Hay historias que viven mejor en ese territorio extraño donde casi podrían hacerse reales pero nunca terminan de tocar el suelo. Tal vez porque, en cuanto lo hacen, dejan de pertenecer a la imaginación y empiezan a obedecer a la vida, que casi siempre es más pequeña.
Y allí
estaba yo en Logroño caminando por calles que tú también habías pisado,
respirando el mismo aire, cruzando quizá las mismas esquinas sin saber si unas
horas antes o después tú habías pasado por allí. Era absurdo y emocionante a la
vez. Como si aquella historia escrita hace años en un blog hubiese decidido
salir de la pantalla para quedarse flotando sobre la ciudad.
Y la verdad
es que pensé en llamarte, pero no lo hice. Creo que buscarte habría sido romper
algo. Hay historias que solo conservan su belleza mientras permanecen en el
territorio de lo imposible.
Mientras me
comía aquellos champiñones con gambas en aquella barra diminuta de la Laurel,
pensé que menos mal que no vivía en Logroño porque esos champiñones tenían
pinta de convertirse en una adicción bastante seria. El padre y el hijo hacían
solo eso, como si llevasen toda la vida defendiendo una única receta, y yo
sonreía pensando: «imagínate que el hijo fueras tú». Incluso terminé
encontrándoos un cierto parecido. Y mientras el camarero me servía aquellos
champiñones imaginé que pensaría: «¿Y esta mujer por qué me mira tanto?». Qué iba a saber él toda la historia que bullía
en silencio dentro de mi cabeza.
Tú estabas
allí y no estabas. Porque al final nunca se trató de encontrarnos de verdad. Ni
de comprobar nada. Ni siquiera de saber si el tiempo había sido amable o cruel
con nosotros.
Era extraño
sentir que existía alguien que un día entró en aquel Mundo de Solos y, casi sin
darse cuenta, empezó a habitar un poco conmigo lo que escribía, como si entre
todas aquellas palabras dispersas se escondieran las variables de una ecuación
irresoluble: la vida misma, y aun así intentásemos resolverla sabiendo que era
imposible,
Y ahora creo que entiendo algo. Hay personas que no llegan a nuestra vida para ocuparla sino para expandirla. Para demostrar que la realidad, a veces, puede acercarse muchísimo a la ficción sin destruirla del todo. Y quizá, como hacen los sueños para no morir del todo, nos quedará esperar otro cumpleaños para volver a desearnos la felicidad. Seguir ahí, en silencio, viviendo cada uno su vida, pero conservando intacto ese pequeño lugar imposible donde tú y yo existimos de otra manera. Una anomalía hermosa dentro de las matemáticas del mundo. Porque quizá haya cosas que nunca llegan a suceder y aun así existen con una precisión incontestable.

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