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25.3.16

¿Qué pasa con Hopper?




Al pintor de los zapatos azules




El viejo debate —un delicioso enigma sin resolver— que expresaban Kandinsky y Stella acerca de lo visible e invisible en el arte: de una parte aquella feliz idea que Kandinsky anunciaba al referirse al sentido de su pintura, "expresar lo invisible en términos de lo visible"; y de otra la eficaz fórmula de Frank Stella en la que plantea que el arte es un ejercicio formal en "donde se ve lo que se ve"…

Hopper decía: “la respuesta está en el lienzo”

Lo que pasa con Hopper es que él ve lo que uno siente y se anega en ti.  Ve prodigiosamente esos momentos tan intensos e iluminados de la soledad de todos los tiempos y personas. Se puede pintar a una persona que está sola y no transmitir soledad, pero él logra pintar gente solitaria, sabes que es gente solitaria, más una forma de sentirse que estar o no acompañado. Poco importa dónde están. Menos aún a quienes son. La intimidad de su soledad, paradójicamente, provoca sentimientos de unión, de cercanía, de conexión.

Su pintura ejerce una seducción pasiva que no acaba de ocultarse. Ves la incomunicación, aquella que nace cuando el barniz de las relaciones humanas se destiñe y cae al suelo a las primeras o últimas de cambio; el desfonde del trato humano y sus miserias, cuando las dobles y hasta triples caras de algunos se demuestran en toda su gloria, aquello que lleva al repliegue cada vez más contumaz de uno misma… innecesarios silencios, traiciones y desencanto.


¿Quién no sintió alguna vez que estaba esperando un tren en una estación desierta? Un espectáculo de libertad y de posibilidad, y nadie como Hopper para captar esos instantes de tránsito, esa sombría sensación, tan maravillosa.



23.3.16

Dos instantes y una araña




Otawa 2015


Bajo los huevos de la araña (con perdón)


Japón 2008


14.2.16

Ondas gravitacionales



Aunque parezca mentira es invierno. Tarde de sábado. Gripe o catarro (o lo que sea): fiebre persistente, que no es mucha pero suficiente para tumbarme en el sofá. Mantita, miel, calor, frío, calor, frío, calor… dolorcillo de piernas, tos, estornudos, ojos llorosos, trancazo, postración… ufffffff cómo se notan los años. Todo complota para ocupar la tarde viendo “La juventud”. Prometedora por su título (y por un cierto espíritu masoquista), y porque su director es el de “La gran belleza”, una película que me dejó atónita. No sólo es una película hipnótica para mí, sino también para mucha gente (un paisano la describió como una obra maestra, una concentración extraordinaria de talento a la que el cine, el relato clásico, se le queda pequeño, insuficiente para respirar). Respiro mal esta tarde. A veces más que respirar suspiro. Si he de ser sincera, te echo de menos. Desde que volví de Madrid, las mañanas –de camino al trabajo- han perdido el brillo. Lo peor es que me cuesta recordar que cuando abrí este blog, me propuse buscar todos los días un “instante de belleza” (e intentar plasmarlo aquí), propósito que a empieza a parecerme una utopía.
…

Es una buena película. Me ha gustado, aunque me gusta más La gran belleza. En realidad me gusta el cine de Paolo Sorrentino, es personal y me encanta cómo reflexiona sobre las cosas. La película me recuerda un poco lo que decía Oscar Wilde sobre la vejez: la tragedia no es ser viejo sino haber sido joven. Siempre he dicho que siento predilección por los actores de cine, en detrimento de las actrices y ésta es una película de actores. Es un placer ver trabajar a Michael Caine, está fantástico, es de esos actores que lo llenan todo con su carisma, y no le hace falta mucho más. Siempre le imprime dignidad a sus personajes, y elegancia. Y está Harvey Keitel, un actor más temperamental, muy bueno también, en realidad dos estilos de actuación muy diferentes. 
  
Dos hombre que han triunfado en lo suyo respectivamente: un gran director de cine y un músico respetadísimo, en el ocaso de sus vidas ¿y qué es lo que les importa?: Lo humano, el deseo, las emociones. Alguien dijo que las emociones están sobrevaloradas, -dice el personaje de Harvy Keitel- pero eso es una gilipollez (creo que usaba otra palabra); es lo único que nos queda…”Las emociones son todo lo que tenemos”. La emoción, la belleza, el deseo…Al fin y al cabo por mucho que hayas dedicado tu vida a algo que te ha permitido ser alguien sobresaliente o importante, al final lo que te quedará, lo que realmente importa, lo verdaderamente humano son las emociones.

Las emociones son nuestra onda gravitacional.

Ya es 14 de febrero, un día que no celebro de nunca. En este punto me voy a resistir a exponer un muestrario de reflexiones deliciosamente intrascendentes. Me limitaré a decir que no celebro ningún día mundial de nada, a excepción del día mundial del gorrión. Mucho antes que celebrar el 14 de febrero celebraría el 14 de septiembre, día en el que se descubrió el sonido de las ondas gravitacionales en el universo. La fusión por un breve momento, una fracción de segundo (¡un verdadero instante de belleza¡) de dos agujeros negros hace mil millones de años, y su vagar errante más allá de nuestra galaxia, suena como el gorjeo de un pájaro, según los científicos.


 La insoportable levedad de un gorjeo. (Qué maravilla). 





23.1.16

"La vida dura toda la vida"



Qué buena frase, es de una película que se llama “Marcheroni”. La vi hace años, es un peliculón, la recomiendo, y también recomiendo el artículo que León de Aranoa ha escrito sobre ella. Casualmente lo leí esta tarde en el tren, cuando regresaba de Madrid. 

Es un buen artículo escrito por un gran cineasta, de lo mejor que tenemos aquí. Sus películas “Los lunes al sol” y “Barrio” a mi juicio son obras maestras. Por cierto, no sabía que “los lunes al sol” viene de una canción francesa “le lundi au soleil”, creo que en Francia basta con que sea lunes y haga sol para que alguien la tararee. Eso sí que es bonito. Creo que acabaré pidiendo la nacionalidad francesa, me avala mi amor por los macaron y mi pasión por el champagne francés.  Esto me  recuerda a una escena de “Casablanca”

 



31.12.15

Hoja de ruta


A ti





Ignoro las razones del porqué
celebro el último día de este año con un poema (¡indefectiblemente ñoño!)
y un ambicioso plan de ruta para el próximo.
Lo ignoro, pero me propongo
capturar al vuelo instantes de belleza
para (si gustas) gozarlos y degustarlos contigo
como delicados sibaritas,
y ahora que estamos a solas, agrandar tu sonrisa  
lo que me hace pensar en lo apetecible de tus labios
y en gestionar los sueños que se encogen y se expanden a un tiempo;
tan livianos como contar gorriones en el cielo
tan trascendentales como la necesidad respirar
tan turbadores como esas emociones que no sabemos nombrar,
y, segundos antes de ese instante, la vida vivida con emoción
o simplemente, vivida
y en ese instante: belleza
inaudita


¿Algo que objetar? 

19.12.15

Ahora que nos toca decidir


Para mí está claro. No pienso votar a los Populares, pero tampoco me gustaría tener un gobierno tipo Podemos. Ciudadanos (cuya propuesta de supresión del Senado me agrada mucho) me parece una versión light del PP. Al PSOE lo veo podrido, aunque ideológicamente sería el partido con el que más tendría en común, más nunca sería este PSOE, sino lo que debería de representar: la socialdemocracia europea, que de seguro no es el zapaterismo, Rubalcaba o Pedro Sánchez. El problema de la política española es que ha proliferado la dictadura de partido y no emerge la inteligencia, la genialidad, el pensamiento libre. Votaría en blanco si no fuese porque, en esta ocasión, ni siquiera me acercaré a votar; me quedaré en la cama igual, que la música electoral nunca me supo levantar… En el voto (o no voto), como en todo en la vida, cada uno busca sus propias razones y cualquier razón que se encuentre es buena pues, al fin y al cabo, cada uno se representa a sí mismo, o como dicen por ahí: cada cual con su conciencia. (Estoy sorprendida de estar escribiendo sobre el tema; soy extremadamente reservada respecto a mí misma)

Eso sí, si hubiese un partido que dijera: “Se va a suprimir el impuesto de Sucesiones”, entonces yo votaría a ese partido con los ojos cerrados. Sé que es algo subjetivo, una manía personal que tengo, sé que aflora en mí lo puramente visceral, pero me causa una indignación suprema que exista un impuesto que penalice la muerte y que morir sea un hecho impositivo. Conozco a personas que han tenido que renunciar a la herencia por no poder afrontar los gastos fiscales (claro está que no es el caso de los herederos de la Duquesa de Alba, ni de la familia Pujol). Tengo una amiga que está en el paro y que se ha quedado en la calle al no poder heredar la casa de su padre, en la que vivió con él hasta que este murió, por no poder pagar el impuesto. A nivel moral y a ningún nivel ¿qué derecho tiene el Estado a quedarse con su casa?  ¿Por qué el Estado tiene que meter la zarpa en lo que una persona –mucho o poco- ha estado ahorrando con el esfuerzo de toda su vida? ¿Y por qué la doble imposición? Es tan injusto que todos partidos prometen rebajarlo o regularlo, pero hasta ahora ninguno ha dicho: ¡Lo suprimo!

Está claro que, con más pena que gloria, ganará el PP, pero no se sabe con qué diferencia de votos y si va a poder formar Gobierno etc. etc.… Son unas elecciones inciertas y son interesantes en ese sentido, habrá que ver qué panorama. Acaso el voto no es más que una moneda de cambio, un boomerang que te puede dar en plena cara: votas a un candidato, ellos pactan, e invisten a otro.  Me pregunto si las campañas electorales sirven para motivar algún voto, me pregunto a donde van a parar las promesas electorales y por qué su incumplimiento no se recoge en el código penal. Me pregunto y me pregunto, y de fondo –casi imperceptible- suena la voz de José Feliciano con el estribillo de “que será será, será lo que será”.  Charles Baudelaire decía:
“… pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:
-¡Es hora de embriagarse!

7.12.15

Fotografía en blanco y negro


Hay recuerdos que no voy a borrar,
personas que no voy a olvidar.
Hay aromas que me quiero llevar
y silencios que prefiero callar.
(Fito Páez)








Me gusta esa frase que dice que la verdadera patria de un hombre es su infancia. En esos años se vive todo con más intensidad, con mayor entusiasmo, el tiempo discurre mucho más lento y estamos protegidos por esa burbuja –frágil y fuerte a la vez- que es la inocencia. Esta fotografía en blanco y negro es la huella lejana de la inocencia.

El tiempo borró tantas cosas, que parecía que nunca hubieses existido, hasta que, mi hermana (que era amiga de tu hermana) me dijo que habías muerto. No pude evitar que me invadiese el escalofrío y una gran tristeza, y no porque, lamentablemente, no te volveré a ver más (pues no te reconocería después de tantos años), sino porque supe que antes de eso habías perdido a tu esposa y con ella tus ganas de vivir.
   
Mis recuerdos más tempranos se agolpan de manera caótica, formando una maraña difícil de desenredar, pero cuando empiezo a rememorar compruebo que en todos ellos estás tú. Está claro que fui precoz en amores. Tú fuiste mi primer novio a la tierna edad de cuatro años. Un noviazgo oficial y admitido por nuestras respectivas familias a las que les debía hacer mucha gracia. Vivías en el tercer piso y yo en el cuarto y jugábamos en la entrada o en el rellano de la escalera a que tú eras mi marido y yo tu mujer. Nuestro juego siempre consistía en que volvías de trabajar (trabajabas en una oficina imaginaria), aparcabas la moto imaginaria y dejabas la cartera imaginaria al entrar en nuestra casa imaginaria, en la que yo te esperaba cocinando y te daba un real beso de bienvenida. En nuestra visión del mundo todos los maridos eran probos oficinistas y todas las mujeres hacendosas amas de casa. Pero la vida de casados era tan aburrida que los roles que representábamos apenas duraban unos minutos y el juego, idéntica y primorosamente repetido, tocaba a su fin cuando llegaba el beso, como en las películas. Acaso todo el juego era una excusa para darnos un beso, en realidad, lo pasábamos mucho mejor jugando a ser lo que éramos: niños, subiéndonos al tronco del árbol doblado, jugando al escondite y a la pelota o compartiendo juegos con otros niños. Éramos inseparables, siempre cogidos de la mano, éramos felices, la vida era un amanecer siempre nuevo. 

Hasta que un buen día, con mi familia nos trasladamos a vivir a otra casa, en el mismo barrio pero lejos de la tuya. Esa distancia, el colegio, y otros nuevos amigos hizo que nuestra separación fuese indolora, porque en aquellos años la vida era indolora, y porque la ingenuidad es eso, un desconocimiento total y absoluto del dolor. La infancia es ingenuidad y la ingenuidad suele parecerse bastante a la felicidad.

Las laderas del recuerdo a veces desembocan en las playas del olvido, sin embargo, hoy sé que nunca olvidaré cuando me cantabas: “…Tengo una novia que vale, más que la fuente de Roma…” Si nuestra memoria infantil es capaz de almacenar detalles insignificantes es porque en su día esos hechos nos parecieron grandiosos, y en la infancia todo es colosal; tu padre es un gigante, y se parece a Gregory Peck, tu madre es Ava Gadner, la mujer más hermosa del Planeta, tu barrio es la ciudad y tu ciudad es el mundo, y… era grandioso que tú me cantases esa canción.


La infancia puede marcarnos, incluso puede dar color al resto de nuestras vidas pero hoy es una foto en blanco y negro. Mientras la miro, entre la sonrisa y la nostalgia, siento que el tiempo se ha detenido y que el mundo y yo estamos en paz.


13.11.15

13 de Noviembre


Lo mejor estaba por llegar: Tu cumpleaños. ¡Cuántos años, eh! (me refiero a los años de amistad).

“Felicidades” viene de: felicidad es. En cierta manera, la felicidad es, en esencia, un poso. Lo importante no es el sabor sino el regusto. Así pues la vida merece un buen tiento (y a más cumpleaños, más tientos), olvidar los malos momentos, recuperar los sueños que duermen olvidados, y vencer ese maldito orgullo por el que tantas historias se dejaron de vivir. 






FELIZ CUMPLEAÑOS




6.11.15


Esta tibia mañana de otoño ha venido a la hora del desayuno. Luego se ha marchado a alegrar los cielos grises.



23.10.15

Abrazos con botas




Sólo se vive dos veces, una vida para ti y otra para tus sueños…




La vida se resume en sueño que no tiene sueño, más no pretendo sacar a colación la filosofía de los famosos versos de Calderón (que la vida es sueño y los sueños son) ni tampoco voy a hablar del sueño físico. Prefiero hablar de esos sueños perturbadores que se sueñan con los ojos abiertos, sueños que nada tienen que ver con la esperanza. Prefiero tener sueños a tener esperanza. La esperanza siempre implica espera; incluso la espera suele implicar esperanza. Es más, pienso que la esperanza es sólo una forma poética de llamar a la espera. 

Soñar despierta sin esperar nada es el camino hacia el reino de la felicidad, a cosas increíbles que en la vida no suelen pasar. Sueño despierta con sensaciones, sueño sin soñar, sueño con la mente serena y el corazón desbocado (el corazón es un músculo que sólo requiere ejercicio y cabalgar). A veces intento capturar recuerdos de instantes de belleza que la pátina del tiempo va borrando y no consigo retener en mi memoria con claridad, otras veces son antiguas melodías que me traen sentimientos nuevos, o es el tiempo detenido en lugares a los que viajé. A veces son sueños encantadoramente surrealistas (pura hilaridad), un cúmulo de sensaciones inéditas: una mirada que me taladra, la tibieza de una caricia repetidamente resbalando por mi piel o… abrazos. 

Sueño con abrazos locos, apasionados, inverosímiles…Abrazos con botas.

 

21.9.15

Los perros de los mendigos


En el rellano de la escalinata que conduce a mi trabajo, llevaba viendo varios días a un mendigo extranjero con pinta de Bob Dylan octogenario, acompañado de un precioso perro. Era para hacerle la ola. Al perro. El mendigo debía ser consciente de lo magnífico que era el animal porque se notaba que lo cuidaba bien. Probablemente ese perro sería una de las mejores cosas que le habían pasado en la vida. Lo bonito es que esos animales pueden dormir al raso, estar desnutridos, pasar hambre y frío, pero son fieles, siempre dan todo lo que tienen, sea su dueño un presidente de un país, un rey o el mendigo de la esquina. Da igual, su amor es incondicional, y me provocan mucha ternura.  

El perro del Bob Dylan era majestuoso, me faltó hacerle una reverencia a tanta nobleza. Su dignidad ennoblecía al mendigo que, probablemente, era más persona gracias al perro. Yo pasaba por delante de ellos en silencio, y miraba al perro sin decir palabra. El mendigo no pedía dinero, simplemente quería dormir allí, y aunque el perro estaba lustroso y nada famélico, le pedí al portero del museo (que había hecho cierta amistad con el mendigo) que me tuviese informada y se encargara de que no les faltase nada. Esta mañana ya no estaban, su marcha me ha producido cierta melancolía, lo confieso. ¿Qué me llamaba tanto la atención? Era simplemente la mirada del perro. Mi hermana, después de mucho pensar y buscar, ha conseguido tener un perro insoportable e hipernervioso, y mi vecino igual; tiene otro perro también insoportable e hiperactivo, cuándo los veo por la calle siempre me pregunto quién pasea a quién, el perro (de raza) labrador tira con tanta fuerza del dueño que lo lleva en volandas. En cambio los mendigos no sé cómo lo hacen pero tienen los mejores perros, los más tranquilos, los más sensatos, los más pacíficos, porque los perros son como las personas. Yo creo que los perros de los mendigos son una raza; la misma raza en cualquier lugar del mundo, se llama: raza perro de mendigo. Una de las mejores criaturas que pueden existir en la faz de la tierra.




Montreal 4-9-2015

31.7.15

Nubes






Una calurosa mañana de verano, al poco de comenzar mis vacaciones en la playa de Campoamor, cual astro del balompie, le propiné una buena patada a una gran piedra que, camuflada bajo el agua, se interpuso en mi camino, y aún sigo sin entender qué se me había perdido a mí para pasear, incauta e impetuosa, por la (única) zona rocosa que había en la playa. El resultado fue la rotura del dedo corazón de mi pie izquierdo, (en curiosa evocación del título cinematográfico). Este percance me ha confinado al reposo casero y a permanecer varada en la más pura de las indolencias estivales. Con el pie en alto me viene a la menta la ironía de aquella canción: “Una piedra en el camino, me enseñó que mi destino era rodar y rodarrrr”. Dispuesta a no desesperar por un paso mal dado (que no ha sido el primero ni será el último) he pasado las tardes viendo el silente pasar de las nubes sobre un cielo intensamente azul, azul como el agua, como el horizonte en el que se sumerge el mar al atardecer, y sin poder resistirme a hacerle alguna foto con el móvil. La contemplación del lento pasar de las “diminutas gotas de agua líquida en suspensión”, me recuerda el magistral texto sobre las nubes de Azorín que una tarde nos leyera a sus alumnas de COU, D. Juan, el catedrático de Literatura. Su voz grave reverberaba prodigiosamente en medio del silencio, ante nuestro asombro por la hondura de aquellas palabras y por emoción con la que nos las estaba transmitiendo. Comprendí en aquel momento que esa lectura se convertiría, como así fue, en uno de los recuerdos más preciados de mi época del Instituto:

“…Las nubes nos dan una sensación de inestabilidad y de eternidad. Las nubes son –como el mar- siempre varias y siempre las mismas. Sentimos, mirándolas, cómo nuestro ser y todas las cosas corren hacia la nada, en tanto que ellas –tan fugitivas- permanecen eternas. A esas nubes que ahora miramos, las miraron hace doscientos, quinientos, mil, tres mil años, otros hombres con las mismas pasiones y con las mismas ansias que nosotros… La existencia, ¿qué es sino un juego de nubes? Diríase que las nubes son “ideas que el viento ha condensado” … Sí; vivir es ver pasar: ver pasar, allá en lo alto, las nubes…”

Ver pasar las nubes, como toda contemplación de lo estéril, me produce un cúmulo de sensaciones inéditas; ver algo que he visto miles de veces como si fuera la primera vez a la par que un inevitable sentimiento de vacío: ¿Cuánto tiempo hace falta para que no pase nada, para que todo lo disuelva el tiempo?... Siguen su camino sin destino, si las contemplas demasiado tiempo te costará bajar de las nubes. Acaso no exista expresión más acertada para enfrentarse a la realidad, a la necesidad de poner pies en la tierra, que el imperativo: “Bajar de las nubes”.

No quiero terminar esta pequeña crónica sin hacer referencia a otra grata compañía durante la convalencia: Las series de televisíón. Amo las (buenas) series y hasta ahora no tenía mucho tiempo para dedicárselo de forma intensiva. Para comenzar: “El show de Larry David”. Si tuviera que resumirla en una sola palabra sería: desinhibición o absurdez. No sé si es por eso que se ha convertido para mí en una serie de culto, con un personaje de culto y un humor de culto que tendría que tener (y tiene) una categoría propia: humor larrydaviniano. “Roma”, una buena serie, diría que subterránea por la intriga, en la que lo importante es todo lo que subyace a las palabras. Y “Better call Saul” los grandes valores humanos de un cantamañanas, un abogado buscavidas, un personaje con muchos matices y complejo que te acaba robando el corazón.


Veremos si, como resultado del reposo estival, el dedo se ha curado (todavía duele al andar) y puedo marcharme a Canadá en agosto, aunque sea cojeando. Una piedra en el camino, si... Y me he dado cuenta de que por su culpa o gracias a ella, estoy disfrutando de unas verdaderas vacaciones.