Habían pasado tantos años que pensé, con inequívoca
nostalgia, que me gustaría volver a la playa a la playa de la Llana y ver si seguía estando
igual que en aquel lejano y hermético recuerdo que, por otra parte, no tenía
más trascendencia que la de una anécdota de verano. Se dice que no debes volver
al lugar donde has sido feliz… Y así pasó, la playa (llena de algas), seguía
siendo bastante bonita (por las dunas, sobre todo) pero insignificante comparada con el hechizo que el lugar ocupa
en mi recuerdo. Como una constante vuelta sobre mis pasos: fui, vi y regresé
con un dedo del pie roto (el mismo de siempre, siempre en las vísperas de un
viaje) pues no había piedras a las que darles una patada pero sí suficiente barro en el sendero, para resbalar y parar la caída con el dedo.
Domingo.
Somnolienta me preparo
el desayuno y tomo asiento en mi minúsculo reino frente al mar, abrumada por su
belleza siento la tentación del recuerdo, cualquier recuerdo que dejase en mí una nota
pasional, fulgurante e impredecible. La memoria, siempre lo he dicho, es
caprichosa: es capaz de apresar con férrea determinación la experiencia más
banal y que la más trascendental nos resulte inasible. Una viejísima canción se
asienta en mi cabeza: “mirando al mar soñéeeeeeeeee…” y siento el impulso visceral de
tararearla. Y la tarareo. Pero consigo evitar la tentación de mirar atrás y miro
fijamente el horizonte. Bendigo esta mágica y primaveral mañana de otoño, el presente absoluto, la
sensación de paz muchas veces ignota, una verdad, una realidad con rumor de mar…
Hace unos días volví a ver por
enésima vez “Memorias de África”. Luego me entretuve buscando información en
Internet sobre la mítica escena de la selva: cuando Robert Redford le lava y aclara
el pelo a Maryl Streep. Había diversas interpretaciones y matices sobre el
lenguaje cinematográfico y narrativo de la escena, pero todas ellas unánimes en
cuanto que se trata de una escena tremendamente sensual (acaso erotizante) cuando
no romántica.
La memoria tiene un inmenso poder
asociativo, es curioso cómo un hecho insignificante es capaz de traerte a la
mente un recuerdo que parecía disuelto en el olvido (donde no habitan los
recuerdos amados). Era verano, un pequeño grupo de amigos habíamos ido a
bañarnos a La Llana, una playa semidesierta con hermosas dunas, junto a las salinas.
Ese día vino Pedro, un estudiante de primero de Medicina, y trajo consigo a un amigo
de Málaga que tenía invitado en su casa. Nos zambullimos todos en el agua, al
rato los chicos se metieron mar adentro para bucear en las rocas y las chicas salieron
del agua a tomar el sol en la arena. Yo me quedé a remojo (me gusta pasar horas
en el mar, hasta que se me arruga la piel, en eso no he cambiado) con el amigo
de Pedro, de cuyo nombre aunque quiera no puedo acordarme, sólo recuerdo
vagamente sus ojos azules y su pelo negro ensortijado. En el breve espacio de
tiempo que nos quedamos solos saltó la chispa de la atracción mutua, una chispa
mojada por una prudente distancia en el agua, pero viva ¿acaso alentada por una
extraordinaria simpatía, por una extraña y sugestiva conexión, por compartir la
vista de unas hermosas dunas, por la sensación física del roce de las miradas? Pasado un rato el chico salió del agua y regresó
con un botecito verde con tapadera blanca en la mano. Era inconfundible, se
trataba de Edelmira, un conocido champú específico para lavar el pelo en agua
salada, el único champú que hacía espuma en el mar (al parecer, otros no) dejando
el cabello resplandeciente (detalle que sé que resulta apasionante). Para nuestra
sorpresa el champú no hizo la reacción química esperada, se cortó sin hacer ni una
pobre pompa de jabón, era como si su cabello escupiese el producto. Nos entraron
ganas de reír. Lo hicimos. Sin saber por qué, con toda naturalidad, me ofrecí a
lavarle el pelo y él se puso de rodillas delante de mí para facilitarme la
labor. Cogí el bote de Edelmira que flotaba en el agua y repartí el producto
por su cabello. Rápidamente comenzó a surgir la espuma entre mis manos. Le lavé
la cabeza con suavidad, masajeando con la yema de los dedos cual avezada
peluquera, pero con una lentitud impropia; le aclaré el pelo una y otra vez, y
otra vez, hasta perder la cuenta, atrapados cómo estábamos por la intensidad de
la sencilla y deliciosa sensación del contacto físico entre su cabeza y mis
manos. Embargados por un extraño sentimiento, el tiempo se deslizó en un mar de
espuma, entre la piel y la claridad: unos instantes o una eternidad. No sé.
Nunca le pregunté a Pedro por él.
Nunca me acordé de aquello hasta que hoy, contemplando la belleza de la playa
en otoño mientras pensaba en Memorias de África, me he visto sorprendida por la
fuerza de la sensualidad en un lejano recuerdo de siluetas juveniles a
contraluz, en un mar salpicado de pompas de jabón.
Me resulta difícil condensar en
palabras lo que mi viaje a China ha supuesto para mí y la magia que envuelve los
recuerdos de este gigantesco país asiático. Hace tiempo oí que una persona es
la suma de los libros que ha leído y de los viajes que ha hecho. Yo creo que
también es la suma de los amores que ha tenido, En ese sentido, China ha sido
un fugaz pero inolvidable amor de verano.
PD. Las fotografías han perdido mucha calidad al hacer el vídeo, y el vídeo no vale gran cosa, pero la mayoría de las fotos están bien, por eso las pongo a continuación con más nitidez (¡nada de miniaturas Lobezno!)
Funcionalia impelial estal en Campoamol…. Llegal el domingo
de Shangai enfelma, como si padecel fiebles amalillas (un chino estolnudal soble mi
blazo en el metlo), pero habel suelte y al final sel solo catalo vulgal
de avión y yet lag bestial. Cuando llegal a mi país tenel tanta fieble que delilal y salil huyendo del calol de 43`5 glados y del aile acondicionado.
Viajal al lejano Oliente (Oh!, sonal faltal) melecel mucho la pena (ya quiero volvel); cautivada por los paisajes ulbanos
futulistas y masificación locula china, y también atelolizada pol gigantismo de las ciudades y las avalanchas humanas. Allí hacel también mucho calol. Mi guía en Pekin llamalse Pepe. Aplendel muchas cosas y tenel muchas aventulas; viajal de polizón en tlen y hacel entlevista pala una televisión
china donde asegulal que yo no sel Melyl Streep, jajajaja, Oh no! en chino es: jijiji… Cada vez impoltal menos el qué
dilán (pala eso silve viajal); yo sel buena, mi vida sel mía y no pelmitil a
nadie lobal ni encablonal, jijiji
25.8.16
Como dijo Anaxágoras, "la vida es un viaje", y ese viaje son las ansias de volar de ese animalillo que llevamos dentro, su plumaje, la simpatía que brinda cuando reparamos en ellos convierte su cautiverio en delicia de horizontes, no vidas de cadenas y cerrojos… De ahí el misterio de la condición humana, de la memoria selectiva; cuando ya no precisamos de los recuerdos porque estos han huido; se han apartado del tiempo y dejan solo el presente del presente; el instante del instante.
Alguien decía que, como en el poema de Kavafis (el viaje a Ítaca) lo interesante es aprovechar el camino; arribar a muchos puertos, conocer a gente sabia, disfrutar de lo que te ofrecen otras culturas, practicar el extrañarse y no dejar nunca de ser curioso… Dicho esto, del verano queda una brisa empapada de encanto y la frescura de las olas al anochecer, y al frente, ¡parece que hay un chino en medio de la nada tomando el té!
“El destino –el destino genérico y nervioso- de cada ser humano consiste en ser un individuo único, en encontrar su propio camino, vivir su propia vida, enfrentarse a su propia muerte.
No voy a fingir que no estoy asustado. Pero mi sentimiento predominante es el de gratitud. He amado y he sido amado, he amado mucho; y he dado algo a cambio; he leído y viajado, he pensado y escrito. He mantenido un diálogo con el mundo, ese diálogo especial que mantienen los escritores y los lectores.
Por encima de todo, he sido un ser sintiente, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, en sí mismo, ha sido ya un enorme privilegio y una aventura.”
Hay reflexiones que me emocionan cuando las leo. Estas palabras pueden sonar a lugares comunes, a frases sencillas e inspiradoras o simplemente a palabrería, pero las escribió Oliver Sack, un científico, probablemente el neurólogo más famoso del mundo, cuando le dijeron que le quedaban pocos meses de vida. Desde ese instante la palabra deja de ser palabrería y se convierte en reflexión, la reflexión en testimonio y el testimonio en un sobrecogedor canto a la vida.
En una de estas siestas estivales, me sumergí de pronto en un documental sobre lo cuántico, no te lo pierdas. Creía que era asunto de fórmulas matemáticas de Einstein, y por lo tanto, zona vetada para mí; pero, para mis sorpresas (pues se sucedía una tras otra), resultó que las mejores cabezas pensantes del mundo (los Premios Nobel de las Universidades de Estados Unidos), emparejan sólidamente la realidad y la materia de la naturaleza…¡con los sueños!, que siempre ha sido lo mío. Y quedé estupefacta y perpleja. Compré un tomazo sobre esto, de Stephen Hawking, y ha caído en mis manos la aseveración de Bertrand Russell (creo que se escribe así), de que la materia constitutiva de la realidad son los sueños, y eso ha acabado por convencerme y deslumbrarme a la vez en la tarea que hemos de soñar.
Sé que suena a determinismo puro y duro pero cada vez creo más (quizás entroncando con el tema de los sueños y la realidad) que si somos el sueño de alguien nada podemos hacer, si nos sueñan o soñamos no puede ser una constante pesadilla, por el contrario los sueños, lo onírico ha de ser poesía.
De todos modos, creo que el tomazo de los sueños de los que está hecha la materia (de Stephen Hawking) que compré hace unas semanas habrá de aguardar su turno (si lo hubiera), porque me está quemando mucho en la punta de los dedos la fascinante historia de Oliver Sacks, sus memorias: “En movimiento. Una vida”, y espero que sea el libro del verano, Uno de los atractivos del verano es que cada vez que ne pongo a leer he de hacerlo en el sofá porque me quedo dormida, sesteando. Soñando.
Sabes que siempre ocurre lo mismo. El primer día de playa, el
primer paseo por la orilla del mar y te aventuras por los pasadizos de tu
pensamiento en busca de ese santo grial que es la evasión. Inicias el paseo
pesando que el mar y el rumor de las olas te van facilitar el acceso a la forma
más trascendental de meditación: la mente en blanco. Lo anhelas, necesitas
dejar de pensar y lo vas a conseguir: vas a volverte bradipsíquica, tu
encefalograma se va a ralentizar y finalmente te vas a sumergir, sin reservas,
en un estado de anestésica idiotez.
Los mejores deseos son aquellos que nunca se cumplen. Y me temo que este es un
deseo de los buenos. Cuando has recorrido unos pocos metros de playa, te das
cuenta de que estás más cerca de los astros que de mostrar una mirada
indiferente y abstraída ¿Quién podría aislarse ante tal cantidad de grasa, tripas,
flacideces, michelines, mollas, cartucheras, celulitis? ¿Quién podría aspirar a
ser Siddhartha en ese oasis de desinhibición visual? Pese a todo te sientes
frívola y optimista (más lo primero que lo segundo) y te haces un favor
pensando: “bueno, después de todo, no estoy tan mal”.
Continúas el paseo y ni siquiera tratas de enmascarar una sonrisa malévola
cuando observas a un ejemplar oriundo de villa-gimnasio, mostrando el resultado
de muchas horas de esfuerzo, tenacidad, y constancia dedicadas al trabajo de la
fibra muscular. Pertenece a esa estirpe de exhibicionistas que cuando se cruzan
con una persona atractiva no la miran, sólo miran si ella lo está mirando.
Súbditos del rey Espejo. Le diriges una mirada impúdica, a sabiendas que no
hacerlo supondría una afrenta para su ego, pero no contiene un ápice de
admiración o deseo –en contra de lo que él supone-. Nunca he pensado que el
diámetro pectoral correlacione negativamente con el número de neuronas, pero me
da en la nariz que el efebo que tengo delante no es Dostoievski.
Prosigues tu antes paseo ahora vía crucis. Observas esbeltos cuerpos de mujeres
aunque, todo hay que decirlo, escasos y en su mayoría adolescentes. Pero
indefectiblemente, vuelves a fijarte en las flacideces y más que nada en las
obesidades que se cruzan por doquier y piensas: “¡Dios, espero que ese no sea
mi futuro!”. Sigues caminando mientras intentas ahuyentar estas elucubraciones
tan terroríficas. Ahora te percatas que en la playa el monopolio –hoy por hoy
indiscutible- de la grasa se ve seriamente amenazado por una joven rival: la
silicona. Inconfundible su presencia en aquéllas que toman el sol acostadas con
los pechos inmóviles, como embudos de acero, sin desparramarse ni un milímetro,
mostrando un busto que ha perdido la delicada textura de los flanes y ahora
desafía enhiesto la ley de la gravedad.
Ha llegado ese momento en que sólo aciertas a ver cuerpos y no seres humanos y
las diferentes formas de terrorismo estético que los segundos practican con los
primeros. A lo lejos se ve venir a una mujer de unos 150 Kg. de peso, sus
pechos parecen dos boyas colosales y ha tenido la feliz idea de realzarlos con
un biquini fucsia con un estampado que imita la piel del Leopardo. Me encanta
la gente que no muestra complejos (aunque eso no quiere decir que no los
tenga). Ella no aparenta tenerlos y se exhibe como auténtica apología de la
impudicia, preguntándonos a todos a través de su apariencia: ¿Y qué…? Ella es
ella y su circunstancia (un biquini fucsia). Y yo la admiro por ello.
La micro-odisea playera ha finalizado. Te despides del mar quien creías musa de
tus divagaciones y resulta que no lo has mirado ningún instante. Te das cuenta
que, pese a todo, tu periplo por la evasión y el nirvana no ha resultado en
vano, pues en ti acaba de germinar una certeza devastadora, inexcusable: ¡Esta noche cenaré fruta!
Me gusta esta playa, tiene
nombre de poeta, pero me gusta ahora y no dentro de unos días, cuando
ruja la marabunta de agosto, y que, el día uno, convertirá tu vuelta al lugar de trabajo en una isla deliciosa. Me gusta más que nunca la brisa del
mar que inhalo como si me faltase el aire, impelida por la necesidad de respirar,
jejeje (detalle que sé que resulta apasionante).
Como si hubiese realizado un
viaje al pasado, compruebo que la vida es ese río ,del que
habla Siddhartha, en un constante cambio pero siendo siempre el mismo, porque el
tiempo no existe. La entrada que inicia este post la escribí hace cinco o seis
años (Lobezno seguro que la recordaría); siempre el mismo primer paseo del
primer día de playa, que cambia pero siempre es igual. Bueno, este año hubo
alguna novedad digna de mención si bien ninguna puede superar la imagen de una
señora entrada en años, dispuesta a darse un chapuzón con un elegante bañador
negro y ¡un collar de perlas! a juego con los pendientes también de perlas! Pura
hipnosis.
Se agradece, sin embargo, esa liberadora sensación que te embarga
mientras paseas por la playa observando a sus moradores y hace que te olvidas de
que existen unos políticos que no entienden algo tan simple como que la gente
no les ha votado a ellos; ha votado en contra de las mayorías, del
bipartidismo, de la acumulación de poder, de la partidocracia, de los rodillos.
También te olvidas de los atentados, de las purgas políticas en Turquía, de la
interminable página de sucesos. Dejas volar la imaginación y empiezas a pensar
en el aspecto que debió tener esta playa hace cientos de años, me imagino a mi
misma transitando por esos caminos milenarios como una cromañón, jajaja.
Estás
de vacaciones, tienes miedo a acostumbrarse a ese extraño estado delicuescente
y perezoso, cuando ya te has acostumbrado. Decía Voltaire que “El que vive prudentemente,
vive tristemente”, debes meditar por qué este año has cometido la
imprudencia de comprarte un biquini fucsia, y debes dejarte sacudir, imprudentemente,
por esas olas que salpican nuestras vidas de la felicidad de sentirse vivo y por
esa música que, inevitablemente escuchas con especial emoción.
Eres cuanto recuerdas, sin dejar el momento presente y pasajero que ha de instalarse luego en la memoria y acompañar, mas tarde, hermoso y rutinario, donde buscamos fieles las íntimas presencias
El desierto era una travesía, el invierno no fue invierno, la primavera me trajo el asma pero también colinas llenas de verde, árboles y gorriones deliciosos, propios y magnéticos. Hoy, al fin llega el verano, aunque comenzó el 21 de junio de todos es sabido que el verano comienza en un mes llamado julio. Estoy contenta, y algo dentro de mí dice que también alborozada: Esta mañana, el médico que me trata el asma me ha dicho que estoy mucho mejor y, con algunas indicaciones, me ha dado permiso para viajar a China en septiembre, mi segundo viaje a Oriente. Me siento como cuando aprobaba el curso en junio y me iba a la playa con mi madre y mis hermanos a pasar el verano (mi padre era el típico Rodríguez que trabajaba el mes de agosto). El verano… Mi recuerdo de adolescencia es un cine de verano que olía a galán de noche (un arbusto que por la noche, y sólo por la noche, desprende un olor embriagador) y que tenía unos asientos inhumanamente incómodos. Recuerdo los paseos en bicicleta. Recuerdo los baños en el Mar Menor donde el agua cubría menos de medio metro. Recuerdo las pandillas, los atardeceres, los helados, las estrellas fugaces y los primeros amores de verano. ¡Qué recuerdos y qué cosas! En este punto me resistiré a seguir exponiendo un muestrario de recuerdos veraniegos encantadoramente intrascendentes. Hace unos días le comenté a un querido amigo que desde que tengo asma no he dejado de estar afónica ni un solo día y he perdido mi voz suave y cristalina, y con el mismo humor, para subirme el ánimo, me responde que ahora a que tengo la voz ronca podría empezar a ligar por teléfono, porque según tiene entendido a la fauna masculina le ponen las voces roncas, jajajaja,
He aquí una foto de aquellos lejanos meses estivales. Siempre salía en las fotos mirando hacia otro lado, ocultando la expresión. Alejandro Borgia decía que "El rostro expresa la sorpresa de soportar las orejas" jajajaja, sencillamente delicioso. Cuántas veces he corroborado que tenía razón, jajajaja.
Proust dice que las mujeres no son más que preguntas y respuestas. Suponiendo que sea así, hoy estoy como los gorriones en verano, hoy no me hago preguntas, simplemente estoy contenta, y no me importa que alguien pueda ver, sin máscaras que me protejan, la niña que hay en mí. Otra trascendencia que se hace disyuntiva.
En fin… ¿Conocen la película de Tim Burton “Big Fish”? En ella se dice una frase muy bonita que, creo, expresa de manera inmejorable y muy precisa lo que quiero decir: “éramos como dos desconocidos que se conocían demasiado bien”.
Del silencio brota un
árbol de música.
Del árbol cuelgan todas las palabras hermosas
que brillan, maduran, caen.
En mi frente, cueva que habita un relámpago...
Pero todo se ha poblado de alas. (Octavio Paz)
Esa mañana, haciendo tiempo para hacerme unos análisis, paseando tranquila entre árboles centenarios, estuve observando los simpáticos y enternecedores saltitos de los gorriones.
Siempre me interesaron los gorriones, las graciosas y ligeras criaturas que son, tan minúsculos como las esperanzas humanas, pero tan determinantes en el acuciante deseo de volar, como si en ello se encontrara algo indefinido que se busca, y que carece la tierra. Creo que representan la curiosidad por todo, que es lo que salva al alma de verse enjaulada.
Llevas un tiempo que no te encuentras bien. Siempre estás afónica, te pasas la vida tosiendo, y en el silencio de la noche escuchas crepitaciones, que no son de grillos o pajaritos sino que provienen de tu pecho. Y no quieres ir al médico porque, como es sabido, si vas a un médico siempre te encontrarán algo. Prefieres esperar y confiar en que sea algo pasajero. Y esperas pero no es algo pasajero. Cuando quieres darte cuenta estás en la consulta de un Hospital esperando un diagnóstico y recordando la frase de Woody Allen: Lo mejor que te pueden decir en la vida no es ‘te quiero’ sino “es benigno’. Comienzas a divagar pensando que el tabaco te está pasando factura, aunque lo dejaste hace más de veinte años: Ahora me van a decir que en la radiografía se ve una mancha en el pulmón, piensas. Lo que parecía que le pasaba a los demás, hoy te pasa a ti. Nadie se dedica constantemente a recordarnos que todo puede cambiar en un instante, tampoco podemos (ni debemos) instalarnos en el pensamiento de nuestra insoportable fragilidad. Mientras que la muerte es parte de la vida, la razón de ser y existir de la enfermedad es misteriosa. Puede parecer una tontería, pero pienso que estar en riesgo permanente es uno de los motivos por los que apreciamos tanto la vida, ya que no la amaríamos tanto si viviésemos mil años como las secuoyas, o tuviésemos siete vidas como los gatos. A esto los escépticos lo llaman “instinto de supervivencia”. Yo, en cambio, lo llamo “apego a la vida”. La muerte será simplemente el adorno que pondremos al regalo de la vida pero, mientras tanto, por muy concienciado que se esté nadie está preparado para sufrir.
Por fin: ¡Ha habido suerte! Le das gracias a Dios porque no te han encontrado nada en el pulmón, y piensas: ¡De buena me he librado!, te entran ganas de cantar pero no lo haces porque no es el lugar ni el momento y porque no paras de toser. Pero tampoco te vas a ir de rositas, sigues pasando pruebas y después de soplar por un aparatito, como si fuera un control de alcoholemia, te dicen que has rebasado todos los límites, que estás beoda perdida, pero no de alcohol, de óxido nítrico, y te dan un diagnóstico irrebatible: Tienes asma. Una infección viral puede desencadenar un asma. Y el asma te dice: Hola, estoy aquí y vengo a cambiarte un poco la vida. Tras las explicaciones del galeno me doy por enterada: una bronquitis asmática es como la calvicie súbita, que no se cura, pero se puede sobrellevar. Por supuesto esa comparación es humor negro de mi cosecha. Lo único que piensas en ese momento es que podía haber sido peor, y te conformas porque sabes que vas a sobrellevarlo. Incluso quieres bromear: que ya no podrás correr en las próximas olimpiadas, que ya no tienes futuro en Roland Garrós, que si no harás esto o aquello y en todas esas cosas imposible que nunca podrías hacer pero ahora ya tienes una buena excusa, jajajajaja. No llego más allá, no puedo hacer una reflexión extraordinaria, no me siento víctima de nada; estoy pensando en el inhalador que me han prescrito, que lo tengo que llevar conmigo a todas partes; estoy pensando en el calor tibio de los pañuelos que siempre llevo al cuello (cual llanera solitaria) que, a partir de ahora serán inseparables; estoy pensando que respirar el aire limpio del mar me irá bien, pero no en sentido figurado; estoy pensando en la solidaridad de mi compañero de trabajo, dispuesto a dejar que nuestro despacho se convierta este verano en una sauna (un verano en Murcia es un verano en el Sahel);me ha prometido no poner el aire acondicionado, incluso dice que le irá bien asarse como un pollo para perder unos kilos, jajajaja.
La realidad es que hay que aprender a sonreír más por dentro que por fuera. Está claro que cuando no nos lastran nuestros temores, nuestras dudas, y el terrible peso del tiempo y de los años, lo hacen las enfermedades, pero hay algo sustancial, que te puede ayudar a sobreponerte: encontrar el sentido de las cosas; saber dónde estamos y adonde queremos ir. Y con los años, con las adversidades, los éxitos, los fracasos, con los buenos momentos, con los instantes de belleza, sobre todo, con los instantes de belleza, lo vamos sabiendo.
La vida no es de color de rosa, depende de la generosidad de la luz y esta puede ser intensamente azul, como la luz de un faro para un barco extraviado en la noche.