13 noviembre 2021
El protagonista invisible
23 julio 2021
El tiempo detenido
vine yo al mundo.
Lo escuché en la niñez –como ya dije
en otros versos míos–,
y allí mismo aún lo oigo.
En mi carne resuena y con mi sangre gira.
¿Cómo es posible que algo como eso,
tan frágil y tan puro, tan propio y tan de nadie,
pueda estar en la vida, ser la vida,
que exista un bien tan grande y para siempre?
(En el árbol
del tiempo de Eloy Sánchez Rosillo.)
02 mayo 2021
"...Hoy es siempre todavía..."
26 abril 2021
Burbujas muertas
La
vida es una burbuja que siempre acaba explotando. Hay vidas que ni siquiera
llegan a ser burbuja, vidas que desde el principio se enfrentan al aire sin una
fina coraza de cristal líquido. Pero hoy no quiero hablar de las vidas sin
burbujas. Voy a hablar de burbujas pinchadas, de burbujas muertas. ¿Qué es lo
que hace que la burbuja explote?: La conciencia. Es la realidad quien precipita
lo inevitable pero es la conciencia quien ejecuta. Un día, cuando tienes quince
años, mientras intentas conciliar el sueño, un pensamiento sobre la muerte te
asalta, te coge desprevenida y te aterra. Entonces piensas: seré tonta, cómo
puedo preocuparme por la muerte teniendo quince años, ya me preocuparé cuando
tenga ochenta. Lo fiamos todo a una eternidad ficticia. Entonces el temor a la
muerte nos abandona y nuestra burbuja adolescente permanece intacta,
invencible. Llegan los 40 años y el pensamiento que tuviste hace veinticinco
años vuelve a visitarte, pero esta vez con tanta fuerza que hace que te
incorpores de un salto de la cama; gotas de sudor frío acarician tus sienes.
Voy a dejar de existir, piensas, me voy a perder en la nada. La perspectiva
del "no ser" se te hace
insoportable, te cuesta respirar, quieres gritar pero sabes que no debes
despertar al silencio. Otro pensamiento, como cuando eras un adolescente, corre
presto a socorrerte del pensamiento de la muerte: ya me preocuparé cuando tenga
ochenta años. Sin embargo, aunque el pensamiento es el mismo, hay sutiles
diferencias: la burbuja ahora está algo erosionada aunque, afortunadamente, ha
aguantado el envite. Durante unos pocos minutos has adquirido conciencia de tu
caducidad, te has asomado al abismo del que sólo estás separada por la salud,
la suerte y los años. El abismo te engullirá cuando cualquiera de esos tres
muros se derrumbe. Eres finita. Es terrible. No hay burbuja que no se resienta
con tamaña evidencia. A pesar de ello, la burbuja aún no se ha evaporado,
todavía rodea tu cuerpo vistiéndote con ese matiz de ingenuidad que tanto
necesita la felicidad. No has depositado tu esperanza, como hace más de dos
décadas, en la eternidad imaginaría; esta sólo existe en la juventud porque la
juventud es eterna. Sin embargo, te has dado una tregua, un respiro: ochenta
años, razonas, no son una eternidad… pero casi. Sé que llegarán, sé que el
tiempo pasa cada vez más rápido, no obstante me queda margen. Llegan los
sesenta años y el proceso se repite y la burbuja se ve aún más dañada: no sólo
soy mortal sino que me veo separada de la muerte por una distancia ridícula,
siniestra, reflexionas. ¿Qué diferencia veinte años de veinte segundos? No
sabrías dar una respuesta inequívoca a una pregunta con una respuesta tan
inequívoca. El margen es pequeño, sí, pero existe, debes agarrarte a eso.
Sientes como un minúsculo círculo de aire penetra en la burbuja, la burbuja no
explota sino que se deshincha progresivamente. Es cuestión de tiempo. Desde el
principio todo era cuestión de tiempo. Llegan los ochentas años. ¿Y ahora qué?
No sólo la conciencia reflexiva, introspectiva, puede arrebatarte tu armadura
invisible. La conciencia de los otros (la otredad) es
igualmente dañina. Un día te dicen que menganito o menganita, a quien tú tanto
quieres o quisiste, tiene un cáncer incurable. Lo ves claro: es tan sólo
cuestión de tiempo que me ocurra. Otra vez el tiempo. Otra vez la muerte. Otra
vez una realidad que te sobrepasa. Otra vez una burbuja desangrándose. Martin
Amis decía que es la muerte de los otros la que nos mata. Cuando tenga ochenta
años… Cuando nos decimos esto no sólo intentamos que los pensamientos de la
muerte se pierdan en el tiempo. También nos intentamos convencer de que a esa
edad asumiremos la muerte, la aceptaremos como un hecho lógico adherido a la
vejez, no resultará terrible, en definitiva, no nos importará demasiado
morirnos. Tremenda equivocación. No comprendemos que ante la muerte todos somos
niños, que la edad no implica aceptación, que la muerte es un hecho inasumible:
podemos resignarnos, sentirnos atraídos, incluso podemos desearlo… pero nunca
asumirlo. Puede ser a los ochenta, a los sesenta, a los diez o a los ciento
quince años: la burbuja siempre se acaba rompiendo. Ya no podemos ignorarla:
debemos mirar a la muerte a los ojos y sostener la mirada, debemos afrontarla. Se puede afrontar de
muchas maneras, desde el empeño racional, desde la fe, etc. Es horrible pero es
necesario. No puedes actuar como si la burbuja te envolviese, ya no está. No
puedes intentar ignorarla porque entonces el único camino es la desesperación,
la indefensión más absoluta. Sin burbuja, sólo hay dos caminos: afrontamiento o
desesperación. Sin burbuja siempre queda una certeza: el peso espantoso de
aquello que no hiciste. Toda vida, por muy feliz que sea, al final siempre se
ve invadida, impregnada, por la muerte y su estela. La muerte, ya sea la
nuestra o la de los otros, hace que toda vida sea irremediablemente trágica.
Dedicado
a las burbujas vivas
09 febrero 2021
El club de los solitarios
El mundo está lleno de gente solitaria que no da el primer paso.
No sé dónde lo he leído o escuchado, pero esta tarde, una tarde de reencuentro, me ha hecho pensar. Pensar que el miedo y la soledad se relacionan de manera íntima. Los días llenos de ausencia engendran fantasmas, temores espectrales que se infiltran en la vida hasta detenerla. Entonces todo se reduce a no salir de ese refugio que has construido sobre las ruinas de ti mismo, en el que nunca te sientes perdido porque no tienes adonde ir. Sí, muchos están solos contra su voluntad porque el miedo les impide dar ese primer paso; sin embargo, a mí los que realmente me conmueven son los que están solos porque les da miedo no estarlo: los que se queman asomándose al infierno que son los otros, los que aún no han podido comprender que lo mejor de uno mismo son las personas que quieres.
18 enero 2021
UN FRÍO 18 DE ENERO
“Cuando vuelvo la vista atrás, veo que todos esos años se han combinado
para hacerme una persona capaz de sentir la felicidad, y humildemente creo que
hasta de derramarla en un círculo muy íntimo.
(“Nada”. Carmen Laforet)
El mundo es un libro, y aquellos que no viajan sólo leen una página, sentenciaba San Agustín. Yo tenía el propósito que hacer varios viajes todos los años (cuantos más mejor) y sobre todo celebrar cada 18 de enero en una hermosa ciudad del mundo. Primero fue Estambul y hace un año, tal día como hoy, fue Milán. Por entonces se pensaba que el Covid era algo exclusivo de la China, que le había tocado la ídem por comer animales exóticos y que solo afectaría a ese inmenso y lejano país. Hoy sabemos que en aquellas precisas fechas el virus había viajado de incógnito desde Bujan y se esparcía sigilosamente por todo el mundo, siendo Milán uno de los primeros lugares en aterrizar. Ajena a todo aquello, aquél 18 de enero, en Milán, yo me sentía feliz al olvidar la progresiva y aplastante sensación de envejecer en la que inevitablemente te sumerges en cada cumpleaños a partir de los cuarenta (¿verdad Lobezno?) o desde el momento en que comprendes que la vida es un tesoro almacenado que no deja de crecer y expandirse inversamente a su fecha de caducidad.
Si la búsqueda de la belleza hace del mundo nuestro hogar, yo encontré ese hogar esa fría mañana en Milán, con los primeros rayos de sol, caminando sobre las piedras milenarias de la azotea del Duomo, absorta en la inmensa belleza del colosal espectáculo del bosque de pináculos erguidos sobre la ciudad, cortando el aire como flechas en el cielo. Acaso Leonardo, inspirado en aquel lugar escribiera la famosa frase: fija tu rumbo a una estrella y podrás navegar a través de cualquier tormenta. Sólo un año después, viajar por placer es poner rumbo a ninguna parte contra las olas de una tormenta que golpea al mundo y se complace en borrar del mapa cualquier destino. ¿Quién nos iba a decir que nuestras indescriptibles vidas darían un vuelco así? ¿Quién nos iba a decir que nuestra inmensa suerte sería esquivar un virus mortal? Esas preguntas y otras que no tienen respuesta son las que trazan las fronteras de nuestra existencia.
Porque vivir es un acontecimiento maravilloso, hoy he de celebrar un año más, lo celebro con un brillo de orgullo y fragilidad en los ojos, lo celebro con el imprescindible frío del champagne y con el calor de los recuerdos de otros cumpleaños. Lo celebro pensando en la gente que quise, que quiero y que me quiere.
Y sobre todo lo celebro con un nuevo propósito para el resto de mi vida: vivir más despacio y responder a Luis Cernuda cuando preguntaba. ¿Cuántos siglos caben en las horas de un día?