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12.5.26

Mayo de 2026

 Hay historias que viven mejor en ese territorio extraño donde casi podrían hacerse reales pero nunca terminan de tocar el suelo. Tal vez porque, en cuanto lo hacen, dejan de pertenecer a la imaginación y empiezan a obedecer a la vida, que casi siempre es más pequeña.

Y allí estaba yo en Logroño caminando por calles que tú también habías pisado, respirando el mismo aire, cruzando quizá las mismas esquinas sin saber si unas horas antes o después tú habías pasado por allí. Era absurdo y emocionante a la vez. Como si aquella historia escrita hace años en un blog hubiese decidido salir de la pantalla para quedarse flotando sobre la ciudad.

Y la verdad es que pensé en llamarte, pero no lo hice. Creo que buscarte habría sido romper algo. Hay historias que solo conservan su belleza mientras permanecen en el territorio de lo imposible.

Mientras me comía aquellos champiñones con gambas en aquella barra diminuta de la Laurel, pensé que menos mal que no vivía en Logroño porque esos champiñones tenían pinta de convertirse en una adicción bastante seria. El padre y el hijo hacían solo eso, como si llevasen toda la vida defendiendo una única receta, y yo sonreía pensando: «imagínate que el hijo fueras tú». Incluso terminé encontrándoos un cierto parecido. Y mientras el camarero me servía aquellos champiñones imaginé que pensaría: «¿Y esta mujer por qué me mira tanto?».  Qué iba a saber él toda la historia que bullía en silencio dentro de mi cabeza.

Tú estabas allí y no estabas. Porque al final nunca se trató de encontrarnos de verdad. Ni de comprobar nada. Ni siquiera de saber si el tiempo había sido amable o cruel con nosotros.

Era extraño sentir que existía alguien que un día entró en aquel Mundo de Solos y, casi sin darse cuenta, empezó a habitar un poco conmigo lo que escribía, como si entre todas aquellas palabras dispersas se escondieran las variables de una ecuación irresoluble: la vida misma, y aun así intentásemos resolverla sabiendo que era imposible,

Y ahora creo que entiendo algo. Hay personas que no llegan a nuestra vida para ocuparla sino para expandirla. Para demostrar que la realidad, a veces, puede acercarse muchísimo a la ficción sin destruirla del todo. Y quizá, como hacen los sueños para no morir del todo, nos quedará esperar otro cumpleaños para volver a desearnos la felicidad. Seguir ahí, en silencio, viviendo cada uno su vida, pero conservando intacto ese pequeño lugar imposible donde tú y yo existimos de otra manera. Una anomalía hermosa dentro de las matemáticas del mundo. Porque quizá haya cosas que nunca llegan a suceder y aun así existen con una precisión incontestable.





31.1.26

Turkish delice




Hay recuerdos que no vuelven como escenas sino como hechos simples. El mío es este: sucedió hace muchos años, cuando era joven y creo que atractiva. Caminaba por Londres. No recuerdo si por Trafalgar Square, Portobello o por cualquiera de esas calles intrascendentes por las que uno pasea sin imaginar que algún día regresarán a su memoria. En una de ellas me detuve frente a un puesto callejero de artesanía. Sobre la mesa había unos pendientes de plata, pequeños, con cadenitas articuladas que sugerían el movimiento antes de hacerlo. Los tomé entre los dedos y pregunté su precio y de dónde eran. El vendedor sonrió y dijo: turkish delice. Asentí sin comprender del todo. 
—Delicias turcas -repetí-. Me los quedo. 

Años después descubrí que Delicias turcas era el título de una película erótica, erótica para lo que eran aquellos tiempos. Supongo que habría escenas de sexo, pero solo recuerdo que la protagonista solo podía comer delicias turcas cuando enfermaba. Mucho más tarde viajé a Estambul para celebrar uno de mis —afortunadamente— numerosos cumpleaños y por fin probé las delicias turcas: dulces densos, pegajosos, adictivos, tan fieles a su nombre que parecen inventados para justificar la palabra placer. Entonces recordé al vendedor londinense y entendí que no hablaba tanto del origen turco de los pendientes como de su condición de pequeña delicia. Quizá quiso decirme, con una sonrisa ladina, que aquellos pendientes eran una tentación: una delicia mínima, hecha metal. 

Desde entonces, cuando algo manifiesta una fragilidad y una belleza difíciles de nombrar, para mí se convierte en una delicia turca. Aunque no sea un dulce, aunque no dure, aunque solo sea una forma de nombrar aquello que pasa desapercibido y, sin embargo, deja marca. Un jazmín, por ejemplo, es una delicia turca. No solo por su belleza —eso sería lo evidente—. Está ahí, sin imponerse, sin duración, sin promesa. Y me basta con olerlo para que algo se desplace levemente por dentro. Es nostalgia y recuerdo, una forma inocente de estar en el mundo, anterior a la urgencia y a la explicación. No por lo que fue sino por cómo lo sentía. 

Hace unos días, en Malta, al arrancar otra hoja del calendario de mi vida, descubrí que, por primera vez, me sentía muy mayor. Cómo pesa la palabra mayor. Envejecer es aceptar que el tiempo avanza demasiado rápido. El tiempo pasa de ti y por ti como una apisonadora, da igual lo que tú pienses, y cada 18 de enero compruebas cómo los años, sin retorno, se escapan con la brisa y se pierden en el mar. 

 Entonces llega la gratitud hacia quienes te recordaron ese día y te lo alegraron felicitándote. 

La tuya no era una más. 

Era mi delicia turca.