Un instante de belleza
Cuanta más belleza, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.
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31.1.26
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21.12.25
LA ENTROPÍA DE LA NAVIDAD
La Navidad no sucede. Se construye. Cada año el mundo gasta una energía descomunal en ordenar el caos solo por unos días, como si supiéramos que tiende a deshacerse y aun así insistimos en ponerle luces.
Eso es la entropía de la Navidad. Un esfuerzo consciente
contra la deriva natural de las cosas. Una inversión casi heroica para que el
desorden universal adopte durante un instante una forma amable.
Colgamos guirnaldas como quien traza un arco iris doméstico,
no para iluminar sino para engañar a la realidad, para decirle al invierno que no manda, para fingir que el tiempo puede suspenderse bajo un parpadeo de
colores. Sabemos que es un truco. Y aun así funciona.
Los adultos lo sabemos. Sabemos que nada vuelve, que la
infancia no regresa aunque la invoquemos con villancicos y con papel de regalo.
Pero también sabemos algo más peligroso: que la ilusión aún puede heredarse. Y
entonces ordenamos la mesa, cocinamos más de lo necesario, fingimos sorpresa,
hablamos en voz más baja. Construimos un pequeño teatro para que otros crean. Y
en ese teatro, a veces, creemos también.
La Navidad es un caos ordenado, un desvío, un gesto inútil y
por eso mismo esencial. Durante unas horas el mundo parece menos áspero, no
porque lo sea sino porque decidimos mirarlo así. Hay una belleza particular en
saber que esto basta.
También están los huecos, las sillas vacías, los nombres que
no se pronuncian pero ocupan espacio. La Navidad no borra las pérdidas, las
ilumina. Las vuelve visibles bajo luces suaves para que no duelan tanto, para
que el recuerdo no sea una herida sino una presencia discreta sentada a nuestro
lado. Quizá por eso nadie se atreve a apagar del todo las luces.
Los niños viven la Navidad desde dentro. Nosotros la
rodeamos. Ellos creen. Nosotros recordamos. Y entre ambos sostenemos una
ficción delicada que se parece mucho al amor.
Y entonces aparece un niño. No como héroe consciente sino
como quien aún no conoce las leyes del desgaste. Con manos pequeñas reúne la
nieve, la apila, la ordena. No vence al frío ni al tiempo. Solo los suspende.
2.11.25
ENAMORAMIENTO CUÁNTICO
Cuando vivimos tanto que hay que pagar exceso,
hay algo en el amor como una luz suicida,
tal vez es solo eso,
y hay amores que duran algo menos que un beso,
y besos que han durado algo más que una vida.
Luis Rosales
La condición humana oscila entre lo desmesurado y lo trivial. Lo sublime y lo absurdo caminan juntos como dos sombras condenadas a seguirse; nos seduce la abrumadora idea de lo eterno y, sin embargo, nos arrastra lo inmediato, con sus pequeñas rutinas y miserias, con la comedia diaria que nos mantiene entretenidos, con su insoportable levedad —que diría Kundera—
Puede que la última ironía resida en la fragilidad del individuo y en lo
ridículo de sus aspiraciones frente a la ingobernabilidad del destino. La
conciencia de lo efímero nos deja desnudos ante nuestra realidad con una
pregunta brutal: ¿qué quedará de nosotros en este mundo cuando muramos? Acaso
el eco de una anécdota en la memoria de un hijo, o de alguien que nos quiso, tal
vez un recuerdo que despierte por azar, como una brizna alzada por el viento
sin que nadie la invoque. Y será por poco tiempo, porque con los años, cuando
también desaparezcan quienes nos recordaron, seremos menos que humo en la nada.
Ni siquiera seremos olvido.
Me gustaría creer que el olvido no mata del todo,
que ese algo esencial llamado conciencia, que vibra y siente, permanece más
allá de la vida o de un puñado de átomos ordenados por azar. Creo que hay sabios que piensan como yo, o quizá yo piense como ellos.
Todo esto lo supe cuando me enamoré.
Ocurrió hace ya más de un año y fue algo lento pero inevitable, como un designio escrito al albur de las estrellas. Primero fue el budismo:
su calma impostada, sus nobles verdades, sus meditaciones, aquel noble camino
óctuple (o como se llame) que promete la liberación del deseo justo cuando más
deseaba comprenderlo todo. Lo observé con atención, con esa mezcla de respeto y
escepticismo que uno reserva para lo que sospecha que es demasiado perfecto.
Después llegó la astrofísica. Me deslumbraron sus magnitudes incomprensibles,
las distancias siderales, el vacío, los agujeros negros, los millones de
galaxias que pueblan el universo. Descubrí que el infinito no es una
idea sino un hecho, y que la Tierra —con toda su arrogancia— apenas ocupa un
margen ridículamente diminuto en la página del cosmos. Y entonces apareció la
física cuántica.
Y ahí sí: me enamoré perdidamente. No de sus respuestas, sino de su
misterio. De esa magia rigurosa que convierte las certezas en probabilidades y
las partículas en presencias invisibles. Descubrí que existe la antimateria.
Descubrí que un electrón no está en un lugar, sino en una nube de posibilidades
que solo colapsa cuando alguien lo observa, como si la realidad necesitara ser
vista para existir. Que dos partículas pueden permanecer entrelazadas a miles
de años luz de distancia y reaccionar al unísono, como si compartieran un hilo
invisible más rápido que la luz. Que la materia surge de fluctuaciones del
vacío, un vacío que no está vacío, sino vibrando con energía latente. Que el
tiempo, a escala cuántica, pierde su dirección y la causalidad se vuelve un
rumor.
Empecé a dormir con sus voces: electrones que se comportaban como ondas,
neutrinos que apenas existen y atraviesan la materia sin dejar rastro, campos
de Higgs que conceden masa como dioses benevolentes. Y todo me resultaba profundamente hermoso por una sencilla regla de tres: cuanto más incomprensible, más bello; creo que la física no solo es ciencia es también una forma de mirar, una poética
de lo invisible. Y llegué a la conclusión de que el amor debía de ser como una
luz suicida: una fuerza improbable, inestable, que desafía la lógica, que
altera todo cuando es observada y, aun así, mantiene unido el universo —y a uno
mismo— para que no se desintegre.
Me fascina observar el mundo desde dos magnitudes que parecen opuestas y, sin embargo, se necesitan: la de lo inmensamente grande, de las que se miden en megapársecs, y la de lo infinitamente diminuto, lo indivisible, a la escala de la primigenia partícula que originó el Big Bang. Como el yin y el yang se equilibran y tal vez se complementan, porque quizás no puedan existir el uno sin el otro. Dos fuerzas que se atraen y se temen, dos sombras condenadas a seguirse.
El enamoramiento cuántico me enseñó que nunca es tarde para aprender y
mirar el mundo como se mira a través de un telescopio: con curiosidad y un poco
de vértigo.
Luego, entre esos vídeos, descubrí que me encantan los astrofísicos que se
ocupan de divulgar sus maravillosos conocimientos —Alcubierre, Michio Kaku,
Neil deGrasse—, La Lattice de Jacobo Grinberg, y a Federico Faggin. Este
último, un eminente físico que diseñó el microchip y terminó creyendo que lo
real no era la máquina, sino lo que la habita. Un día, sin previo aviso, tuvo
una experiencia que le desgarró el marco mental: se sintió rodeado, atravesado
por algo que no podía medir ni nombrar, pero que reconoció como lo más poderoso
del universo: el amor. No el amor romántico ni el emocional, ni siquiera el
humano. Un amor sin sujeto ni objeto. Un campo de conciencia viva que le
hablaba sin palabras. Desde entonces, dejó de buscar en la lógica. Aprendió a
escuchar.
Yo no he tenido una experiencia como la suya, pero algo dentro de mí
también sabe que no estamos solos, ni separados, ni perdidos. Que la conciencia
no es una función, sino un tejido. Que todo —una célula, una piedra, una
estrella— siente, recuerda, vibra.
Y bien, después de tanto universo y tanta conciencia, toca algo más
terrenal: hacer la maleta. Me voy de viaje a Suiza, no a la luna… aunque,
conociéndome, acabaré mirando las estrellas desde los Alpes, preguntándome si
serán las mismas que veo en Murcia o si, como las partículas en la física
cuántica, también cambian cuando una las mira.
Tal vez, después de todo, mirar sea la forma más sencilla —y más humana— de
seguir creando el universo.
31.8.25
Miraré frente al animal antiguo
Anoche entendí algo. Vi en un vídeo a un surfista chiflado perder el miedo y
subirse a una pared de agua que parecía una ciudad avanzando. No era valentía
ciega, era una especie de pacto con el mar. Y supe que quería mirar de frente
ese pacto desde el faro de Nazaré, con el Atlántico creciendo como un animal
antiguo. No para vencerlo sino para escuchar lo que dice cuando se levanta con
furia y poder.
Las olas gigantes de Nazaré siempre me han
parecido como criaturas vivas, enormes, casi prehistóricas. Llamarlas animal antiguo es reconocerles su fuerza
mítica, como si fueran un monstruo marino que existía antes que nosotros.
Imagino el faro, la piedra que resiste, el viento que limpia la cara y deja un
sabor a sal que no se olvida. Imagino el golpe de cada ola como una frase
escrita sin palabras. Se va hasta allá para recordar que el miedo nace de una
medida equivocada y que a veces la vida solo pide quedarse de pie en el sitio
justo mientras observas lo inmenso.
A un paso de Nazaré, Lisboa, ciudad de la que
conservo, veinte años después, un recuerdo nítido, como un rumor cercano. La
Lisboa de Pessoa, que caminaba sin prisa y se multiplicaba para poder sentirlo
todo, sentado en un café mientras miraba pasar la ciudad. Porque su Lisboa no
era solo palabras, sino territorios íntimos que le urgía compartir. Viajar
también es eso: aprender a ser varios para que el mundo nos quepa mejor.
El azar ha vuelto a decidir por mí: el 18 de enero, d. m., me veré pequeña y contenta frente al faro de Nazaré. No iré a presenciar una hazaña surfera, iré a saludar a la ola para que me explique, sin saberlo, de qué está hecho el deseo. Y si el mar decide crecer entonces, lo miraré con respeto y con gratitud. Si no lo hace, también estará bien. Lo importante será estar allí, porque a veces la revelación es simple: escoger un lugar en el mundo y decir aquí. Aquí quiero estar, porque todos tenemos un lugar que deseamos ver al menos una vez, y no imagino un sitio mejor donde soplar las velas de mi cumpleaños.
3.8.25
Detrás del faro
Este cuadro me
acompaña. Su sencillez infantil es parte de su encanto.
Me acompaña, con su
faro y su silencio, para ser refugio.
Acaso no fue
pintado para exhibirlo, sino para habitarlo por dentro.
23.7.25
LA DIGNIDAD DEL INTENTO (anéctoda para no olvidar lo esencial)
Esto no es una historia. Es apenas una anécdota —insignificante si se mide
en hechos, poderosa si se mide en lo que deja—.
Verano. Julio. Las primeras horas del atardecer. El calor empieza, por fin,
a retirarse. Pero yo estoy en medio de un mercadillo de playa, conocido como el
de las Mil Palmeras, donde se apiñan cientos, tal vez miles de personas. Me
gustan los mercadillos y aunque tengo una inclinación natural hacia la soledad
—y la multitud me incomoda—, cuando se trata de un mercadillo me dejo arrastrar
por la marea. Me zambullo entre los puestos repletos de objetos de todo tipo,
me pruebo vestidos encima de la ropa, me detengo a mirar pulseras de cuentas,
telas frescas, bisutería chillona… y, contra todo pronóstico, lo disfruto.
Cuando por fin me dispongo a volver a casa, ya no soporto más los empujones
ni el bullicio; tomo el camino de la playa en busca de aire. Y es entonces
cuando me doy cuenta: ¡no llevo las gafas de sol colgadas del escote de mi
camiseta! Rebusco en la mochila con ansiedad. Dos veces. Tres. Nada. Las he
perdido. Eran mis favoritas, nunca otras me habían gustado tanto y además eran de una
colección pasada, unas gafas que ya no estarían a la venta. Mi primer impulso es rendirme. Nadie encuentra unas gafas de sol en un mercadillo lleno de gente. Sería buscar una aguja en un pajar. Pero algo me empuja, no sé si es terquedad, esperanza o simplemente un gesto de rebeldía; esa idea de que no hay que rendirse antes de intentarlo, así que regreso al lugar de los hechos.
Recorro puesto por puesto, repitiendo varias veces el itinerario de mis
pasos. Callejeo, miro al suelo, pregunto. Nada. Vuelvo a empezar. Dos veces. Tres. Nada. Me mareo pero sigo. Me repito una frase que me invento para seguir
caminando: al menos lo habré intentado. Y en esa frase, sencilla, hay algo
parecido a la resignación.
Ya de salida, me detengo en un puesto que podría ser el primero o el último, según desde dónde se empiece el recorrido. Está abarrotado de vestidos colgados de burros —esas perchas alargadas— que se balancean con el viento. Paso la mano por la ropa como quien aparta una cortina. Y entonces con una sorpresa que no puedo explicar, las veo en el suelo. ¡Mis gafas¡ Están allí, intactas, como escondidas a propósito. No entiendo cómo han llegado hasta ese lugar, pero la alegría me golpea con la fuerza absurda de un hallazgo inútil que de pronto se vuelve sagrado. Como si estuvieran allí esperando para decirme algo.
Salgo del mercadillo con las gafas puestas —aunque no hay sol— y subo la pequeña colina que lleva de nuevo a la playa. Y en ese momento, con la brisa en la cara y los pies llenos de arena, la revelación me alcanza. No había vuelto al mercadillo por las gafas, que ahora son lo de menos. Había vuelto por otra cosa: por el impulso de probar suerte que hay en uno cuando, en lugar de resignarse, lo intenta. Cuando decide que lo perdido aun importa. Porque a veces no se trata ni siquiera de tener esperanza, se trata de no rendirse del todo, no dar por muerto lo que aún late.
Basta con atreverse a intentarlo. Al menos una vez.
8.6.25
La belleza silenciosa
A ti
Hay vidas que transcurren lejos del ruido, sin épica ni aplausos. Son esas vidas que el tiempo no celebra, pero talla. Porque el tiempo -ese artesano sin prisa- no construye con gestos grandiosos sino con el peso lento de los días, con el roce suave de lo que insiste. Así, como una piedra al borde del mar, hay almas que se modelan sin que nadie lo note: no por lo que logran sino por lo que resisten sin quebrarse. Y a veces, cuando menos se espera, en medio de ese desgaste sin espectáculo, se abre una rendija. Y por esa rendija se cuela algo que no se puede forzar: una ternura que no pidió permiso, una forma de belleza que no necesita testigos, una dignidad tan callada que solo el tiempo -precisamente él- puede reconocer.
29.5.24
Hoy es siempre todavía
La vida no está en el ayer ni en el mañana ni siquiera en el hoy, está en el todavía
(Mario Benedetti)
24.6.22
Ojalá estuvieras aquí
Te has apagado lentamente, como la luz en los anocheceres de junio, cuando florecen las jacarandas.
A mi madre, in memoriam
(Lo
escribí hace unos años…)
Tu
presencia siempre cálida, el olor suave de tu piel, tu delicadeza y tus ojos
tremendamente azules siempre me conmovieron. Nunca he sido arisca contigo, tampoco
cariñosa ni zalamera. Me enseñaste a ser afectuosa sin excesos, el punto distante
ha sido cosa mía. Hoy no has querido salir a dar un paseo, aunque sea en tu
silla de ruedas: te da una pereza tremenda. Nunca te gustó pasear, cuando lo
hacías era porque papá tiraba de ti. Recuerdo aquellas lejanas tardes de
vuestra juventud, cuando él jugaba al tenis en el otro extremo de la ciudad y te
hacía ir a recogerle cuando terminaba; tenías que hacer verdaderos esfuerzos
para ir al encuentro del hombre más andarín del mundo. Te ríes cuando te
recuerdo esa anécdota.
–Ay,
siempre me costó arrancar –me dices sonriente.
Te
gustan las anécdotas de un pasado ya distante, sobre todo las que has olvidado
y se refieren a papá. Trato de recordártelas con sutileza para no entristecerte.
Te observo y pienso que si te gusta rememorar es porque has sido feliz, pero
entonces viene a mi memoria la imagen de aquella mañana, la peor de tu vida: tú
en camisón, sentada sobre la mesa de centro del salón, llorando inconsolablemente,
y papá al fondo, en vuestro cuarto, con la puerta abierta, rodeado de gente y dormido
para siempre. Sentía que presenciaba el resumen de dos vidas en una y todo
vuestro amor; y no pude hacer nada más que mirarte en silencio, sobrecogida por
el manantial de las lágrimas del adiós eterno. Jamás te había visto llorar así,
mamá.
–Cuando
era soltera salía los domingos con mis amigas a pasear por el Malecón. Y al
poco me sentaba en un banco y les decía que continuasen hasta el final del paseo,
que yo las esperaría. Y me quedaba allí sola y tan a gusto. Siempre he sido de
salir poco y caminar menos.
–Pero
tú y yo lo pasamos bien. ¿Seguro que no quieres salir? ¿Mamá, qué te pasa?
-No
estoy bien y no me refiero a la salud… Todos los días me levanto pensando que
sólo me espera la rutina: desayunar, leer el periódico, hacer el crucigrama,
vestirme, rezar, leer, comer… Todos los días lo mismo. No tengo ningún objetivo.
No tengo nada que hacer. ¿Sabes? Todo lo que vine a hacer a esta vida ya lo he
hecho. No me queda nada, sólo ver pasar los días, y estoy cansada. Hija, no te aflijas,
pero tengo ganas de…
-Mamá,
no lo digas. Ni lo pienses. Tienes algo muy importante que hacer. Tienes que
estar, estar y ¡Estar! Estar para nosotros ¿Te parece poco? ¿No te das cuenta
de que te necesitamos? Todos te necesitamos, tus hijos y tus nietos, queremos
que estés con nosotros. No te quieras ir, no nos hagas eso, eres una buena
madre y tu obligación es estar aquí.
-Sí
–respondes cerrando los ojos y asientes con la cabeza -En eso tienes razón. Pero
ahora sólo soy una carga. Ya no sirvo para nada. No puedo hacer nada por
vosotros.
-Precisamente,
mamá, no te necesitamos para que hagas nada. Lo material lo puede hacer cualquiera,
pero tú, mamá, eres insustituible. Te necesitamos, simplemente, y eso es lo
importante.
-Simplemente…
–repites mis palabras
Mi
madre es una mujer inteligente, práctica y abnegada. Me tranquiliza pensar que me
ha escuchado y que lo reflexiona, no ha trivializado mis razonamientos ni los ha
considerado inconsistentes o fruto de mi imaginación desbordante, a la que
responsabilizaba de mis fantasías cuando era niña. Sé que lleva tiempo pensando
que ha cumplido su ciclo vital y que los días sólo demoran el final. Me parte
el corazón.
-
¿Te apetece ver la televisión, mamá? Yo voy a leer una novela que me he traído.
Se
reclina en el sillón, enciende el televisor y mientras zapea por los canales, yo
me tiendo en el sofá, me acomodo los cojines bajo la nuca, me pongo las gafas,
estiro las piernas, busco la página en la que había dejado la novela y me
sumerjo en ella. La tarde transcurre plácida, por la ventana entra una húmeda
brisa de otoño y empieza a oscurecer. Ella está aquí, a mi lado. Está. Necesito
que estés, mamá.
No
sé cuánto tiempo ha transcurrido. Me levanto, quiero coger un bolígrafo y
subrayar una frase del libro que me ha gustado. Me dirijo al despacho de papá y
paso junto a ella. Está abstraída frente al televisor. Vuelvo a pasar en
dirección al sofá, pero me paro en seco, me arrodillo ante ella, le acaricio la
mejilla y le doy un beso.
–Mamá,
eres muy guapa. Te quiero mucho.
Me
sorprendo yo misma. No estoy acostumbrada a estas efusiones intempestivas ni a
mostrar mi afecto sin pudor.
-
¡Qué bien! –me dice algo perpleja -, nunca me has dicho eso. Por un instante, a
ella se le ilumina la cara.
Yo
me quedo pesarosa por no habérselo dicho más veces. Ya no me puedo concentrar
en la novela.
Sé
que los días, meses o años pasarán, que la rutina lo aplastará todo y que olvidaré
muchas cosas, pero el día que ya no estés recordaré con emoción esa tarde de
otoño en la que te supliqué que no te marcharas, mamá.
6.2.22
TU ÚLTIMO LIBRO
“Con similar perversión de la lógica, sentía también que para ser un escritor enorme convenía morir joven”
(“Arde este libro” Fernando Marías)
18.1.22
EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES
“No comprendo cómo se puede pasar junto a un árbol y
no ser feliz de verlo; hablar con un hombre, y no ser feliz de amarlo. Cuántas
cosas hermosas hay a cada paso:.." (El
idiota’ de Dostoievski)
El crepúsculo de los dioses siempre me
pareció un gran título. Hoy tiene una connotación festiva para mí. Desde que el
esplendor en la hierba (ese otro gran título) pasó de largo por mi vida decidí pasar también de largo, y tracé un
sendero zigzagueante e impredecible con el que ir sorteando cada dieciocho de enero. Cada año
una vela más, cada año una ciudad distinta. Estambul primero, luego Milán y
después: nada, el Covid. Este precioso y soleado día de invierno, lo más lejos
que me he alejado de casa, sin riesgo de quedarme confinada en un hotel extranjero
y no poder regresar, ha sido a la sombra de los árboles, ocaso bajo los árboles. Hablando
con propiedad; el crepúsculo estaría reservado a los dioses inmortales, el
ocaso seria para los sufridos mortales que envejecemos.
Esta mañana lo primero que he hecho ha sido coger el libro de uno de mis escritores favoritos (y cuyo nombre no citaré), y lanzar la caña al azar sobre cualquiera de sus páginas para pescar de una de esas frases suyas que me dejan extasiada, cualquier pieza, sea un atunazo, un pez de profundidad o un pececillo insignificante, es un regalo para el paladar de una sirena. Casi de inmediato me ha entrado una pieza espectacular; los libros de mi escritor favorito son un caladero inagotable de frases y aforismos. Pág. 28: “Las epopeyas vienen determinadas por el escenario sobre el cual acontecen, y lo mismo ocurre con la historia más anónima y cotidiana. Casi todos pasamos por la vida sin que la Historia nos señale, pero compartirnos con algunos héroes, la pertenencia al lugar donde transcurre nuestra peripecia. Algo es algo”... No deberíamos pertenecer a un lugar. Nadie debería pertenecer y nunca nadie debería dejarse pertenecer. Sí deberíamos todos, sin embargo, encontrar nuestro lugar en el mundo.
¿Por qué no fuimos conscientes de que la
juventud duraba tres cuartos de hora? Ahora ya no vale. Eran tiempos felices y
vibrantes por la sencilla fórmula matemática de disponer de juventud. Era el
tiempo en que eras la nube... hoy eres la gota de lluvia, ayer eras osada, hoy
tienes mucho más de osa que de hada, y (sobre todo) ayer, cuando cumplías años,
no pensabas ni falta que que hacía, y hoy descubres que sí, que se veía venir y
no paras de darle vueltas: el tiempo es el valor supremo del mundo.
Siempre me gusta lamentarme el día de mi
cumpleaños, incluso varios días antes y otros tantos después, lo hago por
sistema, sí, para olvidar, y por tratar de ser más auténtica por si acaso fuese
verdad aquello de que lo auténtico sobrevive a cualquier tiempo y lugar.
Y también por poner una sonrisa al día y sin embargo esa me la has puesto tú, mD, volviendo a los dulces y legendarios tiempos del esplendor en los blogs, cuando las palabras surfeaban las olas. Me gustaría levantar la vista, mirar por la ventana y haber vuelto a esos tiempos en los que me deleitaba escribiendo y leyendo los blogs amigos. Eran formidables, pero lo mejor, lo prodigioso de aquella época legendaria, por lo lejana y difuminada en el el tiempo, lo conservo (o ellos me conservan a mí) los amigos. Dos.









