Cuánta más belleza, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.

28 octubre 2017

Un instante de belleza petrificado en la retina




Transcurre
tu vida igual que ayer, común y cotidiana.
"Un día más", te dices. Y de pronto,
se desata una luz poderosísima
en tu interior, y dejas de ser el hombre que eras
hace sólo un momento. El mundo, ahora,
es para ti distinto. Se dilata
mágicamente el tiempo, como en aquellos días
tan largos de la infancia, y respiras al margen
de su oscuro fluir y de su daño.
Praderas del presente, por las que vagas libre
de cuidados y culpas. Una acuidad insólita
te habita el ser: todo está claro, todo
ocupa su lugar, todo coincide, y tú,
sin lucha, lo comprendes.
Tal vez dura
un instante el milagro; después las cosas vuelven
a ser como eran antes de que esa luz te diera
tanta verdad, tanta misericordia.
Mas te sientes conforme, limpio, feliz, salvado,
lleno de gratitud…

(Eloy Sánchez Rosillo)




Decía Oscar Wilde que se puede pasar toda la vida sin vivir y que, de repente, toda tu vida se concentre en un instante. De esa eternidad del instante surge un recuerdo soterrado de hace millones de años: yo tendría unos dieciséis, estaba de viaje de estudios en Salamanca cuando conocí en la Plaza Mayor a un americano de Cincinnati (Ohio), que había venido a España a estudiar castellano. Lo denominaré novio (es importante aclarar este matiz) porque me pidió ser my boyfriend y cuando vino a Murcia a verme, subió a casa, le presenté a mis padres, a mis hermanos y creo que hasta mi abuela, y nos cocinó un bizcocho de chocolate. Ahora pienso que nunca he sentido la curiosidad por saber qué habrá sido de su vida ni se me ha ocurrido buscarlo en Facebook; en realidad no me gusta saber de las personas a quienes mi memoria borró por generación espontánea, dicho de otro modo: por el mero transcurso del tiempo, ni tampoco a las que olvidé por voluntad propia y por necesidad, dicho de otro modo: por el mero transcurso del tiempo. El tiempo ni espera ni perdona. Hay una tercera categoría: las personas inolvidables, las que tienen un sitio en mi corazón y en mi vida que nadie podrá ocupar ¡Dios, qué tristeza!…. Estaba pensando en ti... Expresar lo que siento escapa a los límites de mi lenguaje; te recordaré cada día de mi vida. Descansa en paz, mi queridísima amiga. 


Recuerdo como si fuese ayer la tarde que el americano me relató la conmoción que experimentó cuando vio por primera vez el Grand Canyon. La abrumadora visión del Gran Cañón lo dejó trastornado, confuso, con taquicardia, luego supe que debió de sufrir el síndrome de Stendhal.  He de decir que quedé tan impresionada por la portentosa sensibilidad del americano que creo que en ese momento me enamoré de él (el amor sucede, no lo escoges), pero el enamoramiento apenas duró, para no pecar de imprecisa fue cosa de un mes, coincidiendo con el breve espacio de tiempo que tardó en volver a su país. Nunca pensé que muchos años después tendría ocasión de pisar aquellos lugares y comprobar in situ si exageró o si, por el contrario, yo también sería capaz de experimentar un trance similar o algo remotamente parecido. 

El Gran Cañón es un Parque Nacional explotado turísticamente por una reserva de indios de Arizona mediante una concesión. Un autobús te transporta de un extremo otro a los diferentes miradores del inmenso parque. También lo puedes contemplar sobrevolándolo en avioneta o adentrarte en helicóptero, pero yo escogí verlo desde la tierra, tal y como lo vieron sus primeros habitantes; los indios, que lo consideraban –con toda razón- un lugar sagrado. 


Hay sitios en los que la Naturaleza ha creado tal belleza que es imposible no caer rendida ante ella, aunque no hace falta irse a Arizona, todo sea dicho. No, no sufrí el Stendhal pero inmediatamente comenzaron a manifestarse en mí los síntomas de un vértigo horríbilis al aproximarme al precipicio o, por ver simplemente a la gente cerca del borde, agravado todo ello por mi acrofobia: me temblaban las piernas y me dió algún que otro escalofrío. 




No se entiende que los dueños del Parque (Patrimonio de la Humanidad) no hayan puesto alguna valla protectora (al menos en los miradores que visité) para que la gente no se despeñe; un traspiés, una caída allí es muerte segura. Por lo visto los indios prefieren conservarlo tal cual para no restar un ápice de emoción a la poderosa sensación de peligro. 


Pero, más allá del temblor de piernas, mi mente quedó vacía y la retina llena de sustanciales y perdurables maravillas: pura plasticidad en esencia. Millones de años (unos dos mil millones) duermen allí su sueño. No es un paisaje bucólico, es misterioso, y sobre todo salvaje. ¡Lo que es capaz de hacer el cauce de un río en la roca! Si el vértigo no te lo impide y consigues asomarte lo suficiente verás el río Colorado, una serpenteante cinta de color rojo fango, de ahí el nombre, deslizarse sinuoso por la profunda garganta rocosa. 

Un cóndor pasa, cruza el horizonte, la elegancia y naturalidad de su vuelo me distrae del ensimismamiento en el abismo de colores cambiantes en la gama de tonalidades tierra, fuego y oro. Mientras mis recuerdos de la adolescencia y el americano se desvanecen en el infinito rememoro una canción de aquellos años: el cóndor pasa, de Simon & Garfunkel, claro. 

Preferiría ser un gorrión que un caracol.
Sí, lo haría.
Si pudiera,
Seguramente lo haría.




He leído que cuando conectas con la Naturaleza te descubres a ti misma, y tomas conciencia de tu insignificancia… Lo que descubrí, ahora lo sé bien, fue un paisaje mítico en mi memoria, en un momento de mi vida que jamás esperé. Estaba ante la extrema exhibición de la fuerza de la naturaleza, y su descarnada desnudez hacía que no tuviese que bucear en las formas que ha esculpido caprichosamente la naturaleza para extractar su belleza y misterio. La belleza me apasiona, mas no es solo algo que me apasiona. No experimenté el síndrome de Stendhal.

Pero me sentí llena de gratitud







12 septiembre 2017

L.A. Confidential


“Mi pequeño mundo se ensanchaba y las fotografías de vacaciones contribuyeron a ese fin.”
Cartier Bresson


No puedes pretender la cuadratura del círculo y que tras recorrer más de 20.000 Km. en el aire (más de veinte interminables horas metida en un avión) y 3.000 Km. por carretera entre ida, circuito y vuelta, no tengas que lidiar con un cansancio sideral potenciado por un yet lag atroz. Como decía mi padre: la vida del turista es muy dura, más no importa, viajar es una pasión, conocer la Costa Oeste de Estados Unidos un privilegio.




Los Ángeles (LA), ciudad fundada por españoles con poco premonitorio nombre de Pueblo de, Ntra. Sra. Reina de los Ángeles, era lugar ineludible en la ruta por la Costa Oeste americana y punto de llegada y partida de los vuelos con España, pero no era una ciudad que deseara conocer, por lo que el espacio que le voy a dedicar será breve. LA es sencillamente tremenda, cabría decir que mastodóntica (con una extensión 1.500 Km2 y un perímetro de más de 500 Km. es la segunda ciudad más grande de los EE.UU), diseminada, con muchos entornos distintos (las colinas, el valle, la playa) pero sin zonas “céntricas”, sin vida, si exceptuamos una pequeña zona de rascacielos: el Downtown. Debido a su inmensidad, LA me pareció un barrio gigantesco y me preguntaba, vale ¿y ahora, dónde queda la ciudad?; una ciudad inhabitable según el concepto urbano de la vieja Europa, anónima, anodina, impersonal; no vi más que una multitud de casas, innumerables barrios e inmensas avenidas en las que el tráfico es un infierno y donde la gente (que no sabe lo que es pasear) coge el coche hasta para ir al servicio. No me pareció que hubiese lugares demasiado interesantes, a excepción de los museos, algunos rascacielos imponentes, las palmeras y la playa de Santa Mónica (de la que hablaré en otro momento). En la gran metrópoli todo gira en torno al cine y a la televisión: actores, anuncios, lugares e historias, que –para mi gusto- no superan el plano de la anécdota, acaso porque soy poco mitómana. Las distancias (mi hotel en el céntrico Downtown quedaba a 19 Km. del céntrico Hollywood Boulevard) aconsejaban conocerla en el autobús –turístico- que también te acerca a la playa de Santa Mónica: Aquí estudió el actor fulano, en este hotel se conocieron el director de cine mengano y el actor zutano e hicieron la película perengana (el Hotel Four Season, el director: Quentin Tarantino, el actor: John Travolta, la película: Pulp Fiction) en este Hotel vivió Marylin Monroe y en aquella casa la encontraron muerta, a este lado está la tienda de diseñadora tal, hija del Beattle cual, al otro lado el restaurante donde se comió una hamburguesa Brad Pitt, en aquél club tocaban The Doors cuando no eran conocidos, allá, el Ayuntamiento, les sonará si vieron la película de Spiderman, aquí están los estudios de la tal, más allá  los de cual, en frente la comisaría de policía d Beverly Hills, allí las famosas letras blancas de Hollywood que en principio fueron el anuncio de una urbanización, y bla bla bla… Así todo.




















A esta foto la llamo Red Room, es el pasillo del Hotel de LA en el que me alojé, se llama Millenium (en su interior se rodaron Vertigo, New York, New York, King Kong, Los cazafantasmas, El guardaespaldas, Independence day, etc) pero a mí ese pasillo me recordaba la terrorífica película “El resplandor”,… en cualquier momento podrían aparecer las gemelas.









Si vas a los Ángeles, es obligado visitar la explanada del Teatro Chino Grasman, una espectacular sala de cine donde se celebran fastuosos estrenos y todo un icono de Hollywood desde que fue inaugurada en los años veinte. Cuentan que una actriz, de cuyo nombre no puedo acordarme ahora, durante un estreno tuvo la feliz metedura de pata (literal) de pisar el cemento fresco que había a la entrada del teatro (es tontería preguntarse por qué había cemento fresco, jeje) lo que proporcionó la idea a su dueño de que los grandes astros de Hollywood plasmaran sus huellas en la explanada, convirtiendo el lugar en un foco de atracción de turistas y amantes del cine. Junto al Chino, está el teatro Dolby (antes llamado Kodac), en el que se entregan los Oscar de la Academia, y justo delante, en Hollywood Boulevard, se encuentra el Paseo de la Fama de Hollywood, las losas están sembradas de estrellas de famosos, lo que explica que Donald Trump también tenga la suya (no por ser el presidente, claro) sino por algún tema relacionado con su contribución a la televisión.  








Esta imagen me devuelve el recuerdo del momento en el que comprobé, con sorpresa y alegría que Meryl Streep y yo tenemos las manos idénticas (en tamaño) así como los pies (me descalcé y los puse sobre su huella, calza un 40, jajaja, tampoco ella es Cenicienta)… Algunas personas despiertan en ti la admiración, el talento de esta mujer la despertó en mí viéndola dar vida a personajes espléndidos con portentosa naturalidad. Sin duda es una de mis actrices favoritas de toda la historia del cine, me fascina cada vez que vuelvo a verla en una de sus películas, es como si fuera la primera vez, y confieso que también me fascina particular fisonomía y su forma de sonreír. Su delicada mezcla de fuerza y fragilidad siempre me han hecho sentir una cierta conexión con ella que me resulta difícil de precisar, incluso me decían que teníamos un cierto aire o parecido.

Tuve la osadía de medirme con mi estrella favorita, y fue un gustazo comprobar que sí, que tenían razón, que nos parecemos: ¡En las palmas de las manos y las plantas de los pies!  

04 septiembre 2017

HORIZONTES SALVAJES EN EL SUAVE VERANO



Y cada verano
que entres en el océano
me disfrazaré de ola
y te daré un revolcón.
Y así que ya sabes
que todo el resto del año
eclipsaré tus secretos
como astuto cazador


(Mari Trini)


Y llega ese ansiado primer día de vacaciones. Estás tumbada en decúbito supino, entretenida en divisar un trozo de cielo bajo una sombrilla de paja, cierras un ojo: sombrilla, abres el otro: cielo, abres los dos: sombrilla y cielo y vuelta a empezar… Entornas los párpados y ves a Morfeo bajarse de una nube antropomórfica, que pasaba lejana, y acercarse a ti para mecerte en sus brazos. Escuchas absorta el rumor de las olas que se revuelcan lujuriosas en la arena recordando la letra de la canción de tu paisana. Es la hora de la siesta, has buscado el lugar más alejado de la gente, y los más cercanos también dormitan en sus respectivas tumbonas. Sientes la caricia de una brisa cálida y una sensación de anestesia fulminante: duermes plácidamente. Eso creías hasta que unas voces cada vez más estridentes se enzarzan en animado parloteo. Se hallan justo detrás de ti. Venciendo una infinita pereza te das la vuelta para otear de dónde proceden los horrísonos graznidos de las cacatúas. Confirmas: son dos inglesas las encargadas de destrozar la magia de la siesta playera. Para colmo la conversación va in crescendo. Tímidamente te incorporas de la tumbona haciéndoles ver que estás allí y que deberían de dar por finalizado semejante dislate o al menos bajar la voz. Te concentras en el sonido del agua que te calma, pero es inútil…Te levantas de nuevo, te das la vuelta y las fulminas con la mirada, pero ni te miran y siguen impasibles en animada charla. ¡Viva el brexit!, piensas mientras te desesperas. Al rato, ya sin poder contener tu irritación te pones de pie, te tapas los oídos en un gesto significativo y acto seguido pones el dedo índice sobre tus labios pidiendo silencio con un sonoro: Pssssssssssssssss, y lo repites: Psssssssssssssssss, Please, Pssssssssssss… Las cacatúas se tornan definitivamente tus enemigas y te miran con la misma expresión de inquina con la que tú las miras, y en ese preciso instante… en ese instante, te das cuenta de que eres una botella de gaseosa, has acumulado tanta presión que si te agitas un poco más te van a salir burbujas por las orejas. Acaso el problema seas tú, estás demasiado irascible, that is the question, repasas en tu olvidado inglés. Al fin callan. Respiras profundamente.

En breve tú también te vas a ir con la música a otra parte, a California y, al menos, deberías responder a esta pregunta: ¿Qué se te ha perdido en Estados Unidos? Nada, no se te ha perdido nada en un país donde el presidente se pasea con un gato albino sobre la cabeza. Con su maravilloso sentido del humor Eduardo Mendoza decía que aspiraba a lo mismo que don Alonso Quijano: correr mundo, tener amores imposibles y deshacer entuertos. Yo también aspiro a correr mundo, sobre todo a correr mundo, ese mundo grande incierto e inseguro que solemos señalar en el mapa a larguísima e inequívoca distancia de nuestro terruño. Esta vez no ha sido la inspiración de un arroz negro (como cuando fui a Japón) ni la vieja y deliciosa canción “California Dream”, en realidad no ha existido un motivo inspirador, ese material con que se forjan los sueños, tan sólo ese deseo quijotesco de ver mundo, reafirmado hasta el infinito y más allá por la futilidad de dejar pasar oportunidades que mañana, quizás pasado, pueden desvanecerse ante una desafortunada casualidad, un suceso de cualquier índole; el no estar en condiciones, una enfermedad… Puede que el mañana nos traiga eso que dicen; “lo mejor está por venir”, ahora bien, también puede ser que mañana un rayo te parta la vida a traición truncando tus proyectos y aquello que dejaste para mañana... Amigos me lo han recordado; mi querido compañero y, sin embargo, amigo XX, sufría paradas cardiacas sin saberlo sin apenas percibir más que una fugaz pérdida de conciencia. Ahora lleva  un marcapasos, de no haber detectado el problema a tiempo una de esas paradas le habría causado una muerte súbita. Mi queridísima, mi mejor amiga, XY, se debate contra una agresiva y descorazonadora enfermedad cuyo tratamiento es igualmente agresivo. Sólo me permitieron visitarla en el Hospital unos minutos, antes de irme de viaje. 
 
Me dejaré deslumbrar por los Estados Unidos, California: San Francisco, Yosemite, Mono Lake, Las Vegas, Death Valley, Grand Canyon, Los Ángeles, Santa Mónica. Cuando vuelva de Estados Unidos escribiré mis impresiones personales e intransferibles, me apetece hacerlo, llevaba tiempo sin ganas de escribir pero siempre que vuelvo de un viaje siento que ya no soy la misma.


Ya he vuelvo, jajajajaja

15 junio 2017

Siempre me quedará volver a París



Cuenta Juan Eslava Galán en su libro Historia de España que cuando Alfonso XIII se marchó al exilio, embarcando en Cartagena rumbo a Marsella, se debió sentir deprimido y solo, porque antes de desembarcar “en el muelle de la Jolliete confió su desencanto al comandante porque con los tempranos horarios franceses ya habrían cerrado las casas de putas”. Me parece una anécdota brutal, jeje. En Francia no acabaron con las monarquías mediante las urnas sino con una revolución que acuñó la frase más bonita de la Historia, a la par que utópica: Libertad, igualdad y fraternidad. Una vez me preguntaron cuál era mi acontecimiento histórico favorito, no tuve que pensar y contesté con un convencimiento que pocas veces he tenido: la Revolución Francesa. Será que, como Antonio Machado, llevo en mis venas sangre jacobina, no me imagino en la corte del Rey Sol y sí tomando la Bastilla al grito de libertad, igualdad y fraternidad, aunque al final todo desbarrancase, pese a que su sustento ideológico fuese un pensamiento tan elevado como el de la Ilustración.

París era una asignatura pendiente, un proyecto siempre aplazado hasta esta primavera que decidí no dejar pasar más tiempo. A París se llega volando en menos de dos horas, pero yo puedo decir que también llegué corriendo: Ocho de junio, vuelo Valencia París a las 12.35, me dispongo a facturar la maleta (odio llevar equipaje de cabina) en el mostrador de Transavia, me piden el DNI y me dicen que no puedo viajar, que tengo el DNI caducado.

-Oh, por Dios, no puede ser ¿Cuánto tiempo está caducado? ¿Qué puedo hacer?

-Lo tiene caducado desde el 18 de abril… ¿Lleva el pasaporte?

-No, me lo he dejado en casa, en Murcia. ¿Qué puedo hacer? (insisto)

Respuesta de la empleada: Sólo puede hacer una cosa: Renovarse el DNI. Me quedo mirándola, con estupor ante la obviedad de la respuesta y me pregunto si me lo dice con ironía, pero añade: Aquí, cerca del aeropuerto hay un pueblo, Quart de Poblet, que tiene una comisaría de policía donde podría renovarse el DNI. No sería el primer caso pero tiene que darse prisa, el embarque es en 35 minutos. 

La misión se torna imposible pero decido intentarlo, nunca he corrido más en mi vida: Un taxi me lleva a la comisaría de Quart, ¡me hago la foto que necesito para renovar el DNI en un estudio del pueblo!, vuelvo a la comisaría con la foto, renuevo el DNI con toda su parafernalia (huella dactilar etc.), regreso al aeropuerto, facturo la maleta justo cuando cierran el mostrador, paso el control de policía (es lento porque delante de mi va un individuo de raza árabe al que le hacen abrir la maleta y lo registran de arriba abajo), y… consigo subir al avión. No me lo puedo creer, debería escribir al libro Guiness para comunicar mi record. Está claro que el destino marca las casualidades, sus secuencias y consecuencias dan vida a una acción. Estaba escrito que tenía que subir a ese avión y volar a París.




Me encantó visitar la Plaza de los Vosgos, donde nació Richelieu, la misma en la que está una de las casas en las que vivió Víctor Hugo. El escritor era un ídolo de masas en Francia, uno de esos personajes que en vida tienen una calle con su nombre, y se da la paradoja de que el escritor vivió en su propia calle y recibía las cartas con el siguiente membrete:
Monsieur Víctor Hugo
Rue de Víctor Hugo
París 



Me encantó estar frente a la tumba de Voltaire (en el Panteón) y ver la cómica sombra de su estatua 




Me encantaron las gárgolas de Notre Dame, que por lo demás considero una catedral sobrevalorada, con sus dos torres desmochadas a medio acabar. Las he visto mucho más hermosas. 




Me encantó el Art Noveau francés







y estar en tantos lugares que rezumaban historia y Arte













Y la Saint Chapelle con sus vidrieras prodigiosas






Y algunas obras de Arte que alberga el Petit Palais









Me encantó la inscripción con grandes letras doradas en un museo de Trocadero: En estos muros dedicados a las maravillas se acogen y conservan las obras de la mano prodigiosa del artista igual y rival del pensamiento. Uno no es nada sin el otro”




Me encantó la brisa de junio saludando el atardecer sobre la Torre Eiffel.







Me encantó el encanto de París. Pocas cosas como París en primavera y la luz que la envuelve.

Londres, Berlín, Amsterdam, Roma… sí, pero no. París se ve, se siente y hasta se respira.

Siempre me quedará (volver) a París



04 junio 2017

El feliz flechazo del instante


“Ojalá te encuentre por aquí, en alguna calle del sueño. Es una gran alegría ésta de aprisionarte con mis párpados al dormir.” 

 Jaime Sabines




Creo que lo que brilla en las personas es la capacidad de emocionarse por la belleza de las cosas que ha visto, aunque como diga Platón, de la realidad sólo veamos las sombras. Inicié este blog para ponerle palabras al pensamiento, acaso a los sueños, pero sobre todo para intentar que todos los días de mi vida existiese un instante de belleza: un instante para pensar en ella, para disfrutarla o simplemente admirarla; para discurrir por ese laberinto que no es de la razón sino de la estética, para destilar sus destellos, para sonreír, para sentir esa extraña satisfacción que justifica la maravillosa teoría de que la belleza, siempre insólita y hermosa, es lo más bonito que hemos visto en mucho tiempo. 

Dentro de poco harán cinco años y creo que el propósito que da nombre al blog es lo que ha dado continuidad. Soy consciente de que no habré escrito un sólo párrafo que valga la pena (como lo hacía en aquella isla solitaria, y perdón por la inmodestia) pero de lo que estoy segura es que siempre han existido esos pequeños y fascinante lujos que perseguía, esos instantes: ya sea una imagen, una poesía, un texto, la belleza del Arte, un paisaje, las nubes, un gorrioncillo… 

Mi moral sigue invicta: no es superstición, es poesía.

22 mayo 2017

LIBRE




Una revista dominical reúne a tres famosos escritores de éxito, amantes (como no podía ser menos) de la Literatura: Mario Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez Reverte. En un momento dado, les preguntan cuál es la palabra de la lengua española que más les gusta.
Vargas Llosa responde: “Libertad”… es rica, positiva a pesar de estar manoseada.
Pérez Reverte dice: La mía es “Ultramarinos” lo tiene todo (dice): Latín, historia, mar, América, huele hasta a tienda de ultramarinos.
Javier Marías dice: la mía es “Remembranza”, que es una palabra preciosa.

Si me preguntasen cuál es mi palabra favorita, yo diría: "Libre". Para Vargas Llosa es Libertad, para mí “libre”. Libertad ha sido contaminada por la Historia, la política y diferentes causas. Libre es inequívoco. La palabra libre me produce la sensación de esplendor y de ilusiones, de aventuras, de efervescencia, de vuelos, de sueños… de instantes. Ser libre es lo más bonito que, en mi opinión, puede aspirar un ser humano, sobre todo de pensamiento.

¡Hasta la palabra libre es libre!

11 mayo 2017

AZUL

“En nuestra vida hay un solo color, como en la paleta de un artista, que proporciona el sentido de la vida y el arte. Es el color del amor”
Marc Chagall



La pareja azul (Marc Chagall)


Recuerdo como si fuera ayer, cuando era pequeña, allá por la Prehistoria –para concretar fechas recurriré a aquel mítico título cinematográfico: “Cuando los dinosaurios habitaban la tierra”–, y veía la Semana Santa como un conglomerado de estética y liturgias que me fascinaban. Hoy, después de atravesar mares infestados de tiburones y sobrevivir a unos cuantos diluvios universales, me siguen infundiendo el mismo respeto que entonces. Lo que más me gustaba permanece indeleble: Toda una religión girando en torno a la idea de la redención; el gran perdón, la gran liberación, la gran belleza.

Mi tierra soleada y barroca, es de procesiones también barrocas, con el arraigo popular de cientos de años de tradición, y una singularidad que las hace únicas: el hecho (insólito) de que los nazarenos repartan habas, huevos duros, monas y caramelos a diestro y siniestro. Mi padre nació en Lorca pero siempre se consideró de la capital, Murcia, con un punto de simpatía por Valencia, donde vivió unos pocos (pero buenos) años de juventud. En la Lorca de su infancia fue gran amigo de su paisano el guitarrista universal Narciso Yepes (inventor, creo, de la guitarra de diez cuerdas) al que –espero que me perdone por desvelarlo- siempre consideró un cursi engolado, pero un cursi genial. También es cierto que mi padre, hijo de viuda, que no llegó a conocer al suyo, era muy presumido y se le conocía en el pueblo como el “Petronio” por su innata elegancia y el gusto por vestir ropas impecables y de buen corte que le cosían sus hermanas. Su hermano –mi tío Pedro- en aquel Macondo de los años veinte era conocido con el sobrenombre de “Sarasate” por su virtuosismo tocando el violín. Autodidacta (como mi padre en la elegancia) aprendió a tocar el violín de oído, y decían que eran tan bueno que si hubiese  estudiado en un Conservatorio, habría sido un violinista de fama mundial, como lo fue su paisano con la guitarra. Pero ambos hermanos, y en particular mi padre, renegaban de sus raíces, de su Lorca natal (de la que se marchó con veinte años). Cuando le preguntabas qué le unía a esa ciudad, con su endiablado sentido del humor, recurría a una frase de cierta persona muy importante y la hacía suya: “De Lorca ni el polvo”, seguida de carcajadas.

La Semana Santa lorquina (o lorquiana) se vive entre los lugareños según un color que te marca de por vida: blanco o azul. Cada color es representativo de una de las dos grandes cofradías que pugnan en los espectaculares desfiles de Semana Santa por ofrecer los mejores bordados en las túnicas y los caballos mejor enjaezados y más briosos. O eres de la Virgen del Rosario (blanco) o eres de la Virgen de los Dolores (azul). Cuando llegan estas fechas mi padre nos contaba que en su familia se vivían verdaderos cismas y hasta separaciones matrimoniales temporales por culpa de los colores. Tenía una sobrina azul casada con un panadero blanco que en Semana Santa dejaban de hablarse para no llegar apasionadamente a las manos o a otras situaciones desagradables e irreversibles. Pasada la Semana Santa, todo volvía a la normalidad en, aproximadamente, una de cada dos familias en la que sus miembros pertenecían a distinto credo. No sé hasta qué punto exageraba mi padre, siempre desde su hiperbólico sentido del humor, pero indudablemente hay un trasfondo de verdad. La hija de aquel civilizado matrimonio bicolor fue distinguida un año con el privilegio de representar a Cleopatra en una importante procesión, creo que la del Domingo. ¿Qué pinta Cleopatra, Ramsés II o el rey Salomón en una procesión de Semana Santa? Pues mucho, ya que en Lorca no existen procesiones propiamente dichas sino pasionales y bíblicos desfiles, con ínclitos personajes históricos y caballos y cuadrigas a la carrera. Recuerdo cierto día que le pregunté a mi padre de qué color era. Lo primero que contesto es que le daba igual el color, que le importaba un bledo para ser más exactos, y que no sentía una devoción especial por ninguna de las vírgenes. Pero ante mi agotadora insistencia, al final claudicó –para que le dejase en paz- y me dijo:

– Soy blanco.

– ¿Por qué, papá?

– Muy sencillo –me contestó–, tu abuela –mi madre- es azul, así le llevo la contraria y le hago rabiar un poco, jeje.

Así era mi padre, creyente y devoto, admirador de santos y Papas en grado superlativo, pero iconoclasta y desarraigado de sus manifestaciones populares, en especial de las procesiones de su tierra a las que nunca nos llevó. En aquel preciso instante, decidí tomar partido y ser azul, no para contentar a mi abuela ni para contradecir a mi padre, sino porque el azul era el color favorito de mi madre y, como una premonición, luego lo sería de algunas personas importantes en mi vida a las que siempre querré (aquí el futuro perfecto, querré, es necesario).

Yo me proponía contar otra cosa que nada tiene que ver con los recuerdos, no necesariamente idealizados, de mi infancia. Existe una tenue pero inequívoca conexión entre lo que pretendía escribir y lo que he escrito: el color azul. Siempre me gustó escribir para colorear mis horas anodinas e iluminar lo intrascendente. Hace un rato vi en una revista una fotografía de Charo Baeza vestida con un escueto body de encaje azul que me ha llamado poderosamente la atención. Sobre la fotografía de la estrella se encontraba el siguiente titular: “Charo Baeza cautiva en el Mira quien baila de EE.UU. ¡La que fuera esposa de Xavier Cugat sigue en activo a los 76 años!”. Charo Baeza es murciana, de Molina de Segura, amiga de la infancia de una tía mía. Se ha hablado de ella como la mujer que conquistó EEUU sin que se enterasen en España, ni siquiera en Murcia, su tierra. De gran presencia y curvas explosivas, conoció al catalán Xavier Cugat que era por entonces un famoso músico de Hollywood. Cugat se enamoró perdidamente de la murciana y, viendo en ella otros talentos además de los físicos, se la llevó allende los mares donde ella se encargó de encandilar a los yanquis con su desparpajo y sex appeal. Y colorín colorado, se casaron y pudo verla triunfar en Las Vegas con un espectáculo propio al que Frank Sinatra era asiduo. Sin embargo, Charo tenía 25 años (según ella 15) y él 66 (según él ni idea). La belleza y juventud de la murciana eran tan exuberantes que un amigo suspicaz (haciéndose eco de las maledicente rumorología hollywoodiense) se atrevió a preguntarle al músico cómo soportaba que su esposa viviese rodeada de admiradores y algún que otro amante, a lo que el conspicuo esposo, enorme en su falta de grandilocuencia, respondió con horrible sinceridad:

– Podría estar casado con una mujer de mi edad, pero no lo hago porque antes prefiero compartir un bombón que tener una mierda para mí sólo.

Ni siquiera cuarenta años de diferencia, múltiples infidelidades y una pragmática resignación separan más a un matrimonio que los dos colores. Porque no existe nada más lejos que el azul del blanco.

26 marzo 2017

¿Por qué no me besas?:



¿Qué otra cosa cabe esperar de unas vacaciones a destiempo además de escapar de la rutina? Tenía un motivo más importante (que no revelaré) para salir de la gris y, por otra parte, bendita rutina (sin ella no existiría la sorpresa de lo inusual). Hace unos días que volví de Francia, de unas vacaciones a destiempo, tanto viaje en tren ha hecho que haya perdido doscientos gramos de mi masa corporal, lo que de verdad no me esperaba y es un claro síntoma de que la felicidad existe, máxime después de haber leído por algún sitio que la grasa acumulada en la cintura influye en las hormonas sexuales. Desde que he vuelto, los recuerdos de ese viaje se fijan en mi memoria como postales, reflejando mundos de ensueño, paisajes que te reviven y te inyectan el veneno de la belleza, aunque no hay que irse a Francia para encontrarlos. Lo sé.


Me quise traer Colliure, pero no me dejaron.
Colliure es un pueblecito situado en la frontera de Francia con España, un lugar encantador y pintoresco, protegido por montañas y abrazado por el mar, con un castillo medieval, un faro, un cristo sobre el mar y unas casitas de colores. Toda una acuarela de colores vivos a los que la luz dorada de la puesta de sol teñía de un aire de irrealidad que me recordaba los delicados y fantásticos dibujos de Walt Disney.









En medio del pueblo hay un pequeño cementerio, tan pequeño como grande es la figura del gigante que está enterrado allí: D. Antonio Machado. Recogido en la atmósfera de luz y silencios intemporales, a la sombra de unos cipreses, mecido por la brisa, Don Antonio comparte tumba con su madre (que apenas le sobrevivió unos días en el amargo exilio). Sus nombres se leen tallados en la austeridad de la piedra, con letras sencillas, en negro, sin adornos, y cubierta de flores marchitas, descansa en la certidumbre de que se fue de este mundo como profetizaba en sus versos:  



Hay poetas buenos; otros grandes; algunos muy buenos; unos pocos extraordinarios. Pero Don Antonio es más que todo eso: es leyenda. Viví con una emoción, inesperada e incontenible, aquel instante frente a su tumba al recordar sus últimos versos. Al poco de ser enterrado, encontraron en el bolsillo de su gabán un papel con sus últimos versos, unos versos que serían el comienzo de un poema que nunca terminó, acaso el poema más bonito jamás escrito, los versos decían:

Estos días azules y este sol de la infancia

Deslumbrantes como un rayo: Días azules… sol de infancia…En momentos especiales mi mente va una y otra vez a esos versos: cuando la vida es azul, cuando el sol, cuando la infancia. Todo junto es aún más dulce si cabe. Qué maravillosa satisfacción sientes cuando encuentras unos versos que justifican la imposible teoría de que unas palabras valen más que mil imágenes. Y qué maravillosa satisfacción cuando escuchas la canción que representa todo eso: La mer, de Charles Trenet, en la versión de Charles Trenet. (Ahora que pienso, me gustaría hacer un vídeo para esta legendaria canción).

Al fin tenía tiempo para detenerme a contemplar la belleza del mundo, extrañamente segura de lo importante que es. Jane Birkin, la que susurraba a ese señor que tenía cara de caballo: Jet`aime moi non plus, estaría de acuerdo conmigo, pues ha confesado que valora más que nunca la belleza del mundo gracias a su edad. Me llevó toda una mañana ver las vidrieras góticas de la Catedral de Narbona y apreciar el lento giro de los rayos del sol sobre el calidoscopio gigante. Cabe pensar que hicieron esas vidrieras para quitarte la respiración e irte con ellas al cielo. Me deslumbró cada escultura, cada detalle, cada obra de arte que salía al paso. Hasta me tragué el rezo de un rosario en francés, lo que no se debió a un arrebato místico, era la trascendencia de lo intemporal que se respiraba en la catedral la que me exhortaba a ello. 




La poderosa estética de las catedrales siempre ha sugestionado mi pensamiento, sin embargo, confieso que lo que me sugestiona para escribir y vencer mi natural indolencia no es hablar de paisajes, ni del secreto de las catedrales; lo que me inspira es el factor humano cuando surge de la casualidad y cuando el azar conspira para que ocurra algo imposible.

La más pura casualidad paulausteriana quiso que mi compañero de asiento en el tren de vuelta desde Barcelona, resultase ser un antiguo compañero de trabajo al que hacía muchos años que no veía, desde que pidió una excedencia para iniciar un negocio textil, quién sabe si será un futuro Amancio Ortega. Era un compañero modélico, muy servicial, al que llamaré con el bonito y (ficticio) nombre de Leandro (del griego leandros: hombre agradable), especialmente amigable con las mujeres, en realidad amigo de todas y de ninguna. Condenados a pasar ocho horas juntos en el tren, quedaba descartada la posibilidad de hacernos los suecos. También quedaba descartada la posibilidad de entablar un diálogo audaz y divertido, así que la conversación transcurrió en los estrechos raíles de lo banal, con la inevitable la puesta al día: Qué ha sido de su vida, qué ha sido de la mía, qué ha sido de la de nuestros conocidos etc. Agotados los temas saqué de mi bolso un potente narcótico para dormir la siesta: mi libro. Pero en esto que no captó la indirecta y retomó la conversación, esta vez para adentrarse en el inquietante terreno de lo confidencial (algo insólito en alguien tan correcto, tan impecable y reservado), y sin venir a cuento me preguntó la cosa más extraña y peregrina que me han preguntado nunca, como si yo pudiese saberlo (Por supuesto, lo sabía):

-“¿Por qué crees que no gusto a las mujeres. A ninguna?”

La vida siempre te ofrece razones para el asombro ¿Qué le llevó a preguntarme algo así? ¿Cómo habría reaccionado él si en ese preciso momento hubiese sido yo la que le preguntase por ejemplo:
  
-¿Por qué no me besas?

¿Cómo habría expresado su asombro por un hecho tan inaudito? Seguro que habría buscado en la expresión de mi cara algún signo de enajenación mental transitoria. Miré de reojo su rostro hierático cuya boca se entreabría con una mueca de pez, sin expresión alguna, y acto seguido cerré los ojos, no sabía si hacerme la dormida, hacerme la sorda o pensarme bien la respuesta: conocía el motivo por el que nunca me gustó, sabía que la especie humana se habría extinguido si fuésemos la única pareja viva sobre la tierra, y sabía que –por idéntico motivo- no le podía gustar a ninguna otra mujer. Lo que no sabía era si sería capaz de decírselo.

(Parte II y fin)

-¿Por qué no gusto? No lo entiendo, insistió, me vuelco en hacer felices a los demás, me parece el mejor propósito en la vida, soy detallista: Soy realista y a la vez... a la vez soy un romántico.

-Uno de los últimos, fue mi tonta contestación, y me sumí en el silencio. Descubrir lo esencial de lo que eres y de lo que quieres en la vida es una búsqueda personal e intransferible, él había desplegado su mapa emocional ante mí y no estaba dispuesta a pisarlo cual elefanta en una tienda de porcelanas.

En vista de mi hermetismo hizo amago de levantarse del asiento y me dijo: Me voy a la cafetería del tren, ¿Te apetece tomar algo, un refresco…? Te invito.

-No no no, una fanta no, una fanta no, respondí nerviosa, como si él pudiese leer lo que le ocultaba desde lo más recóndito de mi pensamiento. Me puse roja y empecé a toser, lo que resultó providencial para cambiar de tema (al de mi asma) el resto del viaje.

Qué difícil encontrar el adjetivo que logre atrapar la clave de la nula atracción o el imposible feeling hacia un hombre; el rechazo al amor de un hombre al que una mujer nunca desearía tener bajo sus sábanas. Pero la hay: ¡”Pagafantas”! Es imposible abordar el concepto de "pagafantas" sin hablar del amor y su ilusoria perfección. Si la vida es sueño, el amor es el espejismo que nos mantiene dormidos; es una forma de egoísmo tan sutil y perfecta que nos hace olvidarnos de nosotros mismos. El amor encuentra su más bella y literaria expresión en el romanticismo... y nada lo personifica mejor que el pagafantas. El romanticismo está asociado indisolublemente a un destino trágico, es la poesía imposible de los mártires del amor. En este sentido, se eleva majestuosamente el pagafantas, capaz de dar su dinero y su orgullo ya no por el amor, sino por la promesa del amor; ofrecer humildemente su dignidad a cambio del espejismo de un espejismo.


Yo, como mi querido Alphonse Zheimer, también amo ese neologismo y no sólo porque sea una palabra maravillosamente descriptiva, libre, ajena a modas e imposiciones, sino también porque representa a todos esos héroes anónimos del amor: los pagafantas, los últimos románticos.




Al admirado Atticus Finch, todo menos un pagafantas.