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18.1.22

EL CREPÚSCULO DE LOS DIOSES


“No comprendo cómo se puede pasar junto a un árbol y no ser feliz de verlo; hablar con un hombre, y no ser feliz de amarlo. Cuántas cosas hermosas hay a cada paso:.."  (El idiota’ de Dostoievski)


El crepúsculo de los dioses siempre me pareció un gran título. Hoy tiene una connotación festiva para mí. Desde que el esplendor en la hierba (ese otro gran título) pasó de largo por mi vida decidí pasar también de largo, y tracé un sendero zigzagueante e impredecible con el que ir sorteando cada dieciocho de enero. Cada año una vela más, cada año una ciudad distinta. Estambul primero, luego Milán y después: nada, el Covid. Este precioso y soleado día de invierno, lo más lejos que me he alejado de casa, sin riesgo de quedarme confinada en un hotel extranjero y no poder regresar, ha sido a la sombra de los árboles, ocaso bajo los árboles. Hablando con propiedad; el crepúsculo estaría reservado a los dioses inmortales, el ocaso seria para los sufridos mortales que envejecemos. 

Esta mañana lo primero que he hecho ha sido coger el libro de uno de mis escritores favoritos (y cuyo nombre no citaré), y lanzar la caña al azar sobre cualquiera de sus páginas para pescar de una de esas frases suyas que me dejan extasiada, cualquier pieza, sea un atunazo, un pez de profundidad o un pececillo insignificante, es un regalo para el paladar de una sirena. Casi de inmediato me ha entrado una pieza espectacular; los libros de mi escritor favorito son un caladero inagotable de frases y aforismos. Pág. 28: “Las epopeyas vienen determinadas por el escenario sobre el cual acontecen, y lo mismo ocurre con la historia más anónima y cotidiana. Casi todos pasamos por la vida sin que la Historia nos señale, pero compartirnos con algunos héroes, la pertenencia al lugar donde transcurre nuestra peripecia. Algo es algo”... No deberíamos pertenecer a un lugar. Nadie debería pertenecer y nunca nadie debería dejarse pertenecer. Sí deberíamos todos, sin embargo, encontrar nuestro lugar en el mundo.

¿Por qué no fuimos conscientes de que la juventud duraba tres cuartos de hora? Ahora ya no vale. Eran tiempos felices y vibrantes por la sencilla fórmula matemática de disponer de juventud. Era el tiempo en que eras la nube... hoy eres la gota de lluvia, ayer eras osada, hoy tienes mucho más de osa que de hada, y (sobre todo) ayer, cuando cumplías años, no pensabas ni falta que que hacía, y hoy descubres que sí, que se veía venir y no paras de darle vueltas: el tiempo es el valor supremo del mundo. 

Siempre me gusta lamentarme el día de mi cumpleaños, incluso varios días antes y otros tantos después, lo hago por sistema, sí, para olvidar, y por tratar de ser más auténtica por si acaso fuese verdad aquello de que lo auténtico sobrevive a cualquier tiempo y lugar. 

Y también por poner una sonrisa al día y sin embargo esa me la has puesto tú, mD, volviendo a los dulces y legendarios tiempos del esplendor en los blogs, cuando las palabras surfeaban las olas. Me gustaría levantar la vista, mirar por la ventana y haber vuelto a esos tiempos en los que me deleitaba escribiendo y leyendo los blogs amigos. Eran formidables, pero lo mejor, lo prodigioso de aquella época legendaria, por lo lejana y difuminada en el el tiempo, lo conservo (o ellos me conservan a mí) los amigos. Dos.







¿Dije sonrisa? Sonrisas y carcajadas sonoras... Me lo quedo. Mil gracias



13.11.21

El protagonista invisible






“Yo he procurado vivir siempre con la prisa relativa de llegar a la estación a tiempo de perder el tren” (José Luis Alvite)


“Reconozco que de un tiempo a esta parte he cambiado de actitud ante la vida y ya no considero importante hacer cosas pensando en que algún día pueda recordarlas. Supongo que eso me ocurre porque estoy en una edad complicada en la que las cosas que antes me causaban remordimientos, me producen ahora gases…” 

De esta forma vitriólica describe Alvite el hacerse viejo, y se agradece la ironía. La verdad es que si la mayoría de los mortales repasásemos lo vivido llegaríamos a la conclusión de que casi siempre hemos sido actores secundarios, forzosos y abnegados, y descubriremos que es algo descorazonador por muy buen papel que nos haya tocado en suerte. Tampoco sabremos cómo lo hemos hecho, si lo bordamos y merecemos un Goya (mejor aún: un Oscar) al mejor actor de reparto, o si rozamos el ridículo con una interpretación en exceso histriónica. 

    Hoy ha hecho un precioso y soleado día de otoño, pero ahora llueve suavemente. Bajo la claridad de la lámpara las ideas son como sombras, resulta fácil escribir y encontrar palabras para describir los pensamientos. La escritura trata mucho del deseo -porque la vida es deseo-, y de la muerte, aunque no hable de ella. 

    Cuando se llega a la edad a la que Alvite llama eufemísticamente “edad complicada”, sería un buen momento para cambiar de papel, ya no vas a tener mucho tiempo ni vas a tener otra vida. A esa edad, marcada por los estragos del tiempo, ya no es importante hacer cosas para el recuerdo ni construir futuros recuerdos que ya son pasado o que en su momento constituían un deber moral o un compromiso inexcusable. Lo interesante sería cambiar de registro y hacer de protagonista. Algo repentino puede pasar al llegar a la edad complicada, acaso abrazarse a uno mismo y regalarse un ahora, ese ahora que perdimos porque llegamos a la a estación con prisa relativa, pero demasiado tarde; el ahora de un pretexto para ensartar el viaje que no se hizo y no ir aún como los toros a las tablas, a recapitular vida. La vida que se dejó no fue por gusto sino por la premura de hacer de hacer dignamente el papel de secundarios.
 
    A esa edad, ya no hay objetivos que puedan ser o parecer preceptivos. Ahora o nunca hay que dar vida al protagonista, invisible por ser un viejo conocido nuevo y extraño, un protagonista desapercibido, Con total seguridad no abriría la puerta de los sueños, o las de Hollywood ni nos convertiría en estrellas, pero nos daría alas y una órbita propia. La órbita de rotación sobre el pequeño e ignoto planeta del yo, un mundo solamente nuestro. Al final seríamos como el Principito, que tiene un planeta pequeño, con solo tres volcanes (dos de ellos activos y uno no) y una rosa. 

 -¿Para qué quieres habitar a tu edad tu propio planeta, no es un poco tarde? preguntaría el pequeño príncipe con su lógica cartesiana.

 -Para nada, sólo es una estrella sin rumbo, un planeta pequeño, como el tuyo, con mucho por hacer y con solo tres cosas: papel, un lápiz y un espejo. 

Y el principito, que es un niño muy preguntón (como bien sabe todo el que ha leído el Principito) volvería a preguntar: 

-¿Para qué necesitas esas tres cosas? 

-Para nada y para todo, el papel y lápiz para reescribir la historia que quiero protagonizar, y el espejo para ver si el prota es una cara conocida o es el rostro desvaído de alguien extraño, una sombra inquieta con la estela de todo lo no vivido. 

Aplausos, plas plas plas, se baja el telón y los artistas saludan desde el escenario. Ha parado de llover y aún es temprano, pero tengo sueño y a la vez no tengo sueño, a lo mejor es cosa de estar en una edad complicada. A otros le produce gases jeje. Ya me lo decías esta mañana en relación con ese viejo Seat- 600, que podría haber sido de mi padre: A veces se tiende a asociar posibles casi imposibles. 


PD. Gracias por tenerme en tu vida.

23.7.21

El tiempo detenido


Para escuchar el canto del jilguero
vine yo al mundo.
Lo escuché en la niñez –como ya dije
en otros versos míos–,
y allí mismo aún lo oigo.
En mi carne resuena y con mi sangre gira.
¿Cómo es posible que algo como eso,
tan frágil y tan puro, tan propio y tan de nadie,
pueda estar en la vida, ser la vida,
que exista un bien tan grande y para siempre?

(En el árbol del tiempo de Eloy Sánchez Rosillo.)



Probablemente yo también vine al mundo para escuchar el canto del jilguero... Recuerdo la escena de la película de Carlos Saura "Pajarico" en la que el personaje que interpreta Paco Rabal, sentado frente a la playa observa la vida y exclama: "Qué bien se está, cuando se está bien". Para no destripar la película, pues se trata de la escena final, no voy a explicar qué le lleva a realizar esta afirmación tan aparentemente obvia con la que el personaje describe su sensación de calma y plenitud, pero sí voy a explicar su relación con el tiempo como límite, y con el instante detenido.

El tiempo limita todo, pero no mide la vida, es el vivir la vida la que mide el tiempo. Circulamos a velocidad de vértigo entre millones y millones de instantes, que solo se detienen cuando nuestros cincos sentidos se ponen en marcha simultáneamente, muchas veces de forma inconsciente. La vida a vista de pájaro, una melodía del pasado, una mañana que sabe a verano, la brisa en tu piel, el mar en tu respiración … Y sí, parece que la vida dura más tiempo. 


2.5.21

"...Hoy es siempre todavía..."



Cuando el maestro afirmó que hoy es siempre todavía nos legó la verdad más irrenunciable, la enseñanza que contiene todas las enseñanzas: la vida no está en el ayer ni en el mañana ni siquiera en el hoy, está en el todavía. Porque hoy sólo será para siempre si es todavía; y siempre sin hoy es una cáscara hueca en donde sólo cabe la eternidad. Para llegar a ser vida, hoy y siempre se necesitan todavía.

26.4.21

Burbujas muertas





 Fotografía de Ana Grazhdankina


La vida es una burbuja que siempre acaba explotando. Hay vidas que ni siquiera llegan a ser burbuja, vidas que desde el principio se enfrentan al aire sin una fina coraza de cristal líquido. Pero hoy no quiero hablar de las vidas sin burbujas. Voy a hablar de burbujas pinchadas, de burbujas muertas. ¿Qué es lo que hace que la burbuja explote?: La conciencia. Es la realidad quien precipita lo inevitable pero es la conciencia quien ejecuta. Un día, cuando tienes quince años, mientras intentas conciliar el sueño, un pensamiento sobre la muerte te asalta, te coge desprevenida y te aterra. Entonces piensas: seré tonta, cómo puedo preocuparme por la muerte teniendo quince años, ya me preocuparé cuando tenga ochenta. Lo fiamos todo a una eternidad ficticia. Entonces el temor a la muerte nos abandona y nuestra burbuja adolescente permanece intacta, invencible. Llegan los 40 años y el pensamiento que tuviste hace veinticinco años vuelve a visitarte, pero esta vez con tanta fuerza que hace que te incorpores de un salto de la cama; gotas de sudor frío acarician tus sienes. Voy a dejar de existir, piensas, me voy a perder en la nada. La perspectiva del "no ser" se te hace insoportable, te cuesta respirar, quieres gritar pero sabes que no debes despertar al silencio. Otro pensamiento, como cuando eras un adolescente, corre presto a socorrerte del pensamiento de la muerte: ya me preocuparé cuando tenga ochenta años. Sin embargo, aunque el pensamiento es el mismo, hay sutiles diferencias: la burbuja ahora está algo erosionada aunque, afortunadamente, ha aguantado el envite. Durante unos pocos minutos has adquirido conciencia de tu caducidad, te has asomado al abismo del que sólo estás separada por la salud, la suerte y los años. El abismo te engullirá cuando cualquiera de esos tres muros se derrumbe. Eres finita. Es terrible. No hay burbuja que no se resienta con tamaña evidencia. A pesar de ello, la burbuja aún no se ha evaporado, todavía rodea tu cuerpo vistiéndote con ese matiz de ingenuidad que tanto necesita la felicidad. No has depositado tu esperanza, como hace más de dos décadas, en la eternidad imaginaría; esta sólo existe en la juventud porque la juventud es eterna. Sin embargo, te has dado una tregua, un respiro: ochenta años, razonas, no son una eternidad… pero casi. Sé que llegarán, sé que el tiempo pasa cada vez más rápido, no obstante me queda margen. Llegan los sesenta años y el proceso se repite y la burbuja se ve aún más dañada: no sólo soy mortal sino que me veo separada de la muerte por una distancia ridícula, siniestra, reflexionas. ¿Qué diferencia veinte años de veinte segundos? No sabrías dar una respuesta inequívoca a una pregunta con una respuesta tan inequívoca. El margen es pequeño, sí, pero existe, debes agarrarte a eso. Sientes como un minúsculo círculo de aire penetra en la burbuja, la burbuja no explota sino que se deshincha progresivamente. Es cuestión de tiempo. Desde el principio todo era cuestión de tiempo. Llegan los ochentas años. ¿Y ahora qué? No sólo la conciencia reflexiva, introspectiva, puede arrebatarte tu armadura invisible. La conciencia de los otros (la otredad) es igualmente dañina. Un día te dicen que menganito o menganita, a quien tú tanto quieres o quisiste, tiene un cáncer incurable. Lo ves claro: es tan sólo cuestión de tiempo que me ocurra. Otra vez el tiempo. Otra vez la muerte. Otra vez una realidad que te sobrepasa. Otra vez una burbuja desangrándose. Martin Amis decía que es la muerte de los otros la que nos mata. Cuando tenga ochenta años… Cuando nos decimos esto no sólo intentamos que los pensamientos de la muerte se pierdan en el tiempo. También nos intentamos convencer de que a esa edad asumiremos la muerte, la aceptaremos como un hecho lógico adherido a la vejez, no resultará terrible, en definitiva, no nos importará demasiado morirnos. Tremenda equivocación. No comprendemos que ante la muerte todos somos niños, que la edad no implica aceptación, que la muerte es un hecho inasumible: podemos resignarnos, sentirnos atraídos, incluso podemos desearlo… pero nunca asumirlo. Puede ser a los ochenta, a los sesenta, a los diez o a los ciento quince años: la burbuja siempre se acaba rompiendo. Ya no podemos ignorarla: debemos mirar a la muerte a los ojos y sostener la mirada, debemos afrontarla. Se puede afrontar de muchas maneras, desde el empeño racional, desde la fe, etc. Es horrible pero es necesario. No puedes actuar como si la burbuja te envolviese, ya no está. No puedes intentar ignorarla porque entonces el único camino es la desesperación, la indefensión más absoluta. Sin burbuja, sólo hay dos caminos: afrontamiento o desesperación. Sin burbuja siempre queda una certeza: el peso espantoso de aquello que no hiciste. Toda vida, por muy feliz que sea, al final siempre se ve invadida, impregnada, por la muerte y su estela. La muerte, ya sea la nuestra o la de los otros, hace que toda vida sea irremediablemente trágica.

Dedicado a las burbujas vivas


9.2.21

El club de los solitarios

 

El mundo está lleno de gente solitaria que no da el primer paso. 

No sé dónde lo he leído o escuchado, pero esta tarde, una tarde de reencuentro, me ha hecho pensar. Pensar que el miedo y la soledad se relacionan de manera íntima. Los días llenos de ausencia engendran fantasmas, temores espectrales que se infiltran en la vida hasta detenerla. Entonces todo se reduce a no salir de ese refugio que has construido sobre las ruinas de ti mismo, en el que nunca te sientes perdido porque no tienes adonde ir. Sí, muchos están solos contra su voluntad porque el miedo les impide dar ese primer paso; sin embargo, a mí los que realmente me conmueven son los que están solos porque les da miedo no estarlo: los que se queman asomándose al infierno que son los otros, los que aún no han podido comprender que lo mejor de uno mismo son las personas que quieres. 










18.1.21

UN FRÍO 18 DE ENERO

 


“Cuando vuelvo la vista atrás, veo que todos esos años se han combinado para hacerme una persona capaz de sentir la felicidad, y humildemente creo que hasta de derramarla en un círculo muy íntimo.

(“Nada”. Carmen Laforet)

 





El mundo es un libro, y aquellos que no viajan sólo leen una página, sentenciaba San Agustín. Yo tenía el propósito que hacer varios viajes todos los años (cuantos más mejor) y sobre todo celebrar cada 18 de enero en una hermosa ciudad del mundo. Primero fue Estambul y hace un año, tal día como hoy, fue Milán. Por entonces se pensaba que el Covid era algo exclusivo de la China, que le había tocado la ídem por comer animales exóticos y que solo afectaría a ese inmenso y lejano país. Hoy sabemos que en aquellas precisas fechas el virus había viajado de incógnito desde Bujan y se esparcía sigilosamente por todo el mundo, siendo Milán uno de los primeros lugares en aterrizar. Ajena a todo aquello, aquél 18 de enero, en Milán, yo me sentía feliz al olvidar la progresiva y aplastante sensación de envejecer en la que inevitablemente te sumerges en cada cumpleaños a partir de los cuarenta (¿verdad Lobezno?) o desde el momento en que comprendes que la vida es un tesoro almacenado que no deja de crecer y expandirse inversamente a su fecha de caducidad.

Si la búsqueda de la belleza hace del mundo nuestro hogar, yo encontré ese hogar esa fría mañana en Milán, con los primeros rayos de sol, caminando sobre las piedras milenarias de la azotea del Duomo, absorta en la inmensa belleza del colosal espectáculo del bosque de pináculos erguidos sobre la ciudad, cortando el aire como flechas en el cielo. Acaso Leonardo, inspirado en aquel lugar escribiera la famosa frase: fija tu rumbo a una estrella y podrás navegar a través de cualquier tormenta. Sólo un año después, viajar por placer es poner rumbo a ninguna parte contra las olas de una tormenta que golpea al mundo y se complace en borrar del mapa cualquier destino. ¿Quién nos iba a decir que nuestras indescriptibles vidas darían un vuelco así? ¿Quién nos iba a decir que nuestra inmensa suerte sería esquivar un virus mortal? Esas preguntas y otras que no tienen respuesta son las que trazan las fronteras de nuestra existencia.  

Porque vivir es un acontecimiento maravilloso, hoy he de celebrar un año más, lo celebro con un brillo de orgullo y fragilidad en los ojos, lo celebro con el imprescindible frío del champagne y con el calor de los recuerdos de otros cumpleaños. Lo celebro pensando en la gente que quise, que quiero y que me quiere. 

Y sobre todo lo celebro con un nuevo propósito para el resto de mi vida: vivir más despacio y responder a Luis Cernuda cuando preguntaba. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un día? 


23.12.20

Gacelas en la isla que siempre tiembla



A ti, que te gustaba mi forma de escribir



Hoy he recordado una historia que sucedió en aquellos tiempos remotos y prepandémicos en los que viajaba y he pensado que quizás merecía la pena contarla, aportando mi granito de arena al saber popular, demostrando que aquel dicho entrañablemente racista “te han engañado como a un chino” es perfectamente equivalente a la expresión “te han engañado como a un turista”.

Las geishas y las maikos (aprendices de geishas) existen. Como especie a extinguir, van quedando pocas, cada vez menos. La mayoría viven en Kioto, sobre todo en una de las calles principales del barrio de Guion, de cuyo nombre no me acuerdo. Los turistas (aleccionados por los guías turísticos) llegan allí al anochecer que es cuando, si hay suerte, se deja ver alguna geisha: siempre de paso, nunca paseando. La persecución fotográfica de la geisha es lo más parecido a una cacería incruenta, un safari implacable que hace de las geishas gacelas que, con la cabeza baja y un caminar apresurado, avivan las ansias depredadoras de los turistas, obsesionados con inmortalizarlas con sus cámaras y móviles. Puedo asegurar que no es una invención. Hablo con la autoridad moral que confiere ser una cazadora cazada: primero fui una guiri a la caza de la geisha y después fui una geisha cazada por unos guiris.

Había ido a Japón en un viaje organizado, para conocer una cultura fascinante por sus contrastes, la única motivación posible para moverme a un país tan lejano en el que nadie habla inglés. El idioma es una barrera infranqueable y con mímica no puedes recorrer la pequeña isla que siempre tiembla. El grupo con el que viajaba estaba conformado mayoritariamente por jóvenes parejas de recién casados, atraídas por la cultura del Manga y de las tecnologías de última generación. Adentrarse en el país del sol naciente supone viajar a un futuro no distante: las televisiones, videojuegos, consolas etc., que allí te encuentras son las que se venden en España como la más moderna tecnología un par de años más tarde. No obstante, siendo inmune a los encantos de las maravillas electrónicas, uno de mis grandes objetivos al ir allí era disfrazarme de geisha. Sé que parece una excentricidad, una impresión que no se verá refutada si admito que lo decidí un día comiendo un arroz negro, pero esa es otra historia que ya he contado (y que muy pocos conocen). Antes de emprender el viaje supe que algunas japonesas instruidas y amantes de las tradiciones de su país celebran el inicio de su vida universitaria disfrazándose de geishas como tributo a sus ancestros, un icono genuino del país nipón. Para llevar a cabo esta noble tarea acuden a unos establecimientos que se dedican exclusivamente a alquilar kimonos antiquísimos y otras prendas confeccionadas con valiosas sedas, que conforman la complicada y prolija vestimenta de una geisha; allí también las maquillan y les hacen las fotografías de rigor para el recuerdo.

La primera tarde que pasé en Kioto fui a Guion a pasear por sus calles y, por qué no decirlo, a acometer la caza de la geisha, apenas conseguí hacer alguna y pronto se puso a jarrear con tanta fuerza que me tuve que marchar. Al día siguiente volví a Guion, pero ahora con otra determinación: sería yo la que me convertiría en una geisha. Tras un largo rato de infructuosa búsqueda, cansada de no encontrar el establecimiento donde obraban la transformación, harta que nadie me diera razón (porque allí nadie hablaba inglés) y a punto de desistir, apareció ante mi vista lo que tanto anhelaba. Entonces comprendí que todo está escrito. Una vez dentro del inmueble, una destartalada casa de varios pisos repleta de habitaciones y roperos, tampoco puede llevar a cabo la metamorfosis porque sólo hablaban japonés y me resultaba imposible hacerme entender con gestos. Quiso la casualidad (o alguna deidad oriental) que en ese momento entrase en la tienda una chica argentina que llevaba varios años viviendo en el país con una beca y se manejaba con el japonés. Ella actuó de intérprete y me hizo saber que el precio del alquiler de un kimono dependía de su antigüedad. Me decidí por un kimono que costaba unos 300 euros e incluía en el precio el resto del atuendo, las getas (vaya nombrecito), el maquillaje, una peluca y un paseo de 15 minutos por la calle, acompañada de una especie de venerable guardiana –cuya presencia trataba de inhibir la tentación de salir corriendo y robar los valiosos ropajes–. Parecía (y era) un precio desorbitado, como suele ser habitual en los caprichos extravagantes, pero ni mucho menos era el más caro, todo dependía, como ya he contado, de la antigüedad y del bordado del kimono; entre su catálogo se podían encontrar auténticas obras de arte.

Al fin pude saber qué siente una geisha al enfundarse en un traje semejante. Sólo puedo decir una cosa: es impresionantemente incómodo. Vestirse es toda una ceremonia que dura entre media hora y cuarenta y cinco minutos, pues todo se hace lentamente y con la imprescindible ayuda de una asistente experimentada. Me sentía como una cebolla bajo capas de diversas prendas, hasta que me apretaron una especie de corsé de un fino cartón que apenas me dejaba respirar y me sentí la señorita Escarlata de “Lo que el viento se llevó”. Al fin, completada la transformación y tras las fotos preceptivas, me lancé a la calle acompañada (a una distancia prudencial) de una venerable anciana que tenía más años que un bosque. No me importaba, yo no tenía necesidad (ni podía) aligerar el paso subida en unas getas con unos calcetines blancos a modo de mitones. Paseando por las estrechas calles bajo los faroles me sentía la protagonista de una película (que debería de titular “La risa nipona”), una actriz caracterizada de geisha (el hábito no hace al monje) que transitaba por un escenario real. Avisté el final de una de las calles cuando, de repente, apareció un grupo de turistas que se acercaron raudos hacía mí. Escuché impasible sus comentarios: “mira, esta no se esconde”, “a esta que va despistada podemos hacerle las fotos que queramos”… Ningún guiri había estado tan cerca de una geisha en su puñetera vida. Me pidieron que posara con ellos para salir todos en la foto. Yo, metida en el papel, guardaba un recatado silencio, no gesticulaba, me mantenía impecablemente hierática, hasta que uno dijo: ¡cuando enseñe las fotos en Sevilla no se lo van a creer! Entonces no pude reprimir un ataque de risa. Se quedaron petrificados, mirándome expectantes y escrutándome para comprender el motivo de mi hilaridad descontrolada. No me quedó más remedio que romper el hechizo: “Lo siento, acaban de hacerse fotos con una geisha de Murcia”. Comenzamos a hablar y aceptaron muy bien la broma. Tenían tanta guasa que se pusieron a hacer cola para hacerse más fotos de cerca, ya que nadie en Andalucía ni en el resto del mundo podría descubrir que no era una auténtica geisha.

Días después, durante un transbordo en un barco a la isla de…. nos juntaron a varios grupos de turistas, seríamos unas 200 personas, aproximadamente; en mitad de la travesía se me acercó un señor al que no había visto jamás y me dijo: “¿Usted es la geisha que estaba el otro día en una calle de Guion haciéndose fotos con unos turistas?” Yo le respondí: “Pues sí, ¿cómo puede saber que era yo? Es imposible que me reconozca”.  

Y él me respondió: “No la he reconocido por su cara: la he reconocido por su risa”.




Las verdaderas (mis fotos)












La impostada, jeje






18.4.20

El otro lado del espejo



Mi corazón espera 
también, hacia la luz y hacia la vida, 
que llegue la primavera 








Es un día luminoso y frío de abril, los relojes dan las trece… Me asomo a la ventana a recibir el sol y a respirar, no hay humo ni contaminación, mecido tímidamente en el viento me llega el olor al azahar de esta primavera extraña. Muchas mañanas me despierto tarde, como si hubiera vuelto a mi primera juventud (cuando madrugar era un suplicio) como si las hormonas del tiempo me hubieran regresado a mis mejores años. Nada más abrir los ojos no puedo evitar girar el cuello y fijar la vista en el despertador repitiendo la sensación de estar sumergida en la lenta monotonía de un bucle en el que sé de antemano lo que va a pasar, el mismo tiempo y el mismo lugar, como le pasaba a Bill Murray en el día de la marmota. Nunca había escuchado tan nítido el canto de los pájaros en la ciudad, creo que les damos pena, los hombres tampoco estamos hechos para vivir enjaulados. Por la carretera pasa un camión militar, también pasa una chica joven empujando un carrito de la compra, lleva una mascarilla que tapa su boca y nariz y aun así se ve que es preciosa ¿Cómo se llamará? tiene aspecto de llamarse Ana Karenina, pero quien atrae mi mirada es un hombre a paso rápido y decidido, como si fuera un peregrino por el Camino de Santiago, tiene aspecto de llamarse Ernst Hemingway. Desde una ventana del vecindario sale la voz de Sabina preguntando: “Quién me ha robado el mes de abril” ... la canción no podía venir más a propósito. Recibo un whassap que me saca de mis pensamientos, le contesto: 
no hay mucho que contar 
es (otro) día de malas noticias, de encierro
me duelen los huesos de no moverme 
estoy más indignada que desanimada 
-Me responde animándome a escribir, sabe cómo hacerlo: 
escribe, puedes sacar a la luz tu indignación,
decir basta y disentir en el modo de proceder de unos ineptos es un grito de libertad
y eso también es… un instante de belleza. 

Voy a cometer la temeridad de hacerlo, después de mucho tiempo. Bueno, creo que ya lo estoy haciendo. 

 “Era un día luminoso y frío de abril, los relojes daban las trece…” Así comienza la novela de ciencia ficción de George Orwel “1984” Lo que voy a resumir brevemente supera la ficción orwelliana. Me permitiré las metáforas porque nunca he sabido escribir sin ellas y porque me gustan, pero quiero dejar claro que los hechos narrados son fieles a la realidad como es fácil comprobar. La historia de esta catástrofe humana comienza así: un chino en China una buena mañana se come un murciélago (por simplificar) y al poco tiempo se declara la epidemia del siglo XXI y mueren miles de personas en el mundo. Son exterminados por un trozo de ADN, nombre científico Covid-19 Coronavirus. No es un organismo vivo, como muchos piensan, es una molécula de proteína envuelta por una capa de lípido (grasa) que al ser absorbidas por las células de la mucosa humana mutan su código genético y se convierten en células agresoras y multiplicadoras. Su imparable expansión genera cifras exponenciales; entre contagiados y muertos se supera el millón. Los recursos sanitarios escasean hasta hacerse necesario decidir quién tiene más oportunidades de vivir. Casi siempre son los ancianos los que pierden la partida, muchos aparecen muertos en sus residencias: “La UME halló este sábado once cadáveres en una residencia de ancianos en la localidad de…”. reza uno de tantos luctuosos y tremendos titulares. 

La realidad de esta fábula macabra ha superado tanto lo imaginable que los límites entre la vida y la imaginación son difusos; un estornudo es un proyectil letal, envuelta en un beso puedes recibir una sentencia de muerte… Como Alicia en el país de las Maravillas hemos atravesado el espejo para llegar al país de lo inaudito, donde un palacio de hielo se transforma en una morgue, un hotel en un hospital, un hospital en un campo de batalla, y se lucha contra un enemigo invisible, que en realidad es débil pues se desintegra entre pompas de jabón… Lo que salva es quedarse en casa, sólo podemos recluirnos y esperar… que no es poco. Muchas cosas importantes han dejado de serlo, somos sombras que añoran el final del túnel, mientras que la tenue luz que se cuela por las rendijas, como en la caverna platónica, proyecta sombras de gigantes. Son la resistencia. Unidos pero no escondidos, en primera línea, llevan guantes y mascarillas por armas, batas y bolsas de plástico por escudos. También hay otras sombras pequeñas, dramáticamente mediocres y vacilantes, entregadas al equivocado propósito de la supervivencia política. No pondré nombres a sus rostros, no es necesario, pues las caretas caen por sí solas como cae la fruta madura. Qué difícil es intentar comprender por qué atravesamos el espejo cuando se veía lo que había tras él, bastaba con mirar a los chinos y a los vecinos… ¿Cuánto va a durar la vida al otro lado del espejo, qué va a pasar después? 

 “Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado”. Así termina la visionaria novela de Orwell… Cierro la ventana, me meto en casa, tengo frío... dos lágrimas resbalan por mi mejilla, me conmueve pensar que un día (al fin) dejaremos de escuchar la vieja y machacona melodía de que resistiremos para seguir viviendo, y que ese día la única perfección lograda será saber que al otro lado del espejo existe un sufrimiento más desgarrador que la muerte: despedirse de la vida de la forma más triste y sobrecogedora posible, en la suprema soledad, sin un último beso, sin un último adiós. 

 A ellos

14.11.19

Otoño en Sinaia


"La ninfa Eranz esparcía el noviembre otoñoso, los gráciles movimientos acompañaban las formas de su silueta. Bajo sus pies, una hermosa danza se escucha bajo el crepitar de las hojas marchitas, hojas áureas y rojas, decadencia de otra hermosura, otra estación que reclama su retorno. 
Eranz se acerca con sigilo, con poco ruido, pues no quiere despertar al duro y frío invierno, ni quiere que Bóreas le susurre al oído, solo quiere perpetuar el estallido de color, de igual forma que los mortales observan la lencería del alma de una diosa".

(Tan bonito comentario merece salir del anonimato)


Fui a Sinaia (Rumanía) a una boda y me encontré el Otoño. Un otoño como nunca había visto otro.
































1.10.19

Laissez passer



Tallin (Estonia)






Riga (Letonia)




Vilnius (Lituania)




Franfurt


Colonia















El día de mi cumpleaños, en Estambul, pensé que este blog había llegado a su fin. Pero no era el fruto de una decisión o de un acto volitivo sino de un pensamiento más simple y trivial como es el dejar pasar las cosas (y con ellas el blog). “Laissez faire, laissez passer (me encantaba esa vieja expresión cuando era estudiante): Dejar que la vida siga su curso para que las cosas pasen.

Puede que las cosas no pasen pero el tiempo sí, y no puedes darle la espalda, a lo sumo ponerte de perfil y de puntilla y ver qué pasa. Eso es: ver qué pasa. Acaso el tiempo es el embrujo entreverado de sí mismo y haciendo acopio de propias e inauditas ilusiones querrías detenerlo (al menos unos instantes) capturando en tus retinas improntas perdidas en el infinitas posibilidades de espacio y tiempo. De este pensamiento nace mi pasión por viajar y fiel a ella sigo tan viajera como siempre. 

Recientemente he caminado por el reino de los antiguos Caballeros Teutónicos, donde la historia escrita figura con mayúsculas, he paseado por la elegante Riga y la señorial Tallin, y he admirado la sideral Catedral de Colonia, tan cerca de las estrellas y epítome de las descomunales proezas del Arte.

Así qué fácil es dejar que la vida siga su curso para que las cosas pasen.
.

17.1.19

Delicias turcas



Contempló por un momento las luces múltiples de los barcos y su irrefrenable anhelo de viajar le estalló en el pecho como un profundo suspiro: - ¡Dios mío! ¡Qué magnífico estar en alguno de esos barcos, cruzar los mares, descubrir otras playas, ver otros mundos...!







Lloré como una magdalena viendo Bohemian Rhapsody. Más allá de su valor cinematográfico, la película me llegó. Creo que antes de estrenarla tuvo malas críticas, los sesudos críticos también se equivocan porque a la gente le encanta la película y ha causado mucho impacto. Soy una gran fan de Freddy Mercury, tenía tanto talento… Son genios que nacen con un talento que les desborda, no saben cómo manejarlo y al final se convierten en grandes solitarios. Pero ¿quién es capaz de no ser como es y de no sentir lo que siente? Hoy leía unas palabras de Bruce Springteen, otro (posiblemente) gran solitario, que decía: “He llegado a una edad en que la vida deja de brindarte cosas; ahora te las arrebata” En otro momento no habría dado mayor importancia a esa frase pero, próxima a cuplir años, me hace pensar: ¿Cuándo llega esa edad? Siempre pendientes del tenue hilo del azar, un día eres joven y al siguiente te miras al espejo y… Qué duda cabe, el tiempo es el gran oxidador de la existencia. Con los años nos convertimos en personas diferentes a las que creíamos ser y levantamos un muro invisible para que no nos hagan daño, o tal vez para intentar preservar aquello que un día nos inundó de luz y alegría, antes de que el tiempo lo disuelva del todo. 

Verano, una tarde de esas que parece no haber aire, el mar; unos nubarrones negros, como grandes bajeles del cielo, y sobre ellos una pequeña nube blanca con forma de flecha, un trazo en el cielo que parece indicar una dirección. La evolución de esa nube en el firmamento, rápida y precisa, en flecha, me hizo pensar que la vida es ir en alguna dirección y deseé que mi próxima dirección fuese Estabul. No tengo la sabiduría suficiente para comprender esa extraña (y excéntrica) asociación de ideas. Desde ese momento he querido ir allí, a respirar su luz; todo ese paisaje ante mí y maravillarme contemplando el peso y el paso de los años, reflejados en su Historia.

Un año, doce meses, sólo es una medida de tiempo, como podría ser otra medida cualquiera o llamarse con otro nombre. Me gustaría que un año fueran 365 meses y no doce, así tardaríamos mucho en hacernos mayores, y se atrasaría ese momento en el que la vida te empieza a arrebatar cosas. Cuando las hojas del calendario marquen el 18 de enero, me gustaría estar en el remoto Bizancio, antigua Constantinopla, nombres desvaídos de una ciudad donde complejas y sofisticadas cultura dejaron el legado de su poso en todo, navegar por el Bósforo, el lugar en el que sobrenada anclada la vida que han vertido los siglos, y cumplir un año más con los ojos ávidos de una niña que lo mira todo nuevo.