la caverna platónica, proyecta sombras de gigantes. Son la resistencia. Unidos pero no escondidos, en primera línea, llevan guantes y mascarillas por armas, batas y bolsas de plástico por escudos. También hay otras sombras pequeñas, dramáticamente mediocres y vacilantes, entregadas al equivocado propósito de la supervivencia política. No pondré nombres a sus rostros, no es necesario, pues las caretas caen por sí solas como cae la fruta madura. Qué difícil es intentar comprender por qué atravesamos el espejo cuando se veía lo que había tras él, bastaba con mirar a los chinos y a los vecinos… ¿Cuánto va a durar la vida al otro lado del espejo, qué va a pasar después? 

 “Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado”. Así termina la visionaria novela de Orwell… Cierro la ventana, me meto en casa, tengo frío... dos lágrimas resbalan por mi mejilla, me conmueve pensar que un día (al fin) dejaremos de escuchar la vieja y machacona melodía de que resistiremos para seguir viviendo, y que ese día la única perfección lograda será saber que al otro lado del espejo existe un sufrimiento más desgarrador que la muerte: despedirse de la vida de la forma más triste y sobrecogedora posible, en la suprema soledad, sin un último beso, sin un último adiós. 

 A ellos

14 noviembre 2019

Otoño en Sinaia


"La ninfa Eranz esparcía el noviembre otoñoso, los gráciles movimientos acompañaban las formas de su silueta. Bajo sus pies, una hermosa danza se escucha bajo el crepitar de las hojas marchitas, hojas áureas y rojas, decadencia de otra hermosura, otra estación que reclama su retorno. 
Eranz se acerca con sigilo, con poco ruido, pues no quiere despertar al duro y frío invierno, ni quiere que Bóreas le susurre al oído, solo quiere perpetuar el estallido de color, de igual forma que los mortales observan la lencería del alma de una diosa".

(Tan bonito comentario merece salir del anonimato)


Fui a Sinaia (Rumanía) a una boda y me encontré el Otoño. Un otoño como nunca había visto otro.
































01 octubre 2019

Laissez passer



Tallin (Estonia)






Riga (Letonia)




Vilnius (Lituania)




Franfurt


Colonia















El día de mi cumpleaños, en Estambul, pensé que este blog había llegado a su fin. Pero no era el fruto de una decisión o de un acto volitivo sino de un pensamiento más simple y trivial como es el dejar pasar las cosas (y con ellas el blog). “Laissez faire, laissez passer (me encantaba esa vieja expresión cuando era estudiante): Dejar que la vida siga su curso para que las cosas pasen.

Puede que las cosas no pasen pero el tiempo sí, y no puedes darle la espalda, a lo sumo ponerte de perfil y de puntilla y ver qué pasa. Eso es: ver qué pasa. Acaso el tiempo es el embrujo entreverado de sí mismo y haciendo acopio de propias e inauditas ilusiones querrías detenerlo (al menos unos instantes) capturando en tus retinas improntas perdidas en el infinitas posibilidades de espacio y tiempo. De este pensamiento nace mi pasión por viajar y fiel a ella sigo tan viajera como siempre. 

Recientemente he caminado por el reino de los antiguos Caballeros Teutónicos, donde la historia escrita figura con mayúsculas, he paseado por la elegante Riga y la señorial Tallin, y he admirado la sideral Catedral de Colonia, tan cerca de las estrellas y epítome de las descomunales proezas del Arte.

Así qué fácil es dejar que la vida siga su curso para que las cosas pasen.
.

17 enero 2019

Delicias turcas



Contempló por un momento las luces múltiples de los barcos y su irrefrenable anhelo de viajar le estalló en el pecho como un profundo suspiro: - ¡Dios mío! ¡Qué magnífico estar en alguno de esos barcos, cruzar los mares, descubrir otras playas, ver otros mundos...!







Lloré como una magdalena viendo Bohemian Rhapsody. Más allá de su valor cinematográfico, la película me llegó. Creo que antes de estrenarla tuvo malas críticas, los sesudos críticos también se equivocan porque a la gente le encanta la película y ha causado mucho impacto. Soy una gran fan de Freddy Mercury, tenía tanto talento… Son genios que nacen con un talento que les desborda, no saben cómo manejarlo y al final se convierten en grandes solitarios. Pero ¿quién es capaz de no ser como es y de no sentir lo que siente? Hoy leía unas palabras de Bruce Springteen, otro (posiblemente) gran solitario, que decía: “He llegado a una edad en que la vida deja de brindarte cosas; ahora te las arrebata” En otro momento no habría dado mayor importancia a esa frase pero, próxima a cuplir años, me hace pensar: ¿Cuándo llega esa edad? Siempre pendientes del tenue hilo del azar, un día eres joven y al siguiente te miras al espejo y… Qué duda cabe, el tiempo es el gran oxidador de la existencia. Con los años nos convertimos en personas diferentes a las que creíamos ser y levantamos un muro invisible para que no nos hagan daño, o tal vez para intentar preservar aquello que un día nos inundó de luz y alegría, antes de que el tiempo lo disuelva del todo. 

Verano, una tarde de esas que parece no haber aire, el mar; unos nubarrones negros, como grandes bajeles del cielo, y sobre ellos una pequeña nube blanca con forma de flecha, un trazo en el cielo que parece indicar una dirección. La evolución de esa nube en el firmamento, rápida y precisa, en flecha, me hizo pensar que la vida es ir en alguna dirección y deseé que mi próxima dirección fuese Estabul. No tengo la sabiduría suficiente para comprender esa extraña (y excéntrica) asociación de ideas. Desde ese momento he querido ir allí, a respirar su luz; todo ese paisaje ante mí y maravillarme contemplando el peso y el paso de los años, reflejados en su Historia.

Un año, doce meses, sólo es una medida de tiempo, como podría ser otra medida cualquiera o llamarse con otro nombre. Me gustaría que un año fueran 365 meses y no doce, así tardaríamos mucho en hacernos mayores, y se atrasaría ese momento en el que la vida te empieza a arrebatar cosas. Cuando las hojas del calendario marquen el 18 de enero, me gustaría estar en el remoto Bizancio, antigua Constantinopla, nombres desvaídos de una ciudad donde complejas y sofisticadas cultura dejaron el legado de su poso en todo, navegar por el Bósforo, el lugar en el que sobrenada anclada la vida que han vertido los siglos, y cumplir un año más con los ojos ávidos de una niña que lo mira todo nuevo.  



19 septiembre 2018




Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.


Ya sabemos que el viaje es más importante que el destino, pero en este caso no vale la metáfora, cualquier cosa que ocurra en el transcurso de once horas en un avión de Madrid a San José de Costa Rica (el camino es largo sin necesidad de pedirlo) sólo puede ser anecdótico: lo importante es el destino. A los lestrigones los localicé cuando salí a (intentar) pescar en el Pacífico. Nunca había visto tanta vida sobre la superficie del mar: peces voladores, peces vela, tortugas solitarias, otras apareándose de forma delirante (lo hacen durante más de veinte horas), y las temidas y repulsivas serpientes marinas a las que identifico con los temibles lestrigones del poema. No existen bichos más espeluznantes, menos mal que el salvaje Poseidón tuvo el detalle de estar tranquilo, posiblemente adormecido por la tibieza de las sorprendentemente cálidas aguas del océano. No conseguí ver ningún Cíclope, pero sí algunos pajarracos de aspecto prehistórico. 
El pobre infeliz se debió asustar (y aún más) que yo al oír mis gritos cuando cometió la osadía de acercarse al barco. 



Conocer otros lugares, culturas muy ricas y otras formas de vida te ensanchan el horizonte y dejas de pensar que eres el ombligo del mundo. También sé que los viajes son para hacerlos, no para contarlos, que la vida es para vivirla no para esperarla, que trasladar emociones al papel en cierto sentido supone desprenderse de ellas, pero a pesar de estas sesudas conclusiones, me dispongo a contar mis primeras impresiones y experiencias: las ventanas mentales, visuales y psicológicas que Costa Rica me ha abierto
Le comento a un amigo que los recuerdos de mis viajes permanecen impolutos y lo que vi nunca se borró de mis retinas a lo que me responde preguntándome si acaso será que los alojamos en otra parte de la memoria a mejor resguardo. Creo que tiene razón, acaso los alojamos en el lugar en el que conservamos esa bondadosa mirada infantil libre de prejuicios, esa preciosa sensación de infancia de creer que el mundo es un lugar mejor, porque diga lo que diga el poema, a los lestrigones, los cíclopes y al temible Poseidón todos los llevamos dentro.




10 agosto 2018

El kilómetro sentimental



“Hay aire y sol, hay nubes. Allá arriba un cielo azul y detrás de él tal vez haya canciones; tal vez mejores voces...Hay esperanza, en suma. Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar.”
Juan Rulfo (Pedro Páramo)



"Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar" ¡Qué gran frase! En última instancia, y desde una perspectiva puramente matemática, ese nosotros significa que somos más de uno, contra nuestro pesar. Nuestro "nosotros" lo conforman sólo aquellos a quien sentimos cercanos (y queremos), aunque estén a cientos de kilométros. ¿Por qué pienso en ello, mientras veo la sección de sucesos de un informativo de televisión?

Recuerdo bien aquel domingo. Como tantos otros, tras pasar la tarde con mi madre y caer la noche, acompañé a mi hermana a pasear a sus dos perros. Los llevamos a un enorme jardín, poblado de hermosos árboles y palmeras esbeltas, y frecuentado por numerosos perros con sus respectivos paseadores. Mi hermana siempre se hacía cargo del más grande y fuerte y yo del otro que también es fuerte pero está ciego. Me resulta difícil conducirlo porque aunque lo llevo atado corto a la correa, el perro no ve nada y si lo dejo ir a su aire tropieza con todo. Me distraje un momento mirando las copas de los árboles, cuando el perro olisqueó a otro perro que pasaba cerca y, repentinamente, se lanzó hacia él, no pude sujetarlo y se dio una piña tremenda en la cara contra un árbol que sonó hueco. El corazón me dio un vuelco, pocas veces he sentido más compasión. Una compasión impregnada en mi memoria de tal modo que cuando recuerdo aquel golpe seco y los aullidos de dolor del perro se me saltan las lágrimas.

Uno de los grandes misterios del corazón humano reside en los mecanismos de la compasión. Diariamente el televisor escupe tragedias que empequeñecen a la imaginación, desgracias que derretirían el infierno; y solemos observarlas con la cómoda frialdad del psicópata, raramente un suceso o imagen consiguen rescatarnos de la indiferencia. Algunos lo llaman "kilómetro sentimental", teorizan que sólo sentimos empatía hacía aquello que sentimos cercano, sólo compadecemos a las víctimas que podemos identificar con un "nosotros" en contraposición con un "ellos". Hay una visión incluso más pesimista: mientras una tragedia cualquiera (individual o colectiva) no nos ataña y nos sintamos seguros, nuestra pena siempre será efímera e insincera. Entonces yo me pregunto: ¿De dónde surge esa anestesia despiadada que nos inmuniza ante el dolor del mundo y, en cambio, no es capaz de insensibilizarnos ante algunos hechos triviales? ¿Qué es esa fuerza emocional (que no racional) que consigue provocar terremotos sentimentales a partir de sucesos anecdóticos y se desentiende de los sustanciales?

¿Por qué no hay guerra, o catástrofe que consiga conmoverme como la imagen del coscorrón de un perrito ciego?







09 julio 2018



Otra vez verano, pronto (en septiembre) la emoción de hacer la maleta y salir de casa a buscar ese lugar, ese horizonte, ese cielo, esa luz distinta, esos pájaros, sobre todo esos pájaros (creo que Costa Rica es el lugar con más especies); llegar a un lugar en el que te va a gustar sentirte extraña, creer que todo es tuyo: el tiempo, el mundo…
Es un lunes por la noche de julio, leo poemas. La receta para escribir un poema es sencilla: el corazón carga munición, el cerebro lo depura y ahí está. Sin embargo, pocas cosas me parecen más difíciles que escribir una buena poesía. Esta que transcribo a continuación me abruma por su sencillez. No cuenta nada nuevo; sin embargo, la forma de contarlo, hace que sea especial y nos deje ese regusto que tiene el infinito poder del amor.

Vamos a suponer que digo verano,
escribo la palabra colibrí,
la meto en un sobre
y la llevo colina abajo
hasta el buzón. Cuando abras
la carta te acordarás
de aquellos días y lo mucho
lo muchísimo que te quiero


Ésta sería mi versión:

Vamos a suponer que digo verano
escribo la palabra gorrión…

06 junio 2018

La noche en su insondable seno


“Y solo de tan frágil materia está hecha la vida: de imposibles recuperaciones, de imposibles regresos y de imposibles comienzos.”

 (Ana María Matute)






Creo que fue John Lennon el que dijo que la vida es eso que pasa mientras nosotros hacemos planes. Todos tenemos alguna cosa en la vida pasada que volveríamos a repetir con los ojos cerrados. Si tuviera que elegir una sola de ellas, sin duda, sería el primer beso. Un beso brutal, irrepetible y tardío como corresponde a un chico tímido y acomplejado por unas hormonas en plena ebullición. Lo cuento, situémonos: yo iba a veranear a Islantilla al chalet de mis abuelos y ella era mi vecina. Me gustaba todo en ella (su cuerpo, su forma de estar, su naturalidad, su sencillez, su estrella) pero no tenía mayores esperanzas, tan sólo éramos amigos, quizás por el hecho de que la dejaban llegar tarde a su casa si yo la acompañaba. 

Era la hora de la siesta de un día tórrido, un viento abrasador como un siroco del desierto lamía cada rincón de aquella pequeña población. Fui a recoger mi bicicleta que estaba apoyada en los setos que separaban los jardines de nuestras casas, miré hacia su ventana abierta y vi que daba a otra ventana interior desde la que se divisaba un patio, cuando (para mi sorpresa) vi que ella se estaba duchando. La observé en plena desnudez, sobrecogido, sus largas piernas acompañaban estupendamente al resto de su anatomía que aderezaba con su carita de adolescente. Me escondí entre las ramas, boquiabierto, ante la delectación de contemplar un cuerpo tan bello. Tenía la sensación de que estaba ante algo sobrenatural. 

Por la noche, al salir del cine, marchamos hacia la playa buscando un respiro al intenso y pegajoso calor de aquel día. La noche era espléndida, recuerdo que el mar era un cristal negro, en completa calma. Nos sentamos sobre la arena, metimos los pies en el agua, y ante la visión de aquella negrura insondable comencé a hablarle de la materia oscura: Nunca se ha visto ni detectado pero teorías apuntan a su existencia y se estima que representa un veintisiete por ciento de cuanto hay en el Universo. Por entonces me empezaba interesar la astrofísica pero en ese momento para mí había más presencia de la física y de la química que de los astros y sudaba como un condenado recordando el agua resbalando entre sus muslos. Sin pensármelo mucho, le confesé que durante aquella siesta la había visto desnuda. Me había tirado a la piscina y tocaba comprobar si tenía agua aunque no esperaba una mala reacción por su parte, por si acaso me disculpé por no haber resistido al impulso de espiarla (largamente, debo añadir) y para que mis disculpas pareciesen más creíbles me arrodillé con la mano en el corazón haciendo el ademán de pedir perdón. Entonces ella, se arrodilló graciosamente frente a mí me dijo que no pasaba nada, que agradecía mi sinceridad, me sonrió y deslizó su camiseta por su cuerpo separándose de ella, me acercó su cara y me invitó a besarla. Nunca había besado a una mujer. Alguien ha dicho que todo debe tener su ritmo; que lo que no se mueve se fosiliza y que las palabras no siempre son el mejor nexo para prolongar lo inexplicable… Sus labios eran una quimera idealizada, no pude evitar fundirme en ellos y besarlos ansiosamente. Eran sumamente deliciosos y tiernos. Le metí la lengua en la boca, estableciendo una soldadura universal. 

Lentamente ella fue apartando sus labios de los míos, recuerdo que los perseguía como un bobo con la boca abierta. Laura, que era el nombre de aquella criatura adorable, sonrió, cada sonrisa era presagio de algo nuevo en dirección desconocida; cogió mi mano izquierda y la posó sobre su seno mientras me preguntaba con una desenvoltura insólita si me había gustado lo que había visto a través de su ventana. Por su tono no supe distinguir si la pregunta estaba envuelta en un hálito de lujuria o de sutil lascivia. Me quedé estupefacto, era la primera vez que mi mano, tosca pero calibrada, sentía el seno de una mujer y era algo mucho más bello de lo que jamás supuse. Tenía sus ojos miel, dulces y perspicaces, fijos en mí, verlos era una delicia, pero tuve que cerrar los míos para concentrarme en sentir la tersura y calidez de su seno, el tacto de su areola. No sé cuánto tiempo pasó hasta que abrí los ojos para ver si todo aquello era verdad, sí, allí estaba mi mano sosteniendo su pecho. Era algo precioso. Demasiado hermoso. Ella cogió mi mano derecha y la posó en su otro pecho y, de nuevo, tuve que cerrar los ojos. Yo tenía 16 años y estaba flotando, el corazón acelerado, el pulso descontrolado, la respiración desquiciada… tanto que no me quedó más remedio que acercar su senos en mis mejillas, lo necesitaba; necesitaba su protección, su calidez; sentirme arropado por ellos. Ella me acogió, segura de sí. Aquella noche acaricié sus senos hasta el infinito a la luz la tenue luz del reflejo de la luna en el agua. 

Había de olvidar muchos recuerdos en mi vida pero no el de aquella visión, no aquél primer beso, no aquellos senos firmes y tersos del jardín de mis delicias. Todos tenemos en nuestras vidas algo que volveríamos a repetir, con los ojos cerrados. Sobre todo con los ojos cerrados.