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31.1.26

Turkish delice




Hay recuerdos que no vuelven como escenas sino como hechos simples. El mío es este: sucedió hace muchos años, cuando era joven y creo que atractiva. Caminaba por Londres. No recuerdo si por Trafalgar Square, Portobello o por cualquiera de esas calles intrascendentes por las que uno pasea sin imaginar que algún día regresarán a su memoria. En una de ellas me detuve frente a un puesto callejero de artesanía. Sobre la mesa había unos pendientes de plata, pequeños, con cadenitas articuladas que sugerían el movimiento antes de hacerlo. Los tomé entre los dedos y pregunté su precio y de dónde eran. El vendedor sonrió y dijo: turkish delice. Asentí sin comprender del todo. 
—Delicias turcas -repetí-. Me los quedo. 

Años después descubrí que Delicias turcas era el título de una película erótica, erótica para lo que eran aquellos tiempos. Supongo que habría escenas de sexo, pero solo recuerdo que la protagonista solo podía comer delicias turcas cuando enfermaba. Mucho más tarde viajé a Estambul para celebrar uno de mis —afortunadamente— numerosos cumpleaños y por fin probé las delicias turcas: dulces densos, pegajosos, adictivos, tan fieles a su nombre que parecen inventados para justificar la palabra placer. Entonces recordé al vendedor londinense y entendí que no hablaba tanto del origen turco de los pendientes como de su condición de pequeña delicia. Quizá quiso decirme, con una sonrisa ladina, que aquellos pendientes eran una tentación: una delicia mínima, hecha metal. 

Desde entonces, cuando algo manifiesta una fragilidad y una belleza difíciles de nombrar, para mí se convierte en una delicia turca. Aunque no sea un dulce, aunque no dure, aunque solo sea una forma de nombrar aquello que pasa desapercibido y, sin embargo, deja marca. Un jazmín, por ejemplo, es una delicia turca. No solo por su belleza —eso sería lo evidente—. Está ahí, sin imponerse, sin duración, sin promesa. Y me basta con olerlo para que algo se desplace levemente por dentro. Es nostalgia y recuerdo, una forma inocente de estar en el mundo, anterior a la urgencia y a la explicación. No por lo que fue sino por cómo lo sentía. 

Hace unos días, en Malta, al arrancar otra hoja del calendario de mi vida, descubrí que, por primera vez, me sentía muy mayor. Cómo pesa la palabra mayor. Envejecer es aceptar que el tiempo avanza demasiado rápido. El tiempo pasa de ti y por ti como una apisonadora, da igual lo que tú pienses, y cada 18 de enero compruebas cómo los años, sin retorno, se escapan con la brisa y se pierden en el mar. 

 Entonces llega la gratitud hacia quienes te recordaron ese día y te lo alegraron felicitándote. 

La tuya no era una más. 

Era mi delicia turca.

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