Cuánta más belleza, más fuera del tiempo y de la pena, más inmortales.

30 septiembre 2012

En tiempos revueltos



Ficho la entrada al trabajo con la huella digital (osea, con el dedo) y acto seguido (como buena funcionaria) me dirijo al bar que hay a pocos pasos de mi trabajo. Me cruzo a mi compañero que tiene mala cara, le pregunto, me dice que está enfermo pero no ha podido quedarse en su casa porque le descontarían la mitad de un día de sueldo.  Me dispongo a tomar café en el bar y a hojear el periódico. Los mismos de siempre a la hora de siempre: el dueño del bar -ya jubilado- que lee el periódico recostado sobre la barra, su hijo que sirve los desayunos, la limpiadora del Museo que mira de reojo el televisor, una chica obesa que habla gritando y el zapatero que sale a la calle de cuando en cuando a fumarse un cigarrillo. 
En la soledad de la rutina de las mañanas eternamente repetidas, he mirado hacia la escalera y he sido seducida por el resplandor de lo imprevisible y por un momento... un instante de belleza. 

1 comentario:

Abel G. dijo...

La belleza está siempre, unas veces evidente, y en otras, hay que volver a mirar para encontrarla; hay sin embargo días en que es imposible encontrarla. Un mismo paisaje, un rostro o una frase, necesitan del receptor adecuado, del momento preciso en que unos fluidos mensajeros, llevan a nuestro cerebro (y su aliado: el corazón), las claves para el disfrute, el desprecio o la invisibilidad.