Cuánta más belleza, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.

06 diciembre 2015

Fotografía en blanco y negro


Hay recuerdos que no voy a borrar,
personas que no voy a olvidar.
Hay aromas que me quiero llevar
y silencios que prefiero callar.
(Fito Páez)








Me gusta esa frase que dice que la verdadera patria de un hombre es su infancia. En esos años se vive todo con más intensidad, con mayor entusiasmo, el tiempo discurre mucho más lento y estamos protegidos por esa burbuja –frágil y fuerte a la vez- que es la inocencia. Esta fotografía en blanco y negro es la huella lejana de la inocencia.

El tiempo borró tantas cosas, que parecía que nunca hubieses existido, hasta que, mi hermana (que era amiga de tu hermana) me dijo que habías muerto. No pude evitar que me invadiese el escalofrío y una gran tristeza, y no porque, lamentablemente, no te volveré a ver más (pues no te reconocería después de tantos años), sino porque supe que antes de eso habías perdido a tu esposa y con ella tus ganas de vivir.
   
Mis recuerdos más tempranos se agolpan de manera caótica, formando una maraña difícil de desenredar, pero cuando empiezo a rememorar compruebo que en todos ellos estás tú. Está claro que fui precoz en amores. Tú fuiste mi primer novio a la tierna edad de cuatro años. Un noviazgo oficial y admitido por nuestras respectivas familias a las que les debía hacer mucha gracia. Vivías en el tercer piso y yo en el cuarto y jugábamos en la entrada o en el rellano de la escalera a que tú eras mi marido y yo tu mujer. Nuestro juego siempre consistía en que volvías de trabajar (trabajabas en una oficina imaginaria), aparcabas la moto imaginaria y dejabas la cartera imaginaria al entrar en nuestra casa imaginaria, en la que yo te esperaba cocinando y te daba un real beso de bienvenida. En nuestra visión del mundo todos los maridos eran probos oficinistas y todas las mujeres hacendosas amas de casa. Pero la vida de casados era tan aburrida que los roles que representábamos apenas duraban unos minutos y el juego, idéntica y primorosamente repetido, tocaba a su fin cuando llegaba el beso, como en las películas. Acaso todo el juego era una excusa para darnos un beso, en realidad, lo pasábamos mucho mejor jugando a ser lo que éramos: niños, subiéndonos al tronco del árbol doblado, jugando al escondite y a la pelota o compartiendo juegos con otros niños. Éramos inseparables, siempre cogidos de la mano, éramos felices, la vida era un amanecer siempre nuevo. 

Hasta que un buen día, con mi familia nos trasladamos a vivir a otra casa, en el mismo barrio pero lejos de la tuya. Esa distancia, el colegio, y otros nuevos amigos hizo que nuestra separación fuese indolora, porque en aquellos años la vida era indolora, y porque la ingenuidad es eso, un desconocimiento total y absoluto del dolor. La infancia es ingenuidad y la ingenuidad suele parecerse bastante a la felicidad.

Las laderas del recuerdo a veces desembocan en las playas del olvido, sin embargo, hoy sé que nunca olvidaré cuando me cantabas: “…Tengo una novia que vale, más que la fuente de Roma…” Si nuestra memoria infantil es capaz de almacenar detalles insignificantes es porque en su día esos hechos nos parecieron grandiosos, y en la infancia todo es colosal; tu padre es un gigante, y se parece a Gregory Peck, tu madre es Ava Gadner, la mujer más hermosa del Planeta, tu barrio es la ciudad y tu ciudad es el mundo, y… era grandioso que tú me cantases esa canción.


La infancia puede marcarnos, incluso puede dar color al resto de nuestras vidas pero hoy es una foto en blanco y negro. Mientras la miro, entre la sonrisa y la nostalgia, siento que el tiempo se ha detenido y que el mundo y yo estamos en paz.


1 comentario:

Rodrigo D. Granados . dijo...

Es verdad que la felicidad y la ingenuidad son muy parecidas, diría incluso que me cuesta diferenciarlas; supongo que sólo es un problema de memoria.
Espero que cualquiera de estas noches, sueñe con sus juegos y amores de infancia, y si hay suerte, a pleno color.