Cuánta más belleza, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.

19 septiembre 2018




Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.


Ya sabemos que el viaje es más importante que el destino, pero en este caso no vale la metáfora, cualquier cosa que ocurra en el transcurso de once horas en un avión de Madrid a San José de Costa Rica (el camino es largo sin necesidad de pedirlo) sólo puede ser anecdótico: lo importante es el destino. A los lestrigones los localicé cuando salí a (intentar) pescar en el Pacífico. Nunca había visto tanta vida sobre la superficie del mar: peces voladores, peces vela, tortugas solitarias, otras apareándose de forma delirante (lo hacen durante más de veinte horas), y las temidas y repulsivas serpientes marinas a las que identifico con los temibles lestrigones del poema. No existen bichos más espeluznantes, menos mal que el salvaje Poseidón tuvo el detalle de estar tranquilo, posiblemente adormecido por la tibieza de las sorprendentemente cálidas aguas del océano. No conseguí ver ningún Cíclope, pero sí algunos pajarracos de aspecto prehistórico. 
El pobre infeliz se debió asustar (y aún más) que yo al oír mis gritos cuando cometió la osadía de acercarse al barco. 



Conocer otros lugares, culturas muy ricas y otras formas de vida te ensanchan el horizonte y dejas de pensar que eres el ombligo del mundo. También sé que los viajes son para hacerlos, no para contarlos, que la vida es para vivirla no para esperarla, que trasladar emociones al papel en cierto sentido supone desprenderse de ellas, pero a pesar de estas sesudas conclusiones, me dispongo a contar mis primeras impresiones y experiencias: las ventanas mentales, visuales y psicológicas que Costa Rica me ha abierto
Le comento a un amigo que los recuerdos de mis viajes permanecen impolutos y lo que vi nunca se borró de mis retinas a lo que me responde preguntándome si acaso será que los alojamos en otra parte de la memoria a mejor resguardo. Creo que tiene razón, acaso los alojamos en el lugar en el que conservamos esa bondadosa mirada infantil libre de prejuicios, esa preciosa sensación de infancia de creer que el mundo es un lugar mejor, porque diga lo que diga el poema, a los lestrigones, los cíclopes y al temible Poseidón todos los llevamos dentro.




09 agosto 2018

El kilómetro sentimental



“Hay aire y sol, hay nubes. Allá arriba un cielo azul y detrás de él tal vez haya canciones; tal vez mejores voces...Hay esperanza, en suma. Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar.”
Juan Rulfo (Pedro Páramo)



"Hay esperanza para nosotros, contra nuestro pesar" ¡Qué gran frase! En última instancia, y desde una perspectiva puramente matemática, ese nosotros significa que somos más de uno, contra nuestro pesar. Nuestro "nosotros" lo conforman sólo aquellos a quien sentimos cercanos (y queremos), aunque estén a cientos de kilométros. ¿Por qué pienso en ello, mientras veo la sección de sucesos de un informativo de televisión?

Recuerdo bien aquel domingo. Como tantos otros, tras pasar la tarde con mi madre y caer la noche, acompañé a mi hermana a pasear a sus dos perros. Los llevamos a un enorme jardín, poblado de hermosos árboles y palmeras esbeltas, y frecuentado por numerosos perros con sus respectivos paseadores. Mi hermana siempre se hacía cargo del más grande y fuerte y yo del otro que también es fuerte pero está ciego. Me resulta difícil conducirlo porque aunque lo llevo atado corto a la correa, el perro no ve nada y si lo dejo ir a su aire tropieza con todo. Me distraje un momento mirando las copas de los árboles, cuando el perro olisqueó a otro perro que pasaba cerca y, repentinamente, se lanzó hacia él, no pude sujetarlo y se dio una piña tremenda en la cara contra un árbol que sonó hueco. El corazón me dio un vuelco, pocas veces he sentido más compasión. Una compasión impregnada en mi memoria de tal modo que cuando recuerdo aquel golpe seco y los aullidos de dolor del perro se me saltan las lágrimas.

Uno de los grandes misterios del corazón humano reside en los mecanismos de la compasión. Diariamente el televisor escupe tragedias que empequeñecen a la imaginación, desgracias que derretirían el infierno; y solemos observarlas con la cómoda frialdad del psicópata, raramente un suceso o imagen consiguen rescatarnos de la indiferencia. Algunos lo llaman "kilómetro sentimental", teorizan que sólo sentimos empatía hacía aquello que sentimos cercano, sólo compadecemos a las víctimas que podemos identificar con un "nosotros" en contraposición con un "ellos". Hay una visión incluso más pesimista: mientras una tragedia cualquiera (individual o colectiva) no nos ataña y nos sintamos seguros, nuestra pena siempre será efímera e insincera. Entonces yo me pregunto: ¿De dónde surge esa anestesia despiadada que nos inmuniza ante el dolor del mundo y, en cambio, no es capaz de insensibilizarnos ante algunos hechos triviales? ¿Qué es esa fuerza emocional (que no racional) que consigue provocar terremotos sentimentales a partir de sucesos anecdóticos y se desentiende de los sustanciales?

¿Por qué no hay guerra, o catástrofe que consiga conmoverme como la imagen del coscorrón de un perrito ciego?







09 julio 2018



Otra vez verano, pronto (en septiembre) la emoción de hacer la maleta y salir de casa a buscar ese lugar, ese horizonte, ese cielo, esa luz distinta, esos pájaros, sobre todo esos pájaros (creo que Costa Rica es el lugar con más especies); llegar a un lugar en el que te va a gustar sentirte extraña, creer que todo es tuyo: el tiempo, el mundo…
Es un lunes por la noche de julio, leo poemas. La receta para escribir un poema es sencilla: el corazón carga munición, el cerebro lo depura y ahí está. Sin embargo, pocas cosas me parecen más difíciles que escribir una buena poesía. Esta que transcribo a continuación me abruma por su sencillez. No cuenta nada nuevo; sin embargo, la forma de contarlo, hace que sea especial y nos deje ese regusto que tiene el infinito poder del amor.

Vamos a suponer que digo verano,
escribo la palabra colibrí,
la meto en un sobre
y la llevo colina abajo
hasta el buzón. Cuando abras
la carta te acordarás
de aquellos días y lo mucho
lo muchísimo que te quiero


Ésta sería mi versión:

Vamos a suponer que digo verano
escribo la palabra gorrión…

05 junio 2018

La noche en su insondable seno


“Y solo de tan frágil materia está hecha la vida: de imposibles recuperaciones, de imposibles regresos y de imposibles comienzos.”

 (Ana María Matute)






Creo que fue John Lennon el que dijo que la vida es eso que pasa mientras nosotros hacemos planes. Todos tenemos alguna cosa en la vida pasada que volveríamos a repetir con los ojos cerrados. Si tuviera que elegir una sola de ellas, sin duda, sería el primer beso. Un beso brutal, irrepetible y tardío como corresponde a un chico tímido y acomplejado por unas hormonas en plena ebullición. Lo cuento, situémonos: yo iba a veranear a Islantilla al chalet de mis abuelos y ella era mi vecina. Me gustaba todo en ella (su cuerpo, su forma de estar, su naturalidad, su sencillez, su estrella) pero no tenía mayores esperanzas, tan sólo éramos amigos, quizás por el hecho de que la dejaban llegar tarde a su casa si yo la acompañaba. 

Era la hora de la siesta de un día tórrido, un viento abrasador como un siroco del desierto lamía cada rincón de aquella pequeña población. Fui a recoger mi bicicleta que estaba apoyada en los setos que separaban los jardines de nuestras casas, miré hacia su ventana abierta y vi que daba a otra ventana interior desde la que se divisaba un patio, cuando (para mi sorpresa) vi que ella se estaba duchando. La observé en plena desnudez, sobrecogido, sus largas piernas acompañaban estupendamente al resto de su anatomía que aderezaba con su carita de adolescente. Me escondí entre las ramas, boquiabierto, ante la delectación de contemplar un cuerpo tan bello. Tenía la sensación de que estaba ante algo sobrenatural. 

Por la noche, al salir del cine, marchamos hacia la playa buscando un respiro al intenso y pegajoso calor de aquel día. La noche era espléndida, recuerdo que el mar era un cristal negro, en completa calma. Nos sentamos sobre la arena, metimos los pies en el agua, y ante la visión de aquella negrura insondable comencé a hablarle de la materia oscura: Nunca se ha visto ni detectado pero teorías apuntan a su existencia y se estima que representa un veintisiete por ciento de cuanto hay en el Universo. Por entonces me empezaba interesar la astrofísica pero en ese momento para mí había más presencia de la física y de la química que de los astros y sudaba como un condenado recordando el agua resbalando entre sus muslos. Sin pensármelo mucho, le confesé que durante aquella siesta la había visto desnuda. Me había tirado a la piscina y tocaba comprobar si tenía agua aunque no esperaba una mala reacción por su parte, por si acaso me disculpé por no haber resistido al impulso de espiarla (largamente, debo añadir) y para que mis disculpas pareciesen más creíbles me arrodillé con la mano en el corazón haciendo el ademán de pedir perdón. Entonces ella, se arrodilló graciosamente frente a mí me dijo que no pasaba nada, que agradecía mi sinceridad, me sonrió y deslizó su camiseta por su cuerpo separándose de ella, me acercó su cara y me invitó a besarla. Nunca había besado a una mujer. Alguien ha dicho que todo debe tener su ritmo; que lo que no se mueve se fosiliza y que las palabras no siempre son el mejor nexo para prolongar lo inexplicable… Sus labios eran una quimera idealizada, no pude evitar fundirme en ellos y besarlos ansiosamente. Eran sumamente deliciosos y tiernos. Le metí la lengua en la boca, estableciendo una soldadura universal. 

Lentamente ella fue apartando sus labios de los míos, recuerdo que los perseguía como un bobo con la boca abierta. Laura, que era el nombre de aquella criatura adorable, sonrió, cada sonrisa era presagio de algo nuevo en dirección desconocida; cogió mi mano izquierda y la posó sobre su seno mientras me preguntaba con una desenvoltura insólita si me había gustado lo que había visto a través de su ventana. Por su tono no supe distinguir si la pregunta estaba envuelta en un hálito de lujuria o de sutil lascivia. Me quedé estupefacto, era la primera vez que mi mano, tosca pero calibrada, sentía el seno de una mujer y era algo mucho más bello de lo que jamás supuse. Tenía sus ojos miel, dulces y perspicaces, fijos en mí, verlos era una delicia, pero tuve que cerrar los míos para concentrarme en sentir la tersura y calidez de su seno, el tacto de su areola. No sé cuánto tiempo pasó hasta que abrí los ojos para ver si todo aquello era verdad, sí, allí estaba mi mano sosteniendo su pecho. Era algo precioso. Demasiado hermoso. Ella cogió mi mano derecha y la posó en su otro pecho y, de nuevo, tuve que cerrar los ojos. Yo tenía 16 años y estaba flotando, el corazón acelerado, el pulso descontrolado, la respiración desquiciada… tanto que no me quedó más remedio que acercar su senos en mis mejillas, lo necesitaba; necesitaba su protección, su calidez; sentirme arropado por ellos. Ella me acogió, segura de sí. Aquella noche acaricié sus senos hasta el infinito a la luz la tenue luz del reflejo de la luna en el agua. 

Había de olvidar muchos recuerdos en mi vida pero no el de aquella visión, no aquél primer beso, no aquellos senos firmes y tersos del jardín de mis delicias. Todos tenemos en nuestras vidas algo que volveríamos a repetir, con los ojos cerrados. Sobre todo con los ojos cerrados.




11 mayo 2018

Series


Decía Oscar Wilde que '”el amor propio es el inicio de un cariño que dura toda la vida”. No sé si el aforismo es también aplicable al amor por las series de televisión, y si puede durar toda la vida. Desde hace tiempo y hasta hoy soy seriéfila, disfruto viendo series, siempre que sean buenas, y he visto tantas que, por fuerza, muchas se han debido borrar del disco duro de mi memoria y otras son recuerdos difusos como nebulosas, para que sólo permanezcan las buenas, las que merecen ser recordadas. A la hora de analizar por qué me aficioné a las series sé que tuvo mucho que ver un hecho fundamental: encontrar en mi camino a “Los Soprano”, su tremenda superioridad la convirtieron en mi serie favorita de todos los tiempos. Luego llegaría la serie de Larry David ¡cuánto echo de menos su humor ácido y surrealista! Me divertía tanto que, puede sonar exagerado, pero la vi en un momento de naufragio en mi vida y me ayudó a salir a flote, a recuperar mi sentido del humor y las ganas de reír. 

Los Soprano, Senfied y Larry David son las más grandes series, a mi parecer. Después están todas las demás. Algunas no las puede terminar (en este momento recuerdo Vikingos, Grace and Frankie, Los Borgia...), otras las visioné hasta el final aunque me resultaran prescindibles (sigo recordando: Perdidos, Ozark, Bloodline, Boston Legal, Orange is the new black, Ray Donovan, This is us, Supervivientes, The Sinners, Los Tudor, Episodes, The Good Fight, Sucesor Designado…), algunas me entretuvieron (Nurse Jackie, The Lefovers, Better called Saul, Fargo, El Abogado, Big Little Líes, Les Revenants –que me dio mucho miedo-, Roma, Juego de Tronos, The good wife, Narcos, Borgen, Downtown Abby, Boardwalk Empire...), podría recordar algunas más que me entusiasmaron: True Detective, Urgencias , Breakin Bad, Mad Men, House of Cards, Bron (el Puente), Homeland, Fraser, Rectify, …, hasta llegar a Trasparent, mi serie de culto, con el inefable y grotesco protagonista: Jeffry Tambor, no puedo perdonarle que se dedicase a acosar a señoras en Wollywood, no volverá a trabajar en mucho tiempo, acaso nunca, no habrán nuevas temporadas supongo, pues el eje de la serie es él y su y asombroso y transversal personaje, aunque he de reconocer que casi todos los miembros de su familia judía me resultaban igualmente hipnóticos. Recientemente he disfrutado con “Homeland”, ‘Manhunt: Unabomber’. Comencé a ver “Gomorra”, la abandoné a los pocos capítulos, me parecía un ladrillo, pero las críticas eran tan buenas que lo volví a intentar y esta vez sí, pasados los primeros capítulos, me enganché. No la he disfrutado porque está infectada de violencia pero es una buena serie, no parece italiana, jeje. Hay series de éxito que odio cordialmente. Odio (y he vetado) algunas tan aclamadas como: Friends, Modern Family, Sexo en Nueva York y hacer esta revelación, sin más filtros, sobre todo en lo que respecta a Friends es cometer un sacrilegio. ¡Qué voy a hacer si sólo me gustan las series que me puedo creer, aunque sean tan irreales como Juego de Tronos!
En fin, me estoy dispersando, en realidad quería hablar de la serie Larry David (en inglés “Curb your Enthusiams”), lo que me resulta imposible sin hablar de la otra gran serie: Senfield. ¿Qué relación tienen estas series entre sí? Mucha. Para empezar, Larry David (cómico, actor, director, prologuista y genio) es el creador y guionista de Senfield, con ella se hizo famoso y multimillonario ¿Quién no ha visto algún capítulo de Senfield? El humor de Larry David ya estaba en Selfield, Larry David es una serie a partir de Senfield, mismo humor; si ves Senfield ves el mismo tipo de humor que en Larry... Senfield para mí es una obra de arte, y recomiendo verla entera por dos motivos: por sus conexiones asombrosas, a lo mejor una cosa que es una chorrada que salió en la primera temporada, después aparece en otra temporada y ves que está todo maravillosamente hilado y al final todo adquiere una globalidad que la hace increíble Y en primer lugar porque en sus tres primeras temporadas es una serie entretenida, pero tampoco es nada del otro mundo, pero a partir de la cuarta temporada (tiene nueve) cada episodio es un acontecimiento, una pieza maestra. 

Volviendo a Larry David, esa hilaridad, esa forma de reír por dentro, de regocijarte por fuera, no la he tenido ni siquiera con Woody Allen. ¿Cuál es el misterio? Creo que es su egoísmo (infantil), su absurdo, su antisentimentalismo. Larry es el antisentimentalismo, te ríes cuando ves que la encantadora y maravillosa mujer de Larry David se separa de él y a Larry le importa tres pitos, y te ríes viendo la escena causante de que su mujer le deje: ella va en un avión y, creyendo que va a estrellarse por culpa una fuerte tormenta eléctrica, trata de hablar con Larry por teléfono para despedirse de él, pero a éste lo que le preocupa es que en ese momento ha llegado a su casa un operario a ponerle la televisión por cable y le dice tranquilamente a su mujer que le tiene que colgar. Contado así no tiene ninguna gracia pero Larry hace que la tenga y que sus manías y despropósitos resulten verdaderamente divertidos. ¿Por qué? Porque el maniático, intransigente e insoportable Larry es una persona sin filtros. Sólo él es capaz de renunciar a una maravillosa noche de sexo por culpa de la huella que ha dejado un vaso en una mesa, y si un amigo lo invita a la fiesta de cumpleaños de su hijo, Larry le dirá que no irá porque la fiesta le parece una gilipollez. Tú, a lo mejor, en tu vida diaria irías a la fiesta o le pondrías una excusa a tu amigo, pero Larry dice lo que en un momento dado pensamos todos. Porque Larry es como todos somos en el fondo pero como no nos atrevemos a mostrar. Todos tenemos una parte de Larry sólo que él lo muestra con total despreocupación. 

Cuando estuve en Los Ángeles pensaba que me lo iba a encontrar por allí de paseo, o dándose de bastonazos con alguien. Llegas a creer que es un personaje real, y es tan genial que se inventó a sí mismo. Me parecía imposible que muchas de las series que había visto y me había creído se fabricasen allí. Dicen que en Hollywood sólo hay dos actividades: tumbarse en la arena a contemplar las estrellas o tumbarse en las estrellas a contemplar la arena. Queda claro que también puedes contemplar las estrellas tumbada en el sofá de tu casa, y nunca estarás más cerca de Hollywood. De paso, puedes ir pensando cuál será la próxima serie que vas a ver (posiblemente El cuento de la criada), pues las series al igual que en la vida conviene elegir bien.







05 febrero 2018

El brillo de un sueño





    (Campoamor, febrero 2018) 


Seguía tus pasos sobre unas tablas de madera, me fijé bien y pude ver entre sus grietas unas olas gigantes que formaban ondulaciones que nunca rompían, eran tan transparentes y cristalinas que se podía atisbar la profundidad del fondo marino. Caminábamos conversando en animada charla, atravesando lugares irreales de una belleza extraordinaria; era como pasear dentro de un cuadro de Van Gohg. Era un extraño viaje, de esas raras ocasiones en que te sientes protagonista de un protagonismo conjunto alegre y fuertemente compartido. El paisaje se fue difuminando y aparecimos sobre una montaña, a un lado el mar, al otro un valle verde. Te decidiste por el valle y bajaste hacia él sentada sobre una peligrosa pared completamente vertical, como quien se tira por un tobogán. Levantaste tu mano para decirme adiós. 

No necesito ser Freud para saber que aparecías en mis sueños para no olvidarte, para saber que las olas representan Campoamor, donde charlamos por última vez viendo el mar, que los paisajes de Van Gohg eran… la vida, una vida que parecía decir que lo más valioso no es lo que tenemos sino a quién tenemos. Fue un sueño desconcertante, te soñé con la fuerza de una realidad superior, y la debilidad de sospechar que se trataba de un sueño. Me desperté asombrada pues (casi) nunca recuerdo lo que sueño, nunca con tanta nitidez y detalle, mucho menos un sueño en el que la reflexión fluye entre los pliegues del recuerdo y las capas más profundas del subconsciente. Era muy temprano y me levanté para ver amanecer, un horizonte en llamaradas se fundía en las nubes de plomo como un lienzo complejo, fantasía pura, como mi sueño. 

La vida es ese instante de consciencia que transcurre entre los dos grandes misterios, lo que hay antes de la vida y lo que hay después de la muerte. Sí, debe ser ese instante de conciencia tan insignificante y mágico como el primer beso. “Lego la nada a nadie”, escribió Borges, sabedor de que incluso la inmortalidad acabará muriendo, de que somos microscópicas motas de polvo en el calendario cósmico. Porque esas leyes sin tiempo también están sometidas al tiempo, esa monstruosa flecha cuya estela arroja infinitos ciclos que acaban evaporándose como un sueño al despertar. ¿Y a dónde se dirige la flecha? ¿Proseguirá su absurdo y recto viaje hacia el horizonte eterno? ¿O el algún momento del camino se curvará para formar el gran círculo imperecedero? En realidad, ésta es una forma muy pomposa de preguntar lo esencial, tan esencial que no sólo atañe al tiempo y al universo, sino también al amor, al placer, al dolor, a la experiencia, a los sentimientos, a los sueños y a los recuerdos, en definitiva, a nuestra vida y a todas las vidas.

13 diciembre 2017

El gran enigma del mundo





En el vuelo del pájaro descansa toda la sabiduría de la naturaleza, nada representa mejor a la vida que su trascendental viaje a ninguna parte. Las aves se alejan escurriéndose entre los barrotes azules del cielo hacia su destino que es el horizonte, de la misma manera que nuestros días, propulsados por la flecha del tiempo, se dirigen al olvido. En esa determinación inquebrantable y absurda reside el gran enigma del mundo. Y el pájaro, con la imponente autoridad del que nunca buscó una respuesta, prosigue su vuelo, sabiendo que lo único que verdaderamente importa es ser libre en la reducida jaula de su existencia.




20 noviembre 2017

En mitad del invierno encontré en mí un verano invencible (Albert Camus)


A Ben



                                   Abadía de Fontfroide, Francia (2 de noviembre 2017)



Aprovechemos el otoño
antes de que el invierno nos escombre
entremos a codazos en la franja del sol
y admiremos a los pájaros que emigran


ahora que calienta el corazón
aunque sea de a ratos y de a poco
pensemos y sintamos todavía
con el viejo cariño que nos queda


aprovechemos el otoño
antes de que el futuro se congele
y no haya sitio para la belleza
porque el futuro se nos vuelve escarcha


(Mario Benedetti)



28 octubre 2017

Un instante de belleza petrificado en la retina




Transcurre
tu vida igual que ayer, común y cotidiana.
"Un día más", te dices. Y de pronto,
se desata una luz poderosísima
en tu interior, y dejas de ser el hombre que eras
hace sólo un momento. El mundo, ahora,
es para ti distinto. Se dilata
mágicamente el tiempo, como en aquellos días
tan largos de la infancia, y respiras al margen
de su oscuro fluir y de su daño.
Praderas del presente, por las que vagas libre
de cuidados y culpas. Una acuidad insólita
te habita el ser: todo está claro, todo
ocupa su lugar, todo coincide, y tú,
sin lucha, lo comprendes.
Tal vez dura
un instante el milagro; después las cosas vuelven
a ser como eran antes de que esa luz te diera
tanta verdad, tanta misericordia.
Mas te sientes conforme, limpio, feliz, salvado,
lleno de gratitud…

(Eloy Sánchez Rosillo)




Decía Oscar Wilde que se puede pasar toda la vida sin vivir y que, de repente, toda tu vida se concentre en un instante. De esa eternidad del instante surge un recuerdo soterrado de hace millones de años: yo tendría unos dieciséis, estaba de viaje de estudios en Salamanca cuando conocí en la Plaza Mayor a un americano de Cincinnati (Ohio), que había venido a España a estudiar castellano. Lo denominaré novio (es importante aclarar este matiz) porque me pidió ser my boyfriend y cuando vino a Murcia a verme, subió a casa, le presenté a mis padres, a mis hermanos y creo que hasta mi abuela, y nos cocinó un bizcocho de chocolate. Ahora pienso que nunca he sentido la curiosidad por saber qué habrá sido de su vida ni se me ha ocurrido buscarlo en Facebook; en realidad no me gusta saber de las personas a quienes mi memoria borró por generación espontánea, dicho de otro modo: por el mero transcurso del tiempo, ni tampoco a las que olvidé por voluntad propia y por necesidad, dicho de otro modo: por el mero transcurso del tiempo. El tiempo ni espera ni perdona. Hay una tercera categoría: las personas inolvidables, las que tienen un sitio en mi corazón y en mi vida que nadie podrá ocupar ¡Dios, qué tristeza!…. Estaba pensando en ti... Expresar lo que siento escapa a los límites de mi lenguaje; te recordaré cada día de mi vida. Descansa en paz, mi queridísima amiga. 


Recuerdo como si fuese ayer la tarde que el americano me relató la conmoción que experimentó cuando vio por primera vez el Grand Canyon. La abrumadora visión del Gran Cañón lo dejó trastornado, confuso, con taquicardia, luego supe que debió de sufrir el síndrome de Stendhal.  He de decir que quedé tan impresionada por la portentosa sensibilidad del americano que creo que en ese momento me enamoré de él (el amor sucede, no lo escoges), pero el enamoramiento apenas duró, para no pecar de imprecisa fue cosa de un mes, coincidiendo con el breve espacio de tiempo que tardó en volver a su país. Nunca pensé que muchos años después tendría ocasión de pisar aquellos lugares y comprobar in situ si exageró o si, por el contrario, yo también sería capaz de experimentar un trance similar o algo remotamente parecido. 

El Gran Cañón es un Parque Nacional explotado turísticamente por una reserva de indios de Arizona mediante una concesión. Un autobús te transporta de un extremo otro a los diferentes miradores del inmenso parque. También lo puedes contemplar sobrevolándolo en avioneta o adentrarte en helicóptero, pero yo escogí verlo desde la tierra, tal y como lo vieron sus primeros habitantes; los indios, que lo consideraban –con toda razón- un lugar sagrado. 


Hay sitios en los que la Naturaleza ha creado tal belleza que es imposible no caer rendida ante ella, aunque no hace falta irse a Arizona, todo sea dicho. No, no sufrí el Stendhal pero inmediatamente comenzaron a manifestarse en mí los síntomas de un vértigo horríbilis al aproximarme al precipicio o, por ver simplemente a la gente cerca del borde, agravado todo ello por mi acrofobia: me temblaban las piernas y me dió algún que otro escalofrío. 




No se entiende que los dueños del Parque (Patrimonio de la Humanidad) no hayan puesto alguna valla protectora (al menos en los miradores que visité) para que la gente no se despeñe; un traspiés, una caída allí es muerte segura. Por lo visto los indios prefieren conservarlo tal cual para no restar un ápice de emoción a la poderosa sensación de peligro. 


Pero, más allá del temblor de piernas, mi mente quedó vacía y la retina llena de sustanciales y perdurables maravillas: pura plasticidad en esencia. Millones de años (unos dos mil millones) duermen allí su sueño. No es un paisaje bucólico, es misterioso, y sobre todo salvaje. ¡Lo que es capaz de hacer el cauce de un río en la roca! Si el vértigo no te lo impide y consigues asomarte lo suficiente verás el río Colorado, una serpenteante cinta de color rojo fango, de ahí el nombre, deslizarse sinuoso por la profunda garganta rocosa. 

Un cóndor pasa, cruza el horizonte, la elegancia y naturalidad de su vuelo me distrae del ensimismamiento en el abismo de colores cambiantes en la gama de tonalidades tierra, fuego y oro. Mientras mis recuerdos de la adolescencia y el americano se desvanecen en el infinito rememoro una canción de aquellos años: el cóndor pasa, de Simon & Garfunkel, claro. 

Preferiría ser un gorrión que un caracol.
Sí, lo haría.
Si pudiera,
Seguramente lo haría.




He leído que cuando conectas con la Naturaleza te descubres a ti misma, y tomas conciencia de tu insignificancia… Lo que descubrí, ahora lo sé bien, fue un paisaje mítico en mi memoria, en un momento de mi vida que jamás esperé. Estaba ante la extrema exhibición de la fuerza de la naturaleza, y su descarnada desnudez hacía que no tuviese que bucear en las formas que ha esculpido caprichosamente la naturaleza para extractar su belleza y misterio. La belleza me apasiona, mas no es solo algo que me apasiona. No experimenté el síndrome de Stendhal.

Pero me sentí llena de gratitud







12 septiembre 2017

L.A. Confidential


“Mi pequeño mundo se ensanchaba y las fotografías de vacaciones contribuyeron a ese fin.”
Cartier Bresson


No puedes pretender la cuadratura del círculo y que tras recorrer más de 20.000 Km. en el aire (más de veinte interminables horas metida en un avión) y 3.000 Km. por carretera entre ida, circuito y vuelta, no tengas que lidiar con un cansancio sideral potenciado por un yet lag atroz. Como decía mi padre: la vida del turista es muy dura, más no importa, viajar es una pasión, conocer la Costa Oeste de Estados Unidos un privilegio.




Los Ángeles (LA), ciudad fundada por españoles con poco premonitorio nombre de Pueblo de, Ntra. Sra. Reina de los Ángeles, era lugar ineludible en la ruta por la Costa Oeste americana y punto de llegada y partida de los vuelos con España, pero no era una ciudad que deseara conocer, por lo que el espacio que le voy a dedicar será breve. LA es sencillamente tremenda, cabría decir que mastodóntica (con una extensión 1.500 Km2 y un perímetro de más de 500 Km. es la segunda ciudad más grande de los EE.UU), diseminada, con muchos entornos distintos (las colinas, el valle, la playa) pero sin zonas “céntricas”, sin vida, si exceptuamos una pequeña zona de rascacielos: el Downtown. Debido a su inmensidad, LA me pareció un barrio gigantesco y me preguntaba, vale ¿y ahora, dónde queda la ciudad?; una ciudad inhabitable según el concepto urbano de la vieja Europa, anónima, anodina, impersonal; no vi más que una multitud de casas, innumerables barrios e inmensas avenidas en las que el tráfico es un infierno y donde la gente (que no sabe lo que es pasear) coge el coche hasta para ir al servicio. No me pareció que hubiese lugares demasiado interesantes, a excepción de los museos, algunos rascacielos imponentes, las palmeras y la playa de Santa Mónica (de la que hablaré en otro momento). En la gran metrópoli todo gira en torno al cine y a la televisión: actores, anuncios, lugares e historias, que –para mi gusto- no superan el plano de la anécdota, acaso porque soy poco mitómana. Las distancias (mi hotel en el céntrico Downtown quedaba a 19 Km. del céntrico Hollywood Boulevard) aconsejaban conocerla en el autobús –turístico- que también te acerca a la playa de Santa Mónica: Aquí estudió el actor fulano, en este hotel se conocieron el director de cine mengano y el actor zutano e hicieron la película perengana (el Hotel Four Season, el director: Quentin Tarantino, el actor: John Travolta, la película: Pulp Fiction) en este Hotel vivió Marylin Monroe y en aquella casa la encontraron muerta, a este lado está la tienda de diseñadora tal, hija del Beattle cual, al otro lado el restaurante donde se comió una hamburguesa Brad Pitt, en aquél club tocaban The Doors cuando no eran conocidos, allá, el Ayuntamiento, les sonará si vieron la película de Spiderman, aquí están los estudios de la tal, más allá  los de cual, en frente la comisaría de policía d Beverly Hills, allí las famosas letras blancas de Hollywood que en principio fueron el anuncio de una urbanización, y bla bla bla… Así todo.




















A esta foto la llamo Red Room, es el pasillo del Hotel de LA en el que me alojé, se llama Millenium (en su interior se rodaron Vertigo, New York, New York, King Kong, Los cazafantasmas, El guardaespaldas, Independence day, etc) pero a mí ese pasillo me recordaba la terrorífica película “El resplandor”,… en cualquier momento podrían aparecer las gemelas.









Si vas a los Ángeles, es obligado visitar la explanada del Teatro Chino Grasman, una espectacular sala de cine donde se celebran fastuosos estrenos y todo un icono de Hollywood desde que fue inaugurada en los años veinte. Cuentan que una actriz, de cuyo nombre no puedo acordarme ahora, durante un estreno tuvo la feliz metedura de pata (literal) de pisar el cemento fresco que había a la entrada del teatro (es tontería preguntarse por qué había cemento fresco, jeje) lo que proporcionó la idea a su dueño de que los grandes astros de Hollywood plasmaran sus huellas en la explanada, convirtiendo el lugar en un foco de atracción de turistas y amantes del cine. Junto al Chino, está el teatro Dolby (antes llamado Kodac), en el que se entregan los Oscar de la Academia, y justo delante, en Hollywood Boulevard, se encuentra el Paseo de la Fama de Hollywood, las losas están sembradas de estrellas de famosos, lo que explica que Donald Trump también tenga la suya (no por ser el presidente, claro) sino por algún tema relacionado con su contribución a la televisión.  








Esta imagen me devuelve el recuerdo del momento en el que comprobé, con sorpresa y alegría que Meryl Streep y yo tenemos las manos idénticas (en tamaño) así como los pies (me descalcé y los puse sobre su huella, calza un 40, jajaja, tampoco ella es Cenicienta)… Algunas personas despiertan en ti la admiración, el talento de esta mujer la despertó en mí viéndola dar vida a personajes espléndidos con portentosa naturalidad. Sin duda es una de mis actrices favoritas de toda la historia del cine, me fascina cada vez que vuelvo a verla en una de sus películas, es como si fuera la primera vez, y confieso que también me fascina particular fisonomía y su forma de sonreír. Su delicada mezcla de fuerza y fragilidad siempre me han hecho sentir una cierta conexión con ella que me resulta difícil de precisar, incluso me decían que teníamos un cierto aire o parecido.

Tuve la osadía de medirme con mi estrella favorita, y fue un gustazo comprobar que sí, que tenían razón, que nos parecemos: ¡En las palmas de las manos y las plantas de los pies!  

04 septiembre 2017

HORIZONTES SALVAJES EN EL SUAVE VERANO



Y cada verano
que entres en el océano
me disfrazaré de ola
y te daré un revolcón.
Y así que ya sabes
que todo el resto del año
eclipsaré tus secretos
como astuto cazador


(Mari Trini)


Y llega ese ansiado primer día de vacaciones. Estás tumbada en decúbito supino, entretenida en divisar un trozo de cielo bajo una sombrilla de paja, cierras un ojo: sombrilla, abres el otro: cielo, abres los dos: sombrilla y cielo y vuelta a empezar… Entornas los párpados y ves a Morfeo bajarse de una nube antropomórfica, que pasaba lejana, y acercarse a ti para mecerte en sus brazos. Escuchas absorta el rumor de las olas que se revuelcan lujuriosas en la arena recordando la letra de la canción de tu paisana. Es la hora de la siesta, has buscado el lugar más alejado de la gente, y los más cercanos también dormitan en sus respectivas tumbonas. Sientes la caricia de una brisa cálida y una sensación de anestesia fulminante: duermes plácidamente. Eso creías hasta que unas voces cada vez más estridentes se enzarzan en animado parloteo. Se hallan justo detrás de ti. Venciendo una infinita pereza te das la vuelta para otear de dónde proceden los horrísonos graznidos de las cacatúas. Confirmas: son dos inglesas las encargadas de destrozar la magia de la siesta playera. Para colmo la conversación va in crescendo. Tímidamente te incorporas de la tumbona haciéndoles ver que estás allí y que deberían de dar por finalizado semejante dislate o al menos bajar la voz. Te concentras en el sonido del agua que te calma, pero es inútil…Te levantas de nuevo, te das la vuelta y las fulminas con la mirada, pero ni te miran y siguen impasibles en animada charla. ¡Viva el brexit!, piensas mientras te desesperas. Al rato, ya sin poder contener tu irritación te pones de pie, te tapas los oídos en un gesto significativo y acto seguido pones el dedo índice sobre tus labios pidiendo silencio con un sonoro: Pssssssssssssssss, y lo repites: Psssssssssssssssss, Please, Pssssssssssss… Las cacatúas se tornan definitivamente tus enemigas y te miran con la misma expresión de inquina con la que tú las miras, y en ese preciso instante… en ese instante, te das cuenta de que eres una botella de gaseosa, has acumulado tanta presión que si te agitas un poco más te van a salir burbujas por las orejas. Acaso el problema seas tú, estás demasiado irascible, that is the question, repasas en tu olvidado inglés. Al fin callan. Respiras profundamente.

En breve tú también te vas a ir con la música a otra parte, a California y, al menos, deberías responder a esta pregunta: ¿Qué se te ha perdido en Estados Unidos? Nada, no se te ha perdido nada en un país donde el presidente se pasea con un gato albino sobre la cabeza. Con su maravilloso sentido del humor Eduardo Mendoza decía que aspiraba a lo mismo que don Alonso Quijano: correr mundo, tener amores imposibles y deshacer entuertos. Yo también aspiro a correr mundo, sobre todo a correr mundo, ese mundo grande incierto e inseguro que solemos señalar en el mapa a larguísima e inequívoca distancia de nuestro terruño. Esta vez no ha sido la inspiración de un arroz negro (como cuando fui a Japón) ni la vieja y deliciosa canción “California Dream”, en realidad no ha existido un motivo inspirador, ese material con que se forjan los sueños, tan sólo ese deseo quijotesco de ver mundo, reafirmado hasta el infinito y más allá por la futilidad de dejar pasar oportunidades que mañana, quizás pasado, pueden desvanecerse ante una desafortunada casualidad, un suceso de cualquier índole; el no estar en condiciones, una enfermedad… Puede que el mañana nos traiga eso que dicen; “lo mejor está por venir”, ahora bien, también puede ser que mañana un rayo te parta la vida a traición truncando tus proyectos y aquello que dejaste para mañana... Amigos me lo han recordado; mi querido compañero y, sin embargo, amigo XX, sufría paradas cardiacas sin saberlo sin apenas percibir más que una fugaz pérdida de conciencia. Ahora lleva  un marcapasos, de no haber detectado el problema a tiempo una de esas paradas le habría causado una muerte súbita. Mi queridísima, mi mejor amiga, XY, se debate contra una agresiva y descorazonadora enfermedad cuyo tratamiento es igualmente agresivo. Sólo me permitieron visitarla en el Hospital unos minutos, antes de irme de viaje. 
 
Me dejaré deslumbrar por los Estados Unidos, California: San Francisco, Yosemite, Mono Lake, Las Vegas, Death Valley, Grand Canyon, Los Ángeles, Santa Mónica. Cuando vuelva de Estados Unidos escribiré mis impresiones personales e intransferibles, me apetece hacerlo, llevaba tiempo sin ganas de escribir pero siempre que vuelvo de un viaje siento que ya no soy la misma.


Ya he vuelvo, jajajajaja

15 junio 2017

Siempre me quedará volver a París



Cuenta Juan Eslava Galán en su libro Historia de España que cuando Alfonso XIII se marchó al exilio, embarcando en Cartagena rumbo a Marsella, se debió sentir deprimido y solo, porque antes de desembarcar “en el muelle de la Jolliete confió su desencanto al comandante porque con los tempranos horarios franceses ya habrían cerrado las casas de putas”. Me parece una anécdota brutal, jeje. En Francia no acabaron con las monarquías mediante las urnas sino con una revolución que acuñó la frase más bonita de la Historia, a la par que utópica: Libertad, igualdad y fraternidad. Una vez me preguntaron cuál era mi acontecimiento histórico favorito, no tuve que pensar y contesté con un convencimiento que pocas veces he tenido: la Revolución Francesa. Será que, como Antonio Machado, llevo en mis venas sangre jacobina, no me imagino en la corte del Rey Sol y sí tomando la Bastilla al grito de libertad, igualdad y fraternidad, aunque al final todo desbarrancase, pese a que su sustento ideológico fuese un pensamiento tan elevado como el de la Ilustración.

París era una asignatura pendiente, un proyecto siempre aplazado hasta esta primavera que decidí no dejar pasar más tiempo. A París se llega volando en menos de dos horas, pero yo puedo decir que también llegué corriendo: Ocho de junio, vuelo Valencia París a las 12.35, me dispongo a facturar la maleta (odio llevar equipaje de cabina) en el mostrador de Transavia, me piden el DNI y me dicen que no puedo viajar, que tengo el DNI caducado.

-Oh, por Dios, no puede ser ¿Cuánto tiempo está caducado? ¿Qué puedo hacer?

-Lo tiene caducado desde el 18 de abril… ¿Lleva el pasaporte?

-No, me lo he dejado en casa, en Murcia. ¿Qué puedo hacer? (insisto)

Respuesta de la empleada: Sólo puede hacer una cosa: Renovarse el DNI. Me quedo mirándola, con estupor ante la obviedad de la respuesta y me pregunto si me lo dice con ironía, pero añade: Aquí, cerca del aeropuerto hay un pueblo, Quart de Poblet, que tiene una comisaría de policía donde podría renovarse el DNI. No sería el primer caso pero tiene que darse prisa, el embarque es en 35 minutos. 

La misión se torna imposible pero decido intentarlo, nunca he corrido más en mi vida: Un taxi me lleva a la comisaría de Quart, ¡me hago la foto que necesito para renovar el DNI en un estudio del pueblo!, vuelvo a la comisaría con la foto, renuevo el DNI con toda su parafernalia (huella dactilar etc.), regreso al aeropuerto, facturo la maleta justo cuando cierran el mostrador, paso el control de policía (es lento porque delante de mi va un individuo de raza árabe al que le hacen abrir la maleta y lo registran de arriba abajo), y… consigo subir al avión. No me lo puedo creer, debería escribir al libro Guiness para comunicar mi record. Está claro que el destino marca las casualidades, sus secuencias y consecuencias dan vida a una acción. Estaba escrito que tenía que subir a ese avión y volar a París.




Me encantó visitar la Plaza de los Vosgos, donde nació Richelieu, la misma en la que está una de las casas en las que vivió Víctor Hugo. El escritor era un ídolo de masas en Francia, uno de esos personajes que en vida tienen una calle con su nombre, y se da la paradoja de que el escritor vivió en su propia calle y recibía las cartas con el siguiente membrete:
Monsieur Víctor Hugo
Rue de Víctor Hugo
París 



Me encantó estar frente a la tumba de Voltaire (en el Panteón) y ver la cómica sombra de su estatua 




Me encantaron las gárgolas de Notre Dame, que por lo demás considero una catedral sobrevalorada, con sus dos torres desmochadas a medio acabar. Las he visto mucho más hermosas. 




Me encantó el Art Noveau francés







y estar en tantos lugares que rezumaban historia y Arte













Y la Saint Chapelle con sus vidrieras prodigiosas






Y algunas obras de Arte que alberga el Petit Palais









Me encantó la inscripción con grandes letras doradas en un museo de Trocadero: En estos muros dedicados a las maravillas se acogen y conservan las obras de la mano prodigiosa del artista igual y rival del pensamiento. Uno no es nada sin el otro”




Me encantó la brisa de junio saludando el atardecer sobre la Torre Eiffel.







Me encantó el encanto de París. Pocas cosas como París en primavera y la luz que la envuelve.

Londres, Berlín, Amsterdam, Roma… sí, pero no. París se ve, se siente y hasta se respira.

Siempre me quedará (volver) a París