Cuánta más belleza, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.

22 enero 2017

18 enero, 2017



PD. Ante todo: Muchas gracias Lobezno por tu adorable regalo, siempre esperado con ilusión e impaciencia. Como los colecciono, ya está en el lugar cómplice, donde las sirenas. Siento no haber podido darte las gracias hasta hoy: mil gracias multiplicadas por infinito!


Amanezco en Madrid por causa del trabajo. ¡En Murcia está nevando! Comienzo a recibir whassaps con felicitaciones y con fotografías y vídeos que envían de todos lados para avisarme que me estoy perdiendo un acontecimiento histórico. La nieve en la ciudad se percibe como un espectáculo insólito y mágico. La gente está eufórica, sale a la calle y se hacen fotos para inmortalizar algo que permanecerá inmarcesible en su memoria. Entorno los ojos intentando enfocar el recuerdo de cómo era ver nevar en Murcia y tengo que retroceder, ni más ni menos, que treinta y cinco años atrás: la nieve ha cuajado en el suelo y desde el piso 14 del edificio veo a las monjas salir al jardín del convento cubierto bajo un espeso manto de nieve: saltan, se tiran bolas de nieve y corren con sus hábitos alados como palomas negras sobre un mar blanco. Habría de olvidar muchos recuerdos en mi vida pero no el de aquella visión felliniana. Esa visión me hace que pegue los ojos al cristal y mire hacia la calle durante un buen rato; es Madrid, una calle cualquiera, no nieva, es un día frío y radiante. Se me hace tarde, tengo que darme prisa.





Llego tarde al lugar del trabajo: un inmenso escaparate del mundo globalizado y feria de vanidades: políticos, acompañantes y otros tunantes (me ha salido un pareado), algunos currantes: profesionales, azafatas, periodistas, comerciales, empresarios y negociantes. Y yo.  Pero el día no podría comenzar mejor: un regalo inesperado acompañado de un maravilloso reencuentro me compensa de no estar disfrutando de estar en Murcia viendo nevar.

Entrada la noche, de vuelta al hotel veo que sobre el escritorio han dejado una deliciosa tarta de chocolate con una vela y una nota del hotel escrita en letras mayúsculas que dice: “Estimada señora X todo el equipo del hotel X le deseamos un excelente cumpleaños! Esperamos que disfrute de este pequeño detalle” Es tremendo hasta qué punto te fichan desde el momento en que haces el cheking y das tu DNI en la recepción, pero sí que es un detalle y no me he resistido a enceder la vela dispuesta a cantarme el "cumpleaños feliz"




Sola, sentada sobre la cama frente a la tarta, con la mirada fija en la llamita, incapaz de una cosa tan simple como apartar los ojos de ella, he perdido el miedo a tener esa sensación de soledad infinita que me oprime el pecho cuando tengo un breve episodio de lucidez temeraria, y pienso: ¿Qué tienes hoy que no tenías ayer ni tendrás mañana? Presente. Lo único tangible. El tiempo no tiene vuelta de hoja porque no tiene libro de reclamaciones, si las tuviera, haría balance y pediría que no me hubieran hecho daño.

El día resulto ser una amalgama de acontecimientos maravillosos y lo que siempre ansío: instantes de belleza que se me revelan como pirotécnica silenciosa pero cegadora. 
  
Habré de olvidar muchas cosas en mi vida pero no este 18 de enero y no porque nevase en Murcia sino por aquellas tímidas palabras, ajenas a cualquier vestidura emocional, idealizadas, perdidas en el suave aroma de mares de porcelana.

Con los ojos alegres, una lágrima se desliza por mi mejilla y, con la mirada fija en la llamita, incapaz de apartar los ojos de ella, asiento en silencio: cumpleaños, feliz. 

02 enero 2017

Nuevo año y un gorrión




Porque no puede caber más grandeza en un cuerpo tan pequeño. Porque es una de las criaturas más hermosas e increíbles que ha dado la Naturaleza. Porque parece inmune a las trampas del corazón. Porque vuela en una sola dirección: hacia delante. Porque acaso se preste a ello, o qué se yo, pero me quedo mirando esta fotografía y pienso que “hoy es siempre todavía”.

02 diciembre 2016

El tirachinas humano









Y, si reía,
él le daba la luna…

(Fito Páez)


Muchas mañanas, casi todas; esas mañanas eternamente repetidas de los funcionarios (y que no son patrimonio exclusivo de la novela “La Colmena” de Camilo José Cela) mientras leo el periódico y me tomo un café cortadito, me propongo desde mi atalaya -en la mesa del fondo-  no fijarme más en él, pero cuando noto su presencia, no puedo evitar la pulsión de levantar la vista ante la inenarrable visión de los tirantes de un tipo que toma un café madrugador apostado en la barra de la pastelería. Siempre lleva una misteriosa mochila y un periódico bajo el brazo, que nunca lee, mientras los demás andamos como buitres al acecho para hacernos con uno de los diarios que el establecimiento pone a disposición de los clientes. No habría reparado en él si no fuese porque coincidimos a la misma hora en el mismo lugar, y por la incomprensible antipatía que siento hacia él. Bueno, en realidad me resulta indiferente, la antipatía es más una cuestión estética: me ponen nerviosa esos tirantes exhibidos a modo de enorme tirachinas, y también su descomunal tupé canoso. No se pueden combinar las nobles y distinguidas canas con un tupé hortera de los años ochenta, y tampoco se deberían utilizar los prácticos tirantes sobre la ropa como simple elemento decorativo. Lo llevaba pensando tiempo, intrigada por su trabajo, y si éste pudiese tener relación con los tirantes, la mochila y el tupé y, al fin, esta mañana decidí seguirlo. Salí tras él presurosa, pero me vi en serias dificultades para que no advirtiese mi persecución; primero se paró ante un escaparate de ropa de señoras a observar un chaquetón, yo también me paré frente a un escaparate cercano desde el que un adorable oso de peluche me decía: “quiero ir contigo”, ni de coña; los ositos, aparentemente entrañables y bonachones, me entristecen. Luego, el hombre de los tirantes, como si supiese que lo estaba siguiendo, hizo varias maniobras de despiste y aligeró tanto el paso que lo perdí al cruzar un semáforo. Otra vez será, me dije, o nunca, pues no me importaba a dónde se dirigía, en realidad sólo sentía una curiosidad estulta de saber algo más sobre unos tirantes andantes portados por un tupé de fiebre del sábado noche y edad indefinible. El hombre de los tirantes tiene aspecto de llamarse Liborio, pero también podría llamarse Ambrosio o Longinos. ¿Por qué? No sé, esta cuestión pertenece al siempre fascinante e inasible universo freudiano. Sumergida en tan trascendentales pensamientos, decidí regresar a la pastelería a tomar otro café y terminar de leer lo que más me gusta de los periódicos, las últimas páginas, las que no son de noticias ni de política, sino las crónicas de sociedad y cultura. Y Ohhhhh, hay una entrevista a un poeta que ocupa una página entera. Le preguntan por la presentación de su nuevo poemario “Ser el canto” (bonito título) y por otras cuestiones personales de carácter más íntimo: ¿Miedos? –le interroga el periodista- y aquél responde desde la sensibilidad poética: “No le tengo miedo a nada, porque tampoco tengo ningún deseo más allá de los básicos: me gusta comer, me gusta follar…” Ahí está la poesía, pero lo que me deja atónita no es el alarde de originalidad sino observar su foto y advertir que se trata de un hombre de mediana edad con ¡¡¡unos tirantes… sobre una camisa de leñador!!!... ¿Acaso imprimirá carácter utilizar tirantes como adorno? Sigo leyendo la entrevista y el poeta parece querer reconciliarse consigo mismo (y sus tirantes) preguntándose: ¿Quién coño soy yo realmente?

Yo me pregunto eso mismo, y me digo que quizás es más importante respetar lo que uno siente que hacer lo que conviene, aunque lo que tendría que hacer es ir inmediatamente a trabajar y no llegar tarde, máxime cuando al final de la mañana saldré disparada en dirección a la playa. Quiero ver la belleza, siempre espléndida, del atardecer sobre el mar. Y lo primero que quiero respirar y ver, nada más levantarme, es el mar.

Papá, hoy me acordaba de ti, especialmente te recuerdo en las frías mañanas de invierno, como ésta, cuando se aproxima la Navidad y ese triste día 21 de diciembre del fin del mundo. Hoy he aprendido algo importante y que no la necesidad de soñar:es que jamás me podría enamorar de un hombre que llevase tirantes. Qué sentido del humor tan surrealista nos dejaste en herencia, tú probablemente comprenderías lo absurdo de mi proceder, tú que cuando de niños nos portábamos mal, nos amenazabas con un castigo ejemplar que consistía en tener que comernos un pimiento morrón, castigo que, por otra parte, jamás hiciste efectivo. He de decirte que cada mañana, cuando salgo de casa y recorro la breve distancia que hay hasta el lugar donde trabajo, disfruto de la sensación de tener todo el cielo sobre mi cabeza y espero el momento mágico y (muy) divertido de reparar en qué estoy cantando, porque siempre voy susurrando una canción inspirada en lo que he soñado, en un  primer pensamiento, en una imagen, en un detalle; cualquier cosa que la mente asocia con algo que rescata del olvido en cualquier rincón ignoto del cerebro. En ese (insisto) mágico instante te das cuenta de que estás cantando: “Tengo un tractor amarillo (un tractor, ¡no un triciclo!)…” o: “Libertad, libertad sin ira…” o la de Alaska: “Soy la funcionaria asesina, buscada por la policía…” (ésta se me repite mucho, jaja), o  una en inglés: “Something stupid”, “Bblowing in the wind...” etc. Hoy la canción era solemne y premonitoria: “Estas son las cosas que me hacen olvidar, este mundo absurdo que no sabe a dónde va. Aleluya…”.

Atardeció y anocheció, como en un vídeo timelapse, y ahora, mientras escribo y contemplo la luna sobre el mar, es mi inconsciente el que escoge la canción: “Monriiiiiver wide than a mile…”. Mañana cuando esté frente al mar, en cambio, la elegiré yo. Y ya sé cuál será;  



Yo sé que allí, allí donde tú dices, vuelan las alas del agua…





13 noviembre 2016

04 noviembre 2016

Brindis al sol... y a la luna







(¡Pssssssssssssssssss, haz como que no viste nada!)

23 octubre 2016

Sonreír, ese placer



Y desafiando el oleaje
sin timón ni timonel,
por mis sueños va, ligero de equipaje,
sobre un cascarón de nuez,
mi corazón de viaje

(Peces de Ciudad. Joaquín Sabina)






Sábado. 
Habían pasado tantos años que pensé, con inequívoca nostalgia, que me gustaría volver a la playa a la playa de la Llana y ver si seguía estando igual que en aquel lejano y hermético recuerdo que, por otra parte, no tenía más trascendencia que la de una anécdota de verano. Se dice que no debes volver al lugar donde has sido feliz… Y así pasó, la playa (llena de algas), seguía siendo bastante bonita (por las dunas, sobre todo) pero insignificante comparada con el hechizo que el lugar ocupa en mi recuerdo. Como una constante vuelta sobre mis pasos: fui, vi y regresé con un dedo del pie roto (el mismo de siempre, siempre en las vísperas de un viaje) pues no había piedras a las que darles una patada pero sí suficiente barro en el sendero, para resbalar y parar la caída con el dedo.


Domingo. 
Somnolienta me preparo el desayuno y tomo asiento en mi minúsculo reino frente al mar, abrumada por su belleza siento la tentación del recuerdo, cualquier recuerdo que dejase en mí una nota pasional, fulgurante e impredecible. La memoria, siempre lo he dicho, es caprichosa: es capaz de apresar con férrea determinación la experiencia más banal y que la más trascendental nos resulte inasible. Una viejísima canción se asienta en mi cabeza: “mirando al mar soñéeeeeeeeee…” y siento el impulso visceral de tararearla. Y la tarareo. Pero consigo evitar la tentación de mirar atrás y miro fijamente el horizonte. Bendigo esta mágica y primaveral mañana de otoño, el presente absoluto, la sensación de paz muchas veces ignota, una verdad, una realidad con rumor de mar…




13 octubre 2016

Memorias de jabón







Hace unos días volví a ver por enésima vez “Memorias de África”. Luego me entretuve buscando información en Internet sobre la mítica escena de la selva: cuando Robert Redford le lava y aclara el pelo a Maryl Streep. Había diversas interpretaciones y matices sobre el lenguaje cinematográfico y narrativo de la escena, pero todas ellas unánimes en cuanto que se trata de una escena tremendamente sensual (acaso erotizante) cuando no romántica.

La memoria tiene un inmenso poder asociativo, es curioso cómo un hecho insignificante es capaz de traerte a la mente un recuerdo que parecía disuelto en el olvido (donde no habitan los recuerdos amados). Era verano, un pequeño grupo de amigos habíamos ido a bañarnos a La Llana, una playa semidesierta con hermosas dunas, junto a las salinas. Ese día vino Pedro, un estudiante de primero de Medicina, y trajo consigo a un amigo de Málaga que tenía invitado en su casa. Nos zambullimos todos en el agua, al rato los chicos se metieron mar adentro para bucear en las rocas y las chicas salieron del agua a tomar el sol en la arena. Yo me quedé a remojo (me gusta pasar horas en el mar, hasta que se me arruga la piel, en eso no he cambiado) con el amigo de Pedro, de cuyo nombre aunque quiera no puedo acordarme, sólo recuerdo vagamente sus ojos azules y su pelo negro ensortijado. En el breve espacio de tiempo que nos quedamos solos saltó la chispa de la atracción mutua, una chispa mojada por una prudente distancia en el agua, pero viva ¿acaso alentada por una extraordinaria simpatía, por una extraña y sugestiva conexión, por compartir la vista de unas hermosas dunas, por la sensación física del roce de las miradas? Pasado un rato el chico salió del agua y regresó con un botecito verde con tapadera blanca en la mano. Era inconfundible, se trataba de Edelmira, un conocido champú específico para lavar el pelo en agua salada, el único champú que hacía espuma en el mar (al parecer, otros no) dejando el cabello resplandeciente (detalle que sé que resulta apasionante). Para nuestra sorpresa el champú no hizo la reacción química esperada, se cortó sin hacer ni una pobre pompa de jabón, era como si su cabello escupiese el producto. Nos entraron ganas de reír. Lo hicimos. Sin saber por qué, con toda naturalidad, me ofrecí a lavarle el pelo y él se puso de rodillas delante de mí para facilitarme la labor. Cogí el bote de Edelmira que flotaba en el agua y repartí el producto por su cabello. Rápidamente comenzó a surgir la espuma entre mis manos. Le lavé la cabeza con suavidad, masajeando con la yema de los dedos cual avezada peluquera, pero con una lentitud impropia; le aclaré el pelo una y otra vez, y otra vez, hasta perder la cuenta, atrapados cómo estábamos por la intensidad de la sencilla y deliciosa sensación del contacto físico entre su cabeza y mis manos. Embargados por un extraño sentimiento, el tiempo se deslizó en un mar de espuma, entre la piel y la claridad: unos instantes o una eternidad. No sé.

Nunca le pregunté a Pedro por él. Nunca me acordé de aquello hasta que hoy, contemplando la belleza de la playa en otoño mientras pensaba en Memorias de África, me he visto sorprendida por la fuerza de la sensualidad en un lejano recuerdo de siluetas juveniles a contraluz, en un mar salpicado de pompas de jabón.



27 septiembre 2016

China (I Parte: Pekín)







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Me resulta difícil condensar en palabras lo que mi viaje a China ha supuesto para mí y la magia que envuelve los recuerdos de este gigantesco país asiático. Hace tiempo oí que una persona es la suma de los libros que ha leído y de los viajes que ha hecho. Yo creo que también es la suma de los amores que ha tenido, En ese sentido, China ha sido un fugaz pero inolvidable amor de verano.



PD. Las fotografías han perdido mucha calidad al hacer el vídeo, y el vídeo no vale gran cosa, pero la mayoría de las fotos están bien, por eso las pongo a continuación con más nitidez (¡nada de miniaturas Lobezno!)

     
                                                        Aeropuerto de Amsterdam




 Mural en el aeropuerto de Pekín



Hotel Sheraton





                                                                         Templo de la Tierra





                                                                      Plaza de Tiananmén

                                                         
                                                           






                                                               
                                                                     Ciudad Prohibida



                                                                                                                             










Gran Muralla

A





Pekín

 

























Templo del cielo







Palacio de Verano







07 septiembre 2016

China, la sugerencia del contraste




Funcionalia impelial estal en Campoamol…. Llegal el domingo de Shangai enfelma, como si padecel fiebles amalillas (un chino estolnudal soble mi blazo en el metlo), pero habel suelte y al final sel solo catalo vulgal de avión y yet lag bestial. Cuando llegal a mi país tenel tanta fieble que delilal y salil huyendo del calol de 43`5 glados y del aile acondicionado. 

Viajal al lejano Oliente (Oh!, sonal faltal) melecel mucho la pena (ya quiero volvel); cautivada por los paisajes ulbanos futulistas y masificación locula china, y también atelolizada pol gigantismo de las ciudades y las avalanchas humanas. Allí hacel también mucho calol. Mi guía en Pekin llamalse Pepe. Aplendel muchas cosas y tenel muchas aventulas; viajal de polizón en tlen y hacel entlevista pala una televisión china donde asegulal que yo no sel Melyl Streep, jajajaja, Oh no! en chino es: jijiji… Cada vez impoltal menos el qué dilán (pala eso silve viajal); yo sel buena, mi vida sel mía y no pelmitil a nadie lobal ni encablonal, jijiji




25 agosto 2016






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Como dijo Anaxágoras, "la vida es un viaje", y ese viaje son las ansias de volar de ese animalillo que llevamos dentro, su plumaje, la simpatía que brinda cuando reparamos en ellos convierte su cautiverio en delicia de horizontes, no vidas de cadenas y cerrojos… De ahí el misterio de la condición humana, de la memoria selectiva; cuando ya no precisamos de los recuerdos porque estos han huido; se han apartado del tiempo y dejan solo el presente del presente; el instante del instante. 

Alguien decía que, como en el poema de Kavafis (el viaje a Ítaca) lo interesante es aprovechar el camino; arribar a muchos puertos, conocer a gente sabia, disfrutar de lo que te ofrecen otras culturas, practicar el extrañarse y no dejar nunca de ser curioso… Dicho esto, del verano queda una brisa empapada de encanto y la frescura de las olas al anochecer, y al frente, ¡parece que hay un chino en medio de la nada tomando el té! 




11 agosto 2016

Soñando




“El destino –el destino genérico y nervioso- de cada ser humano consiste en ser un individuo único, en encontrar su propio camino, vivir su propia vida, enfrentarse a su propia muerte.
No voy a fingir que no estoy asustado. Pero mi sentimiento predominante es el de gratitud. He amado y he sido amado, he amado mucho; y he dado algo a cambio; he leído y viajado, he pensado y escrito. He mantenido un diálogo con el mundo, ese diálogo especial que mantienen los escritores y los lectores.
Por encima de todo, he sido un ser sintiente, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, en sí mismo, ha sido ya un enorme privilegio y una aventura.”


Hay reflexiones que me emocionan cuando las leo. Estas palabras pueden sonar a lugares comunes, a frases sencillas e inspiradoras o simplemente a palabrería, pero las escribió Oliver Sack, un científico, probablemente el neurólogo más famoso del mundo, cuando le dijeron que le quedaban pocos meses de vida. Desde ese instante la palabra deja de ser palabrería y se convierte en reflexión, la reflexión en testimonio y el testimonio en un sobrecogedor canto a la vida.          


En una de estas siestas estivales, me sumergí de pronto en un documental sobre lo cuántico, no te lo pierdas. Creía que era asunto de fórmulas matemáticas de Einstein, y por lo tanto, zona vetada para mí; pero, para mis sorpresas (pues se sucedía una tras otra), resultó que las mejores cabezas pensantes del mundo (los Premios Nobel de las Universidades de Estados Unidos), emparejan sólidamente la realidad y la materia de la naturaleza…¡con los sueños!, que siempre ha sido lo mío. Y quedé estupefacta y perpleja. Compré un tomazo sobre esto, de Stephen Hawking, y ha caído en mis manos la aseveración de Bertrand Russell (creo que se escribe así), de que la materia constitutiva de la realidad son los sueños, y eso ha acabado por convencerme y deslumbrarme a la vez en la tarea que hemos de soñar.

Sé que suena a determinismo puro y duro pero cada vez creo más (quizás entroncando con el tema de los sueños y la realidad) que si somos el sueño de alguien nada podemos hacer, si nos sueñan o soñamos no puede ser una constante pesadilla, por el contrario los sueños, lo onírico ha de ser poesía.

De todos modos, creo que el tomazo de los sueños de los que está hecha la materia (de Stephen Hawking) que compré hace unas semanas habrá de aguardar su turno (si lo hubiera), porque me está quemando mucho en la punta de los dedos la fascinante historia de Oliver Sacks, sus memorias:  “En movimiento. Una vida”, y espero que sea el libro del verano, Uno de los atractivos del verano es que cada vez que ne pongo a leer he de hacerlo en el sofá porque me quedo dormida, sesteando. Soñando.

:)






21 julio 2016

Siddhartha por un día




Sabes que siempre ocurre lo mismo. El primer día de playa, el primer paseo por la orilla del mar y te aventuras por los pasadizos de tu pensamiento en busca de ese santo grial que es la evasión. Inicias el paseo pesando que el mar y el rumor de las olas te van facilitar el acceso a la forma más trascendental de meditación: la mente en blanco. Lo anhelas, necesitas dejar de pensar y lo vas a conseguir: vas a volverte bradipsíquica, tu encefalograma se va a ralentizar y finalmente te vas a sumergir, sin reservas, en un estado de anestésica idiotez.


Los mejores deseos son aquellos que nunca se cumplen. Y me temo que este es un deseo de los buenos. Cuando has recorrido unos pocos metros de playa, te das cuenta de que estás más cerca de los astros que de mostrar una mirada indiferente y abstraída ¿Quién podría aislarse ante tal cantidad de grasa, tripas, flacideces, michelines, mollas, cartucheras, celulitis? ¿Quién podría aspirar a ser Siddhartha en ese oasis de desinhibición visual? Pese a todo te sientes frívola y optimista (más lo primero que lo segundo) y te haces un favor pensando: “bueno, después de todo, no estoy tan mal”.



Continúas el paseo y ni siquiera tratas de enmascarar una sonrisa malévola cuando observas a un ejemplar oriundo de villa-gimnasio, mostrando el resultado de muchas horas de esfuerzo, tenacidad, y constancia dedicadas al trabajo de la fibra muscular. Pertenece a esa estirpe de exhibicionistas que cuando se cruzan con una persona atractiva no la miran, sólo miran si ella lo está mirando. Súbditos del rey Espejo. Le diriges una mirada impúdica, a sabiendas que no hacerlo supondría una afrenta para su ego, pero no contiene un ápice de admiración o deseo –en contra de lo que él supone-. Nunca he pensado que el diámetro pectoral correlacione negativamente con el número de neuronas, pero me da en la nariz que el efebo que tengo delante no es Dostoievski.



Prosigues tu antes paseo ahora vía crucis. Observas esbeltos cuerpos de mujeres aunque, todo hay que decirlo, escasos y en su mayoría adolescentes. Pero indefectiblemente, vuelves a fijarte en las flacideces y más que nada en las obesidades que se cruzan por doquier y piensas: “¡Dios, espero que ese no sea mi futuro!”. Sigues caminando mientras intentas ahuyentar estas elucubraciones tan terroríficas. Ahora te percatas que en la playa el monopolio –hoy por hoy indiscutible- de la grasa se ve seriamente amenazado por una joven rival: la silicona. Inconfundible su presencia en aquéllas que toman el sol acostadas con los pechos inmóviles, como embudos de acero, sin desparramarse ni un milímetro, mostrando un busto que ha perdido la delicada textura de los flanes y ahora desafía enhiesto la ley de la gravedad.



Ha llegado ese momento en que sólo aciertas a ver cuerpos y no seres humanos y las diferentes formas de terrorismo estético que los segundos practican con los primeros. A lo lejos se ve venir a una mujer de unos 150 Kg. de peso, sus pechos parecen dos boyas colosales y ha tenido la feliz idea de realzarlos con un biquini fucsia con un estampado que imita la piel del Leopardo. Me encanta la gente que no muestra complejos (aunque eso no quiere decir que no los tenga). Ella no aparenta tenerlos y se exhibe como auténtica apología de la impudicia, preguntándonos a todos a través de su apariencia: ¿Y qué…? Ella es ella y su circunstancia (un biquini fucsia). Y yo la admiro por ello.


La micro-odisea playera ha finalizado. Te despides del mar quien creías musa de tus divagaciones y resulta que no lo has mirado ningún instante. Te das cuenta que, pese a todo, tu periplo por la evasión y el nirvana no ha resultado en vano, pues en ti acaba de germinar una certeza devastadora, inexcusable: ¡Esta noche cenaré fruta!






Me gusta esta playa, tiene nombre de poeta, pero me gusta ahora y no dentro de unos días, cuando ruja la marabunta de agosto, y que, el día uno, convertirá tu vuelta al lugar de trabajo en una isla deliciosa. Me gusta más que nunca la brisa del mar que inhalo como si me faltase el aire, impelida por la necesidad de respirar, jejeje (detalle que sé que resulta apasionante). 

Como si hubiese realizado un viaje al pasado, compruebo que la vida es ese río ,del que habla Siddhartha, en un constante cambio pero siendo siempre el mismo, porque el tiempo no existe. La entrada que inicia este post la escribí hace cinco o seis años (Lobezno seguro que la recordaría); siempre el mismo primer paseo del primer día de playa, que cambia pero siempre es igual. Bueno, este año hubo alguna novedad digna de mención si bien ninguna puede superar la imagen de una señora entrada en años, dispuesta a darse un chapuzón con un elegante bañador negro y ¡un collar de perlas! a juego con los pendientes también de perlas! Pura hipnosis.

Se agradece, sin embargo, esa liberadora sensación que te embarga mientras paseas por la playa observando a sus moradores y hace que te olvidas de que existen unos políticos que no entienden algo tan simple como que la gente no les ha votado a ellos; ha votado en contra de las mayorías, del bipartidismo, de la acumulación de poder, de la partidocracia, de los rodillos. También te olvidas de los atentados, de las purgas políticas en Turquía, de la interminable página de sucesos. Dejas volar la imaginación y empiezas a pensar en el aspecto que debió tener esta playa hace cientos de años, me imagino a mi misma transitando por esos caminos milenarios como una cromañón, jajaja. 

Estás de vacaciones, tienes miedo a acostumbrarse a ese extraño estado delicuescente y perezoso, cuando ya te has acostumbrado. Decía Voltaire que “El que vive prudentemente, vive tristemente”, debes meditar por qué este año has cometido la imprudencia de comprarte un biquini fucsia, y debes dejarte sacudir, imprudentemente, por esas olas que salpican nuestras vidas de la felicidad de sentirse vivo y por esa música que, inevitablemente escuchas con especial emoción.